La antropología de los desastres: una perspectiva
desde el Sur. Entrevista a Virginia García-Acosta

The Anthropology of Disasters: A Perspective from the Global South. An
Interview with Virginia García-Acosta

Diego Zenobi* 8160.png

Universidad de Buenos Aires & CONICET (Argentina)

Susann Ullberg 8160.png

Universidad de Uppsala (Suecia)

Palabras clave

Desastres
Vulnerabilidad
Crisis
Etnografía

Resumen: Esta entrevista reconstruye el proceso de conformación del campo de estudios sociales sobre desastres en América Latina, un recorrido en el que la profesora emérita en antropología del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Virginia García-Acosta, tuvo un papel protagónico. A lo largo de la conversación, se exploran las claves de una mirada situada desde esa región que entiende los desastres como procesos históricos y sociales, y se abordan, al tiempo, el diálogo conceptual entre «crisis» y «desastre», los desafíos que enfrentan las políticas públicas en la materia y las especificidades de producir conocimiento académico desde el Sur.

Keywords

Disasters
Vulnerability
Crisis
Ethnography

Abstract: This interview traces the development of the field of social studies on disasters in Latin America, a journey in which Virginia García-Acosta, professor emerita of anthropology at the Center for Research and Advanced Studies in Social Anthropology (CIESAS), played a leading role. Throughout the conversation, key elements of a perspective rooted in that region —one that understands disasters as historical and social processes— are explored while also addressing the conceptual dialogue between «crisis» and «disaster», the challenges facing public policies in this area, and the specificities of producing academic knowledge from the Global South.

Hitz gakoak

Hondamendiak
Zaurgarritasuna
Krisia
Etnografia

Laburpena:Elkarrizketa honek berreraikitzen du Latinoamerikako hondamendiei buruzko gizarte-azterlanen eremua osatzeko prozesua. Ibilbide horretan, funtsezko zeregina izan du Virginia García-Acosta CIESASeko (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social) antropologiako irakasle emerituak. Elkarrizketan zehar, aztertzen dira hondamendiak historikoki eta sozialki eraikitako prozesutzat hartzen dituen eskualde horri loturiko begirada kokatu baten gakoak eta, horrekin batera, “krisiaren” eta “hondamendiaren” arteko elkarrizketa kontzeptuala, arloko politika publikoen erronkak eta ezagutza akademikoa Hegotik sortzearen berezitasunak.

 

* Correspondence author / Correspondencia a: Diego Zenobi. Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras. Departamento de Antropología. Jose Bonifacio, 1337 CABA (Argentina) – diego.zenobi@gmail.com – https://orcid.org/0000-0002-9652-8330.

How to cite / Cómo citar: Zenobi, Diego; Ullberg, Susann (2026). «La antropología de los desastres: una perspectiva desde el Sur. Entrevista a Virginia García-Acosta». Papeles de Identidad. Contar la investigación de frontera, vol. 2026/2, papel 348, 1-12. (https://doi.org/10.1387/pceic.28810).

Fecha de recepción: junio, 2026 / Fecha de aceptación: julio, 2026.

ISSN 3045-5650 / © UPV/EHU Press 2026

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Creative Commons Atribución 4.0 Internacional

 

Esta entrevista recupera la voz de Virginia García Acosta, antropóloga e historiadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), quien, junto a un grupo de colegas insatisfechos con las miradas predominantes sobre los desastres en los años ochenta producidas desde el norte, fue protagonista y cofundadora del campo de estudios sobre esa cuestión en América Latina. La conversación explora el proceso de legitimación de la perspectiva social frente al predominio de las ciencias exactas y naturales, las particularidades de una mirada producida desde el Sur Global, el diálogo conceptual entre «crisis» y «desastre», y el papel crítico de las ciencias sociales en un contexto de crisis múltiples y Antropoceno. Virginia García-Acosta es antropóloga social e historiadora mexicana. Profesora-Investigadora del CIESAS desde 1973, institución que dirigió entre 2004 y 2014 y de la cual es actualmente Profesora Emérita. Sus principales líneas de investigación han sido la antropología e historia de la construcción social del riesgo y de los desastres en México y América Latina, la alimentación en el México colonial tardío, y el clima y la sociedad en el Antropoceno. A lo largo de su extensa trayectoria ha recibido numerosos premios y reconocimientos en México y en el extranjero. Entre sus libros más recientes destacan A Revelatory Pandemic. Crisis, Agency, and Covid in Latin America (Berghahn Books, 2026), en coautoría con R. E. Barrios; El estudio histórico-antropológico de los desastres. De los sismos de 1985 a la pandemia de Covid-19 y al Antropoceno (CIESAS, 2025); y La antropología de los desastres en América Latina. Estado del arte (GEDISA, 2021).

Usted comenzó a investigar desastres a raíz de los sismos de 1985 en México. En ese camino, junto a otros colegas destacados, fue protagonista de la fundación del campo de estudios sociales sobre desastres a nivel internacional. ¿Cómo fue ese proceso y qué obstáculos encontró la perspectiva social para ser tomada en serio frente al predominio de las ciencias exactas y naturales en el estudio de esos temas?

Por aquellos momentos, en los años 80, yo andaba en otros temas, había terminado mi tesis de licenciatura y estaba preparando la de maestría, ambas en antropología social. Como me formé en antropología y en historia, trabajaba con documentos, con una mirada antropológica, y estaba estudiando historia económica, historia de las crisis agrícolas del siglo xviii; me preocupaban las sequías históricas, sus efectos como la escasez de productos agrícolas, la especulación… Y llegaron los terremotos de 1985. Entonces, un gran director que tenía en aquel entonces el CIESAS, Eduardo Matos, convocó a los investigadores entre los que había antropólogos sociales, antropólogos médicos, historiadores, geógrafos, lingüistas, para que suspendiéramos nuestros trabajos momentáneamente y nos dedicáramos a trabajar con el temblor recién ocurrido y lo que estaba mostrando a las ciencias sociales. Entonces comencé a trabajar en la elaboración de un catálogo, porque hasta entonces no había un catálogo actualizado, confiable, bien documentado, sobre temblores en México… y este es un país donde siempre tiembla, siempre ha temblado y siempre temblará. Ese catálogo era un recuento que hicimos con base en información proveniente de archivos y hemerotecas. El interés sobre el tema fue creciendo y pasamos de hacer un catálogo sencillo, de un periodo corto y centrado en el Valle de México, a elaborar el que se considera el catálogo cronológico documentado más completo para México, con información para cinco siglos. La información era abundante, teníamos ya una base de datos enorme… éramos científicos sociales urgidos de entender, analizar, comparar esos datos tan valiosos.

En esas épocas yo desconocía que ya existía un campo de trabajo sobre estos temas desde las ciencias sociales y empecé a averiguar qué había, quiénes eran y qué estaban trabajando. Me encontré con un grupo de sociólogos de los desastres que estaban en el Disaster Research Center, encabezados por Enrico Quarantelli, una línea identificada como la tradición norteamericana de investigación sobre desastres. Por esa época hubo un congreso en la University of California, Los Angeles (UCLA) llamado International Conference on the Impact on Natural Disaster, y ahí fui yo a hablar de ese catálogo de más de 450 sismos en la historia de México. Me encontré con colegas con formaciones diversas y con intereses comunes dentro de la temática. Entre ellos estaban Andrew Maskrey (urbanista), Allan Lavell (geógrafo), Anthony Oliver-Smith (antropólogo), que con el tiempo se convertirían en mis principales interlocutores, sobre todo Tony por ser antropólogo. Y ahí con Andrew empezó una conversación. Platicamos sobre armar una «red de inconformes» sobre cómo se trabajaba la temática, en ese momento en Estados Unidos. Pero para eso hacían falta un grupo que coincidiera en los intereses y recursos. Andrew dirigía una ONG inglesa llamada International Technology Development Group, con sede en Perú, donde él vivía, tenía interés, era muy organizado y efectivo... LA RED, ahora famosa y reconocida, se constituyó al año siguiente en Costa Rica. Andrew es excelente convocador y él ya tenía contacto con latinoamericanos, antropólogos, sismólogos, geofísicos, ingenieros, ambientalistas y capacidad para conseguir financiación. Al principio fue un grupo pequeño que con el tiempo fue creciendo y enriqueciéndose de las aportaciones de todos ellos. Toda esta historia está disponible en youtube…[1]

Como decía, teníamos desagrado, incomodidad, insatisfacción con lo que había. Así comenzamos a investigar, a discutir y a publicar para, por y desde América Latina. Lo primero fue sacar el libro titulado Los desastres NO son naturales (Maskrey, 1993) que era una frase que marcaba el fundamento de nuestra posición y en la que se basaban nuestras críticas y a la vez constituía una provocación.

A lo largo de aquel proceso, ¿cree que las miradas producidas desde América Latina desarrollaron rasgos o particularidades que las diferencian de las producidas desde otras regiones?

Sí, totalmente, y diría que no solo desde América Latina, sino desde el Sur en general, porque los problemas que hay en nuestra región son muy diferentes a los que pueden presentarse en el Norte Global. Lo que existía publicado en los ochenta en su mayoría no tenía en cuenta las realidades y lo que ocurría en el Sur. Eran derivados de enfoques estructural-funcionalistas, que no era el enfoque de quienes estábamos insatisfechos, que veníamos del lado del evolucionismo, de la ecología política y cultural, del materialismo dialéctico. Y creo que un germen importante para todo esto fue algo que ocurrió a miles de kilómetros de distancia en los años 80, en la Wilfrid Laurier University donde Kenneth Hewitt organizó una reunión. Varios años más tarde, unos colegas desde CLACSO organizaron otra reunión en Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. De ambas reuniones salieron un par de publicaciones, Interpretations of Calamity y Desastres naturales y sociedad en América Latina. Coincidían en que se trataba de una mirada desde el Sur. El primer libro, compilado por Hewitt, incluía varios trabajos realizados en África, y el segundo, editado por colegas de CLACSO, incluía trabajos sobre América Latina. Y ambos coincidían en que el centro neurálgico de los desastres era la vulnerabilidad. A ese enfoque comenzó a llamársele el «enfoque de la vulnerabilidad», insistiendo en que los desastres son procesos en sí mismos. Cuatro son los puntos centrales: 1) que los desastres no son producto de una relación automática causa-efecto; no son solo un producto, sino procesos que deben entenderse con una perspectiva diacrónica; 2) fue una reacción a la aplicación del marco estructural-funcionalista que partía de una perspectiva ahistórica; 3) la realización de estudios fuera de Estados Unidos, o sea en países en desarrollo; y, 4) entender estos procesos como multicausales, multifactoriales y multidimensionales. Entonces, ya con el nacimiento de LA RED y con estas dos publicaciones, buscamos relaciones más estrechas con sus autores y colaboradores. Comenzamos a organizar reuniones bianuales de LA RED, que se realizaban en países distintos de América Latina. Eran tanto nacionales como internacionales, pues también queríamos proyectar el tema hacia fuera y llegar a un público más amplio. Fue en ese contexto que vimos la importancia de publicar en otros idiomas además del español. Afortunadamente, todo lo publicado por LA RED está disponible en línea. Toda esta idea de no estar de acuerdo explica también el nombre de la web de LA RED, que es «desenredando.org», porque proponíamos desenredar las cosas que estaban enredadas de otra manera.

A lo largo de su vasta trayectoria, usted ha transitado por el sendero de la historiografía para luego sumergirse en la antropología social. ¿Qué puede decirnos de esta doble inscripción disciplinar? ¿Cómo se ha dado el diálogo entre historia y antropología en sus investigaciones sobre desastres?

Yo estudié la licenciatura y la maestría en Antropología Social; mi gran maestro fue Ángel Palerm. Él era un antropólogo historiador, y así me formé dentro de la escuela que él impulsó en México desde su llegada como exiliado de la Guerra Civil española: el evolucionismo multilineal en antropología. Estaba convencida de que era necesario entender los procesos históricos a largo plazo para comprender la realidad social, combinando la perspectiva sincrónica con la diacrónica, y esa formación fue mi marco de referencia para estudiar los desastres, el riesgo. La distinción entre sincronía y diacronía fue fundamental, pues los desastres no son el evento, con el que frecuentemente se les confunde, el desastre es el proceso. Con este enfoque la incursión en la historia resulta ineludible. Fuimos generando un mapa conceptual, teórico y metodológico con propuestas cada vez más complejas, siempre derivadas de la realidad observada, fuera esta histórica o contemporánea. Y así fue cómo a lo largo de los años surgieron nociones, conceptos, métodos que permitieran explicar esos procesos. Ese es el caso de la construcción social del riesgo, la larga duración en el sentido braudeliano, la distinción entre evento y proceso, de las vulnerabilidades que se van conformando con el tiempo, la importancia del riesgo que es progresivo, los denominados risk drivers… En suma, las herramientas que nos permitieran analizar los procesos de desastre.

Al tener la oportunidad de dirigir tesis en historia y en antropología y de hacer pesquisas en ambas esferas, permitió todo lo anterior. Era una combinación perfecta. A mis estudiantes de historia los mandaba al campo, y a los que hacían antropología los ponía a trabajar con documentos. El enfoque conjunto nos permitió, por ejemplo, distinguir entre diferentes vulnerabilidades y usar esta distinción como herramienta metodológica; ello nos ha permitido identificar que hay una vulnerabilidad estructural que es diferencial y diferenciada, pero sobre todo que es progresiva, y ello es más que evidente si se analiza la realidad desde una perspectiva diacrónica. Con esta mirada, durante los primeros años de La Red privilegiamos estudios de caso que pudieran ser comparativos, críticos, que ofrecieran el material etnográfico y documental para analizar los procesos e ir generando ese mapa, esas herramientas a las que me referí antes. Esa búsqueda de la comparación, de ampliar la mirada, de pensar más allá de América Latina, nos llevó a participar en proyectos internacionales sobre clima histórico, comparando casos a ambos lados del Atlántico en los que he aprendido muchísimo sobre todo ello y hemos encontrado resultados inesperados en muchos aspectos. Menciono como ejemplo un par de resultados de este trabajo conjunto con colegas historiadores españoles e italianos, sobre todo de las Universidades de Alicante y Felipe II de Nápoles. Se trata de un proyecto sobre cómo gestionaba el riesgo la monarquía española en todos sus dominios, que podían estar en el sur de Francia, en el sur de Italia o al otro lado del Atlántico. La comparación de todos esos materiales nos ha dado sorpresas, como por ejemplo encontrar la ineficiente y equívoca gestión, del riesgo y de los desastres mismos que tenía la monarquía española. Este tipo de eventos han sido parte de los que contribuyeron como elementos importantes que se sumaron a los procesos previos al estallido de algunas independencias americanas, ejemplos los tenemos en México (crisis agrícolas asociadas con sequías) y en Venezuela (temblores).

Esta experiencia interdisciplinaria ha debido incluso rebasar las ciencias sociales y humanas como tal, pues ha sido necesario consultar e incluso discutir y analizar la información junto con especialistas en ciencias del clima y de la Tierra. El trabajo con documentos antiguos y a la vez con estos especialistas ha sido sumamente enriquecedor e incluso nos ha permitido proponer la existencia de fenómenos climáticos globales que hasta entonces no se conocían.

Al analizar el complejo escenario planteado por la pandemia de Covid-19, usted señaló que la epidemiología tendió a desplazar a las ciencias sociales en la toma de decisiones, repitiendo el mismo patrón que ocurría antes con geofísicos y meteorólogos ante desastres naturales. ¿Qué es lo que los enfoques de ciencias sociales y humanas aportaron al estudio de ese fenómeno?

Durante la pandemia hubo, de nuevo, una prevalencia del enfoque que Kenneth Hewitt denominaba «fisicalista». Y obviamente esa predominancia de las ciencias físicas y de las ingenierías sobre las sociales se mantiene… Y ello a pesar de los cambios que han ocurrido en la perspectiva sobre riesgo y desastres —ya hace más de tres décadas que se publicó el libro antes mencionado, Los desastres no son naturales— y de las discusiones globales alrededor de ello que cuestionan lo «natural» de los desastres. En el caso de la pandemia, los recursos, los intereses y la mirada se enfocaron en resolver la logística más que en abordar el proceso. Es interesante el libro Disasterland de Sandrine Revet publicado en 2020 en el que trabaja sobre los expertos en desastres y muestra cómo esa mirada fue permeando en la sociedad, pero no lo suficiente como para que ocurriera lo que ocurrió: en la pandemia lo que se consideraba que debía ser atendido y financiado es el fenómeno como tal, ¿y qué de las condiciones que llevaron a que fuera una crisis, un desastre en nuestros términos? ¿fue natural? Los resultados comparativos a nivel mundial dicen mucho al respecto, tanto en términos de la vulnerabilidad diferenciada y la exposición al riesgo entre regiones y países, así como sobre la gestión de la emergencia misma.

Hay múltiples análisis y críticas a todo ello. Un artículo muy revelador es el de Lavell, que hace referencia precisamente a la construcción social de la pandemia. En el libro A Revelatory Pandemic[2] se presenta una mirada latinoamericana de la pandemia desde la antropología y en otro libro que estamos por publicar con Susanna Hoffman, se ofrece una perspectiva más global que incluye regiones y países en todos los continentes, con una conclusión de A. J. Faas, siempre desde la antropología. En ambos casos la pretensión fue hacer antropología de los desastres a partir de un caso particular de amenaza biológica que generó una pandemia, y hacerlo en diferentes espacios que permitieran mostrar esa faceta múltiple, diversa, didáctica y crítica, donde la cultura local, regional o incluso nacional juega un papel determinante.

Desde la historia y la antropología se ha tendido a estudiar desastres típicamente llamados «naturales». En escenarios como el planteado por la pandemia de Covid-19, la articulación entre lo natural y lo social trajo nuevos desafíos. ¿Qué particularidades presentó el abordaje de la pandemia?

En efecto, se trató de un desafío mayúsculo para las ciencias sociales y para las técnicas y formas de investigación propias de la antropología. De ello hablan justamente los editores y los autores de los dos libros que acabo de mencionar. En el preámbulo al segundo de ellos hago referencia a dos asuntos: el olvido casi generalizado de lo generado desde la perspectiva social para estudiar riesgo y desastres, y a una selección de casos de estudios antropológicos en diferentes contextos y realidades nacionales. Hago referencia justamente a cómo se enfrentaron los antropólogos a esa realidad desconocida. Hubo que transformar las metodologías y también crear nuevas técnicas. Estamos acostumbrados a conocer los espacios cotidianos de las personas, a residir en los contextos estudiados, a observarlos y analizarlos con frecuencia junto con los residentes en ellas y aclarar, de frente, cómo entienden el tema estudiado, de qué manera responden a tal o cual cuestión, pero no era posible. Todo pasó a realizarse vía internet o por teléfono. Las estrategias que usaron muchos antropólogos para poder superar esas limitaciones son realmente interesantes, y vale la pena pensar sobre esto, porque implica pensar cómo hacer antropología en condiciones diferentes.

En su introducción al libro Implacement, que será publicado en breve, Susanna Hoffman aporta algo muy interesante al referirse a la antropología del aislamiento. Los seres humanos somos entes sociales, no vivimos solos, vivimos en un mundo de personas, participamos de sistemas que dan forma a reglas que dan sentido a las interacciones, a las acciones, a las dimensiones y a las percepciones. Sin embargo, durante la Covid-19, los humanos nos quedamos sin lugar. En todo el mundo, las personas se desvincularon de su sociedad, su cultura, su trabajo, su cotidianeidad. Susanna habla de que fuimos víctimas de un secuestro, obligados a estar secuestrados y a dejar de practicar una serie de normas que, como seres sociales, estamos acostumbrados a vivir cotidianamente... y en ese contexto entraron en juego otras formas de hacer antropología, a las que los antropólogos se vieron obligados a recurrir, a imaginar, a aplicar en sustitución del trabajo de campo, de la observación participante propias de esta disciplina, de vivir en y con la sociedad, comunidad o grupo social de manera continua e intensa a lo largo de periodos prolongados de tiempo. Y también afectó de manera similar a otras disciplinas cercanas al estudio del riesgo y de los desastres, pues no solo los antropólogos hacemos trabajo de campo; también los sismólogos y los geógrafos tuvieron que inventar y reinventar metodologías y técnicas de investigación, y en ocasiones compartirlas con nosotros.

Desde la «teoría de la vulnerabilidad» se ha sostenido que los desastres son más frecuentes no tanto porque haya más amenazas, sino porque nuestras sociedades se han vuelto más riesgosas. La noción de Antropoceno nos llama la atención sobre los efectos de la acción humana sobre el ambiente que produce alteraciones y nuevos fenómenos. ¿Cómo entiende usted esta tensión y qué implicancias tendría para el análisis de los desastres?

Algunos hemos retomado esta cuestión porque ha sido cada vez más evidente que el Antropoceno y la construcción social del riesgo están inevitablemente asociadas. Esto lo empezamos a discutir con mayor profundidad en una serie de reuniones académicas. En particular, la participación en el coloquio sobre el tema titulado Comment penser l'Anthropocène celebrado en París en 2015, fue todo un reto… El tema central es precisamente mostrar cómo conceptos como construcción social del riesgo y vulnerabilidad son parte medular de los estudios sobre desastres y de qué manera el propio medio ambiente se convierte en una amenaza y en un generador de riesgos, insistiendo en que esta misma amenaza constituye la base del Antropoceno. Por eso hay que tratar el concepto de vulnerabilidad desde distintos ángulos, en la insistencia errónea de considerar que constituye un sinónimo de pobreza, en que es importante reconocer que existen diferentes formas de vulnerabilidad, entre otros asuntos.

La última experiencia dentro de la temática fue la invitación a preparar y publicar una serie de handbooks sobre el Antropoceno, enfocados en América Latina. Son seis tomos que conforman una especie de plataforma para discutir las crisis ecológicas y sociales que nos azotan en el Antropoceno. Pero también plantean posibles salidas, y todo desde la mirada latinoamericana, eso sí, teniendo en cuenta que esto es un problema que nos trasciende y que tiene una dimensión planetaria y global. A mí me pidieron, junto a otros colegas historiadores y antropólogos coordinar el volumen sobre Antropoceno y cambio climático. Cubre la región dividida en Gran Mesoamérica, Amazonía, Cono Sur y Andes, y desde la época virreinal hasta el presente. Realmente fue un reto, pues no existe nada así por el momento. Y en esa relación cambio climático-Antropoceno entran, evidentemente, los temas sobre riesgos y desastres históricos, su construcción y su condición particular.

Cuando las ciencias sociales buscan aportar herramientas para reducir el riesgo pueden surgir tensiones sobre los tiempos de la investigación académica y los de la gestión, o sobre la profundidad esperada de un trabajo científico y la eficacia y utilidad esperada de una intervención en terreno. ¿Cómo podemos lidiar con la necesidad de producir un análisis distanciado, extrañado, y al mismo tiempo una intervención cercana, implicada, en la reducción de riesgos?

En el libro antes citado, Disasterland, Sandrine es muy incisiva y no se conforma con la primera respuesta que le dieron los numerosos interlocutores que entrevistó, profesionales en distintos campos relacionados con la temática, incluyendo algunos fundadores de LA RED. Coincido con ella en que el asunto del manejo y la gestión del riesgo de desastres no se ha resuelto de ninguna manera, ni siquiera que una mayoría de los que denominamos «tomadores de decisión» a nivel nacional e incluso internacional cree de verdad que los desastres no son naturales. Pero, debo decir que a riesgo de estar colocando el énfasis en algunos cambios que hubo en América Latina, creo que sí podemos hablar de que en las últimas décadas se ha desarrollado lo que podríamos denominar otra mirada internacional. Andrew me invitó a algunas reuniones internacionales en aquel entonces, a principios del siglo xxi, y ahí era muy contundente ver cómo a los tomadores de decisiones a nivel internacional de repente «les caía el 20», «les caía la ficha», «se iluminaban», y aunque no lo afirmaran de manera contundente, la semilla quedó sembrada. Son procesos lentos, pero hay que insistir. Entonces creo que las premisas de LA RED y basados en las realidades de las sociedades del Sur del planeta fueron mucho más allá. En ese sentido, la mirada de hoy es diferente a la que había tres décadas atrás, aunque no es definitiva ni total. Todavía no incide de la manera que quisiéramos en las políticas públicas, pero ha habido cambios. Lamentablemente a veces no rebasa la retórica y que esa perspectiva no «baja» del todo a eso que ustedes llaman en su pregunta una «intervención cercana, implicada desde las políticas públicas». Pero se trata de procesos lentos, que se resuelven a lo largo de décadas… pero creo que sí ha habido una incidencia, algo difícil de medir…

Y siguiendo su pregunta quisiera introducir algunas ideas sobre un tema al que me he dedicado los últimos años. Se trata de lo que he llamado «la otra cara de Jano», pues su objetivo es identificar, localizar y documentar casos, tanto históricos como contemporáneos, que muestren el lado opuesto a la construcción social de riesgos de desastre, lo que he denominado la construcción social de la prevención del riesgo de desastre, de ahí la idea de hablar de la otra cara de Jano. ¿Por qué no mirar lo que las comunidades, los grupos sociales han hecho históricamente como forma de enfrentar y lidiar con los desastres? ¿Han sido las sociedades entes pasivos ante la presencia recurrente de algunas amenazas que detonan desastres en sociedades altamente vulnerables? El estudio histórico ha aportado muchísima información a ello, y como antropólogos hemos incorporado la dimensión cultural en esa búsqueda y estamos en ello y seguiremos, pues hemos tenido muchas sorpresas en cantidad y calidad alrededor de esas estrategias, prácticas o acciones locales, comunitarias preventivas o incluso que reducen riesgos. ¿Por qué no traducirlas en medidas de política pública ad-hoc?

Los trabajos sobre desastres han analizado situaciones tan diferentes como amenazas geológicas, hidrometeorológicas y biológicas. Sin embargo, otro tipo de desastres o tragedias como los de origen tecnológico o las crisis económicas y políticas no han sido tan abordadas desde ese enfoque con la misma intensidad. ¿A qué se debe ese recorte? ¿Es posible trazar regularidades, contrastes y conexiones entre ese otro tipo de escenarios y los desastres «naturales»?

Como punto de partida, yo propongo evitar la sinonimia de catástrofe y desastre con otras como tragedia, desgracia y similares, que adjetivan en lugar de describir. Quienes nos hemos dedicado a la «desastrología» nos hemos enfocado en amenazas meteorológicas, hidrológicas, biológicas, como sequías, plagas, etc. Y desde ese lugar hemos insistido hasta el cansancio en la distinción entre eventos y procesos, entre fenómeno natural detonador y desastre, aunque todavía suelen usarse como sinónimos. El sismo de México ocurrido en 1985 es conocido como «el desastre del 85», pero una cosa y otra no son lo mismo.

Pero yendo a la pregunta que realizan, creo que es adecuada. Si bien solo algunos colegas han incursionado en esos denominados desastres tecnológicos, tipo Chernobyl, o las crisis económicas, con frecuencia se llega a conclusiones similares en el sentido de que los procesos asociados son detonados por un agente y son producto de condiciones críticas preexistentes. En términos generales, el sustento es similar. Aunque sí mantenemos este enfoque de condiciones críticas preexistentes, donde hay un proceso, hay un detonador: en esos casos el detonador es tecnológico y no un fenómeno natural devenido en amenaza. Por eso tienen razón en hacer esa pregunta… con frecuencia se ve la necesidad de poner entre comillas «naturales» para diferenciarlos de esos otros detonados por una amenaza no natural… entonces sí, el detonador puede ser tecnológico.

…en los trabajos de este campo se ve esta diferencia entre crisis y desastre. Quarantelli también hace mucho énfasis en distinguir qué es un desastre. A veces se sigue utilizando crisis y desastre para diferentes cosas. ¿Cómo lo ve usted? ¿Son sinónimos? ¿O le parece que un término es más adecuado que el otro para cierto tipo de casos?

Este tema está tratado en el libro que editamos con Roberto Barrios, A Revelatory Pandemic, en el que Roberto trae toda esta gran discusión sobre crisis. El libro surgió de un seminario virtual organizado entre la Universidad de Nueva Orleans y el CIESAS. Allí partimos de tres cuestiones: primero, teniendo en cuenta que el público en general no está formado en ecología política ni en antropología, ¿desde qué punto de vista ven la relación entre crisis, desastres y pandemias? Segundo, ¿qué tipo de narrativas reveladoras articula el público y cuáles son sus repercusiones para los procesos de recuperación y mitigación de futuras crisis? Y, tercero, y dado que la antropología y la ecología política son puntos de vista situados política y culturalmente, ¿qué supuestos subyacentes encontramos con relación a la causalidad y los desastres?

Entonces, volviendo a la pregunta que me hacen ustedes, creo que efectivamente se trata de dos conceptos que a veces son usados como sinónimos. En la introducción del libro se hace un recorrido por la historia del concepto, pasando por Raymond Firth, los tikopia y Marshall Sahlins[3]. Pero yo creo que allí lo más interesante fue centrarse en la noción de «crisis reveladora», que era lo novedoso. En aquel seminario al que me refería, propuse lo mismo que le digo siempre a mis discípulos: «llámalo como quieras, pero dime qué entiendes por eso y sé consistente a lo largo de tu trabajo. Si vas a usar crisis, dime por qué; si vas a usar desastre, dime por qué; cuáles son tus fundamentos. Sé consistente a lo largo de tu trabajo y concluye según esos fundamentos». Yo le decía a Roberto que es una discusión que desde cierta perspectiva podría parecer poco creativa. Si alguien usa crisis como sinónimo de desastre, pues bien, que lo use, si está fundamentado. En el marco de aquel libro, la noción de «crisis reveladora» puede dar cuenta del contexto en el que se desarrolló la vulnerabilidad: las desigualdades, los riesgos crecientes salen a la luz, las condiciones críticas presentes en una sociedad se revelan en toda su expresión. Y esto es aún más evidente con los estudios históricos. Un temblor en el siglo xviii en México o en cualquier otro lado del dominio de España y las inspecciones realizadas para evaluar los daños provocados y la posible intervención de las autoridades virreinales o reales producían una enorme cantidad de información. Si tú quieres saber sobre cierta cuestión de la Ciudad de México, entonces revisa y analiza los documentos sobre el temblor tal. Porque ahí tienes de todo: por ejemplo, quiénes eran los dueños de las principales propiedades, cómo era la concentración de los productos alimentarios, de qué manera el apoyo del gobierno en turno era diferencial, y se evidencian las vulnerabilidades existentes. Es decir, que en esos casos, lo político y lo económico sale a flote y aparecen asuntos diversos concentrados en una misma documentación, que permiten llevar a cabo la descripción del contexto, con todas sus vulnerabilidades y sus riesgos. Pues en la actualidad es lo mismo. Incluso me parece que es más certero hablar de «crisis reveladora» que «desastre revelador». Yo le decía a Roberto que la noción de crisis podía confundirse con la de evento, pero luego vimos que efectivamente estamos hablando de procesos cuando hablamos de crisis reveladora. Entonces creo que es un concepto útil en ese sentido.

¿Qué puede decirnos del papel de las ciencias sociales latinoamericanas en el campo de estudios de los desastres y de la relación entre estas y aquellas ubicadas en los centros de producción académica global, como Europa y Estados Unidos? ¿Cree que América Latina es un escenario de análisis, un campo de estudio, y al mismo tiempo un polo de producción teórica al respecto? ¿Qué posibilidades y limitaciones aparecen al producir ese tipo de conocimientos desde esta región?

El campo de estudio de las ciencias sociales sobre desastres, hasta hace unas décadas, no existía. Lo que había era producción norteamericana hecha con un enfoque muy diferente y desde aquella región. Cuando yo empecé a buscar producción desde México y América Latina, encontré relatos, crónicas, cosas sueltas, pero no había producción en este sentido como parte de un campo de investigación histórico-antropológico. Por ejemplo, había un trabajo de antropólogos mexicanos sobre el volcán Chichón en Chiapas que mostraba indicios sobre el tema, pero sin abordarlo como tal. Otro más sobre huracanes entre los mayas del antropólogo canadiense Herman Konrad y, sobre todo, las primeras incursiones de Oliver-Smith, que me fueron sumamente útiles. Desde esas épocas este campo ha crecido regionalmente y ha sido un ejemplo más allá de las fronteras de Latinoamérica. Por ejemplo, se ha reconocido que la pandemia, a diferencia de cómo se hubiera visto décadas atrás, representó un desastre histórico y social, además de que ha sido reveladora de muchas vulnerabilidades históricas. Más allá del virus que desencadenó la pandemia, ha sido interesante cómo se dio la gestión de la crisis en diferentes lugares, diferencias que han sido muy determinantes. Por ejemplo, en México fue una situación de muertes masivas por la mala gestión, ya sea por ignorancia o por soberbia, sin ver cómo se hacían las cosas en otros lados y ver qué era lo que nos convenía y tocaba hacer.

Con relación a todo esto, creo que haber enfocado tanto en publicar en español para afianzar el enfoque en América Latina ha sido un error. Creo que debimos haber mostrado esas insatisfacciones a un público más amplio mucho antes, porque si no escribes en inglés, «no estás». Entonces logramos llegar a un público muy amplio en América Latina, y luego empezamos a publicar en español y en inglés. Además, se ha abierto un diálogo más allá de las ciencias sociales al trabajar con sismólogos, climatólogos, físicos de la atmósfera, geofísicos que nos han abierto un panorama muy significativo. No todos se interesan por lo que hacemos, pero muchos se han dado cuenta de que lo que escribimos y buscamos, tanto en la historia como en lo contemporáneo, les sirve a ellos. Yo siempre cuento la anécdota de que nos encontramos con un temblor en 1569 en unos archivos franciscanos perdidos en Jalisco, y el sismólogo con el que trabajábamos decía que era una zona no sísmica, que ahí no tiembla. Nosotros insistimos con esas fuentes franciscanas. Entonces fueron a medir con aparatos y encontraron una falla activa que no se conocía. Entonces ese trabajo interdisciplinario ha sido fascinante.

También es muy necesario el diálogo con especialistas dentro de nuestra propia disciplina: antropólogos médicos, antropólogos de las epidemias, antropólogos ambientalistas y similares. Desconocen los unos el trabajo que hacen los otros. No hay un diálogo entre ellos, a pesar de existir enormes coincidencias y, claro, disidencias a discutir. Es un asunto pendiente.

Y el problema es que ya hay una buena producción al respecto en varios de esos campos. Podría empezarse a cubrir ese pendiente con la elaboración de una base de datos con al menos los títulos y autores de todo lo que hay sobre antropología de los desastres, porque mucho no se cita porque no se conoce. Como han hecho Charles Walker y Stuart Schwartz, que trabajaron temblores en Perú y huracanes en el Caribe, respectivamente, e hicieron un recuento bibliográfico sobre el tema de todo lo que había escrito desde la historia. No es un recuento totalizador, pero es un muy buen avance.

¿Cree que las agendas institucionales han tomado algo de los estudios sobre desastres producidos desde las ciencias sociales y humanas? ¿Cuál cree que sigue siendo la cuenta pendiente más urgente?

Algunas agendas institucionales los han considerado. Lo que ocurre es que, por lo general, no los conocen del todo y entonces no saben cómo, o no encuentran la manera, o piensan que existen otras prioridades que atender. Y ello resulta lamentable, pues hasta ahora las ciencias sociales en general y la antropología de los desastres en particular, han hecho un largo recorrido discutiendo conceptos con base en lo que la realidad muestra. Han pasado del evento al proceso y al riesgo. Ha habido avances muy importantes, pero cuando llega una situación como la pandemia o cualquier otro evento detonado por una amenaza en condiciones críticas pre-existentes en ese territorio, en esa ciudad, en ese espacio, pareciera que empezamos de cero. No se toma en cuenta todo lo ya acumulado, y hay un desperdicio de conocimientos y recursos. Por eso termina prevaleciendo el enfoque de la medicina, de los geofísicos, de los meteorólogos, como la voz cantante que dirige las políticas públicas y la toma de decisiones.

Con lo anterior quiero decir que, si bien los tomadores de decisión dicen conocer, reconocer y sumarse a los planteamientos alternativos a los que me he referido, generalmente las agendas institucionales se quedan en la retórica y se mantiene esa distancia, que a veces parece insalvable, entre el discurso y la realidad. A veces incluso parece que estamos desandando el camino ya pavimentado.

Les pongo un ejemplo contundente. En México tenemos un Centro Nacional de Prevención de Desastres —sí, de prevención—, y buena parte de las autoridades que ha estado a su cargo han declarado sumarse a los planteamientos —digamos en términos generales— de que los desastres no son naturales, de que son procesos, que hay que atender la construcción social permanente y constante de riesgos y la vulnerabilidad progresiva asociada con fenómenos potencialmente destructivos. Existe también una Secretaría de Gestión Integral de riesgos y protección civil —sí, gestión de riesgos, algo que no hubiéramos imaginado hace un par de décadas— en la que al menos al momento existe conciencia de la importancia de sumarse a estos planteamientos para atacar las causas de fondo que provocan procesos de desastre. Pero, por otro lado, teníamos un FONDEN (Fondo Nacional para los Desastres Naturales) y un FOPREDEN (Fondo de Prevención de Desastres Naturales), este último casi único en el mundo precisamente por su objetivo preventivo. Y el régimen lidereado por el partido Morena iniciado en diciembre de 2018 los desapareció un par de años después, en noviembre de 2020, así de un plumazo, junto con otros fideicomisos sin considerar la gravedad del hecho. Esto sí que ha sido una tragedia, pues no hay recursos ni discusión al respecto. Parece que los tiempos políticos no están para ello por ahora. Los desastres seguirán siendo naturales y la culpable la naturaleza…

Hoy en día la antropología está amenazada por los gobiernos de ultraderecha, las ciencias sociales puestas en cuestión. ¿Cómo ve ese futuro?

No sólo por los gobiernos de ultraderecha, en el caso del manejo de desastres fue un gobierno mexicano, que se ostenta ser de «izquierda» (sea lo que sea lo que se entienda por ello) el que, entre otras acciones (y no acciones) desapareció el FONDEN y el FOPREDEN, y está recortando los presupuestos de los centros de investigación al grado que muchos de estos están verdaderamente sobreviviendo con lo mínimo. ¿Se puede avanzar en la generación y avance del conocimiento, en esta o en cualquier otra materia, en condiciones como las actuales? Tenemos que insistir en mostrar lo que hacemos, evidenciar su utilidad a partir de revelar lo que ocurre en la realidad, sobre todo en un tema tan relevante como es el de la construcción de riesgos de desastre. Al parecer no hemos sido eficientes en la transmisión de esa problemática y sobre todo de su trascendencia, porque siempre existen otras prioridades y lo único que queda, ante un evento, es atender la emergencia, que puede ser devastadora, tal como estamos observando en estas semanas en Venezuela a raíz de los terremotos ocurridos hace unos días. Una vez más constatamos aquella frase memorable de nuestro recordado sismólogo chileno de nacimiento, pero mexicano por adopción, Cinna Lomnitz: «¿qué es lo que mata? ¿los temblores o los edificios mal construidos?».

Referencias

Hewitt, K. (Ed.) (1983). Interpretations of Calamity: The Viewpoint of Human Ecology. Allen & Unwin.

Hoffman, S., y García Acosta, V., (Eds). (En prensa). Inplacement: Global Outbreaks and the Anthropology of Isolation (Anthropology and Covid-19). Berghahn Books.

Lavell, A., Mansilla, E., Maskrey, A., y Ramirez, F. (2020, 22 de abril). La construcción social de la pandemia Covid-19: desastres, acumulación de riesgos y políticas públicas. LA RED. Recuperado de: https://www.desenredando.org/.

Maskrey, A. (Comp) (1993). Los desastres NO son naturales. LA RED. Recuperado de: https://www.desenredando.org/public/libros/1993/ldnsn/LosDesastresNoSonNaturales-1.0.0.pdf.

Revet, S. (2020). Disasterland. An Ethnography of the International Disaster Community. Springer.

Rohland, E., García-Acosta, V., Goebel McDermott, A., y Taks, J. (Eds.) (en prensa). Handbook of the Anthropocene in Latin America, Vol. Climate Change. En O. Kaltmeier, R. Rohland, G. Gutiérrez Cham y S. Herrera Lima (Eds.). Handbook of the Anthropocene in Latin America. Centro María Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS).

 

[1] Disponible en: https://www.youtube.com/live/7300fZTBA80. Última consulta: 26/07/2026.

[2] Puede consultarse la reseña de Revet sobre el libro en este mismo número de Papeles de identidad.

[3] El artículo de Roberto Barrios en este número monográfico introduce igualmente ese debate.