El textil como herramienta metodológica de cuidado para la co-creación de conocimiento en la investigación sociológica
Textiles as methodological tools of care for the co-creation
of knowledge in sociological research
Trinity College Dublin (Irlanda)
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Palabras clave Prácticas textiles |
Resumen: Este artículo investiga cómo el quehacer textil, incorporado como herramienta metodológica feminista en talleres textiles virtuales, posibilita prácticas de cuidado y co-creación de conocimiento en torno a la comprensión de la violencia de género. El trabajo de campo se realizó entre 2022 y 2023 en un espacio digital surgido a partir de la pandemia de COVID-19, a través de talleres textiles en línea con participantes en México e Irlanda. El estudio se inscribe en el campo de la sociología feminista y los estudios de género y utiliza una metodología cualitativa que articula la investigación basada en las artes y la etnografía digital desde una ética feminista del cuidado. El análisis muestra que el quehacer textil, en su dimensión material y relacional, contribuyó a la creación de espacios seguros para compartir experiencias de violencia de género, fortaleciendo vínculos transnacionales y prácticas colectivas de cuidado. El artículo propone comprender las prácticas textiles como tecnologías de cuidado con potencial epistémico, capaces de producir conocimiento situado y transformar las relaciones entre participantes, investigadora y la materialidad textil. |
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Keywords Textile practices |
Abstract: This article analyses how textile-making practices, employed as methodological tools in online feminist textile workshops, enables practices of care and the co-creation of knowledge around the understanding of gender-based violence. The fieldwork was conducted between 2022 and 2023 in a digital space that emerged from the COVID-19 pandemic, through online textile workshops with participants in Mexico and Ireland. The study is situated within feminist sociology and gender studies, using a qualitative methodology that combines arts-based research and digital ethnography with a feminist ethics of care. The analysis shows that textile-making, in both its material and relational dimensions, contributed to creating safe spaces for sharing experiences of gender-based violence, strengthening transnational connections and collective care practices. The article proposes understanding textile practices as technologies of care with epistemic potential, capable of producing situated knowledge and transforming the relationships among participants, the researcher, and textile materiality. |
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Hitz gakoak Ehungintzako praktikak |
Laburpena: Artikulu honek ikertzen du nola ahalbidetzen dituen ehungintzak zaintza-praktikak eta nola ematen duen aukera genero-indarkeriaren gaineko ezagutza elkarrekin sortzeko, ehungintzako tailer birtualetan tresna metodologiko feminista gisa txertatzen denean. Landa-lana 2022tik 2023ra bitartean egin zen, COVID-19aren pandemiaren ondorioz sortutako espazio digital batean, Mexikoko eta Irlandako parte-hartzaileak zituzten online ehungintza-tailerren bidez. Ikerketa hau soziologia feministaren eta genero-ikasketen esparruan kokatuta dago, eta metodologia kualitatiboa erabiltzen du, arteetan eta etnografia digitalean oinarritutako ikerketa zaintzaren etika feministatik egituratzeko. Analisiaren arabera, ehungintzako praktikak, alderdi materialean eta harremanen alderdian, genero-indarkeriako esperientziak partekatzeko gune seguruak sortzen lagundu zuen, eta lotura transnazionalak eta zaintza-praktika kolektiboak indartu zituen. Artikuluak proposatzen du ehungintzako praktikak ahalmen epistemikoa duten zaintza-teknologia gisa ulertzea, testuinguruan kokatutako ezagutza sortzeko eta parte-hartzaileen, ikertzailearen eta ehunen materialtasunaren arteko harremanak eraldatzeko gai diren teknologia gisa. |
* Correspondence author / Correspondencia a: Brenda Mondragón Toledo. Trinity College Dublin, Departamento de Sociología. College Green, Dublin 2, Irlanda D02 XH 97 – mondragb@tcd.ie – https://orcid.org/0000-0002-8035-5498.
How to cite / Cómo citar: Mondragón Toledo, Brenda (2026). «El textil como herramienta metodológica de cuidado para la co-creación de conocimiento en la investigación sociológica». Papeles de Identidad. Contar la investigación de frontera, vol. 2026/1, papel 337, 1-15. (https://doi.org/10.1387/pceic.27892).
Fecha de recepción: diciembre, 2025 / Fecha aceptación: febrero, 2026.
ISSN 3045-5650 / © UPV/EHU Press 2026
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Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
1. Introducción
Este artículo propone discutir el quehacer textil como una tecnología de cuidado (Pérez-Bustos y Bello-Tocancipá, 2023) en el marco de la investigación en línea. Asimismo, se investiga cómo el quehacer textil, incorporado como herramienta metodológica en talleres textiles en línea, posibilita prácticas de cuidado y procesos de co-creación de conocimiento feminista en torno a la comprensión de la violencia de género. Entre 2022 y 2023 se llevaron a cabo una serie de talleres textiles en línea como parte de mi investigación doctoral. El objetivo de estas sesiones fue propiciar un diálogo comparativo entre participantes de México e Irlanda. El hilo conductor de estas sesiones fue la reflexión sobre cómo las experiencias de violencia de género atravesaban nuestra cotidianidad y configuraban nuestra identidad como feministas y activistas. En estas actividades, el quehacer textil constituyó un elemento central para generar una conexión entre el cuerpo y la materialidad en un espacio virtual donde la interacción se dio a través de una pantalla. Esta dinámica fue consecuencia de la pandemia de COVID-19, que hizo necesario un rediseño metodológico para llevar a cabo una investigación cualitativa y feminista sobre el quehacer textil en ambos contextos.
La investigación estuvo inspirada en los distintos espacios en línea que surgieron como estrategia frente al aislamiento social, donde personas de distintas partes del mundo se conectaron para bordar, tejer o zurcir de manera virtual. Fue así como se propuso una metodología de investigación basada en las artes, específicamente en las prácticas textiles en un espacio virtual. El uso de una metodología basada en las artes plantea el empleo de expresiones artísticas como el teatro, el bordado, la danza o la poesía como parte de la investigación, lo que propicia una reflexión corporal, enfatizando la importancia del proceso en lugar del resultado (Lather, 1991). Estas prácticas invitan a las participantes a interactuar con las artes como una práctica de creación de significado y generan comunidades que retan las «convenciones normativas patriarcales» (Clover, 2011, p. 14). Asimismo, Mason y Davies (2009) insisten en la importancia de los métodos sensoriales para reflexionar sobre las experiencias cotidianas. Estas autoras subrayan la necesidad de analizar cómo nuestros sentidos están entrelazados con nuestras comprensiones del mundo, así como las intersecciones entre las categorías raciales, el género y la clase. O’Neill y Hubbard (2010) proponen el concepto de ethno-mimesis para describir la combinación entre la investigación etnográfica y los métodos participativos, que «…involucra una reconstrucción narrativa de manera artística» (O’Neill y Hubbard, 2010, p. 48).
Sin embargo, esta propuesta implicó cuestionar diversas dificultades éticas en torno al cuidado de las participantes. Entre las interrogantes éticas surgieron dudas sobre cómo generar un espacio seguro para que las participantes compartieran sus experiencias de violencia de género en un espacio virtual o cómo garantizar que no fueran retraumatizadas al narrar sus experiencias. En la interacción presencial, es posible reconocer señales de malestar, ofrecer contención, espacio o incluso un abrazo. Sin embargo, la virtualidad limita esta lectura del lenguaje corporal y la posible contención que se pueda ofrecer. ¿Cómo evitar que, al finalizar la sesión, alguna participante apagara su computadora estando en un estado emocional crítico y sin apoyo? ¿Cómo centrar el cuidado en una investigación de esta índole? ¿De qué manera incorporar prácticas de cuidado feminista como parte de nuestros postulados éticos de investigación? A partir de estas inquietudes, es necesario situar esta investigación dentro de un marco teórico que permita comprender el cuidado como forma de acompañamiento, pero también como categoría de análisis y como práctica relacional esencial para su contribución a las epistemologías feministas.
2. Hacia una ética feminista del cuidado en la producción de conocimiento
El cuidado, entendido tanto como concepto y como práctica relacional, se convirtió en eje fundamental para desarrollar una investigación sentipensante (Rendón, 2009). El rediseño de la investigación consistió en realizar talleres textiles en línea durante nueve meses, lo que permitió entrelazar el espacio virtual con la materialidad para así generar espacios de encuentro, acompañamiento y reflexión con las participantes. En este contexto, el aislamiento social abrió la posibilidad de explorar las prácticas textiles en espacios digitales, priorizando las experiencias corpóreas y la lentitud. Tal como señalan Honoré (2004) y Baker (2011), el cuidado, la lentitud y la vulnerabilidad se entretejen para propiciar una reflexividad comprometida desde el disfrute, pero también, como una oportunidad para construir una ciencia lenta (Stengers, 2018) y una academia lenta (O’Neill, 2014).
Por lo tanto, este artículo propone una aproximación teórica sobre el cuidado, así como a las formas en que este concepto ha sido cooptado bajo lógicas neoliberales que tienden a individualizar y despolitizar estas prácticas desde las lógicas del autocuidado. Mari Luz Esteban (2017) plantea que el cuidado es un concepto que ha sido utilizado como herramienta de opresión femenina, por lo cual propone mirar los lazos entre mujeres para analizar la relevancia de otros valores como el compromiso, la solidaridad y la reciprocidad a través de prácticas de apoyo mutuo, como los círculos textiles en línea. Por su parte, Diana Maffia (2007) reflexiona sobre cómo la ciencia ha excluido históricamente a las mujeres como creadoras de conocimiento y, al mismo tiempo, ha excluido cualquier cualidad considerada femenina. Para ella, la exclusión de las mujeres, las emociones y las cualidades femeninas representa un obstáculo para la creación de conocimiento, en lugar de reconocerlas como espacios generadores del mismo con relevancia epistémica. Por lo tanto, la autora propone elaborar nuevas metodologías que incluyan las experiencias corporales para transformar nuestras formas de conocer y producir conocimiento.
De esta forma, el textil y el cuidado se entretejen desde una dimensión epistemológica y material para cuestionar los mandatos de género y reivindicarlos a partir de su potencial como herramientas metodológicas. En este sentido, Alba Corosio (2007) propone recuperar aquellos valores tradicionalmente concebidos como femeninos, como el cuidado, a través de lo personal y lo afectivo, para reincorporarlos y establecer nuevas reflexiones éticas sobre la otredad. A diferencia de la ontología cartesiana, que rechaza y excluye las experiencias corporales, el quehacer textil invita a considerar el cuerpo, las emociones y los sentires como formas de comprender el mundo y relacionarnos con la cotidianidad y la otredad mediante la percepción. En este marco, Puig de la Bellacasa (2012) apunta al trabajo de Haraway, donde la ética feminista del cuidado es central para el conocimiento situado. La autora entiende el cuidado como relacional: «En ese sentido, defender la necesidad vital del cuidado significa apostar por una relación sostenible y floreciente, no simplemente supervivencial o instrumental» (Puig de la Bellacasa, 2012, p. 98). Sin embargo, su trabajo también nos recuerda el rol del conflicto y el disenso, mirándolos como herramientas de transformación capaces de desafiar nuestra imaginación política.
Por lo tanto, la propuesta de Harding (1991) sobre un conocimiento comprometido y responsable de sus actos permite pensar en alternativas epistemológicas construidas desde la lucha política. Asimismo, esta investigación retoma el trabajo de Mohanty y Torres (1991) para reconocer la importancia de mirar a las participantes en ambos países como sujetas con agencia y creadoras de conocimiento a través de las redes de apoyo que han construido en el espacio virtual, conectadas mediante el textil, para transformar sus narrativas y vivencias. De manera notable, esta investigación tuvo el propósito de visibilizar a las activistas textiles, quienes, por un lado, desafían las percepciones tradicionales del trabajo textil y lo doméstico, mientras que, por otro, desestabilizan y desafían al patriarcado capitalista en el que habitan.
Para Puig de la Bellacasa (2012), es fundamental reconocer el pensar-con y el vivir-con cuidado. Sin embargo, Corosio (2007) advierte sobre los riesgos de romantizar el cuidado, dado que cuidar también puede resultar emocionalmente abrumador y el concepto ha sido objeto de explotación. Por lo tanto, es crucial analizar también las formas en que el cuidado ha sido apropiado por las lógicas del capital, bajo las cuales este concepto se ha individualizado, despojándolo de su potencial político y colectivo. En esta línea, Hobart y Kneese (2020) diferencian entre el cuidado radical y el autocuidado, lo cual permite problematizar cómo la noción de cuidado ha sido cooptada por el neoliberalismo. Las autoras señalan que el autocuidado se ha transformado en un instrumento de autoadministración mediado por tecnologías y aplicaciones digitales, vinculado al plano individual y orientado a mantener o incrementar la productividad. En contraste, la propuesta de cuidado radical invita a comprender el cuidado como una serie de prácticas y discursos relacionales entre personas que forman parte de una comunidad, y no desde una perspectiva individualista. Por este motivo, es crucial entender el cuidado más allá de estas lógicas y comprenderlo desde una perspectiva feminista. Desde la década de 1970, la teoría feminista ha reivindicado el cuidado como una práctica radical que ha sido históricamente invisibilizada y no remunerada. Adicionalmente, el trabajo de activistas racializadas ha asumido este valor como un imperativo liberador en movimientos como el de las Black Panthers o el de Las Patronas en México. En esta misma línea, los feminismos latinoamericanos han comprendido el cuidado como pieza clave en la acción colectiva y como una praxis radical.
Asimismo, Puig de la Bellacasa advierte sobre el riesgo de la apropiación de conocimiento, lo que Grosfoguel (2016) llama extractivismo epistémico y ontológico. Para el rediseño de esta investigación, fue necesario familiarizarse con la ética feminista del cuidado, y, al mismo tiempo, reconocer lo que significa generar conocimiento desde la academia. La pandemia constituyó un punto de quiebre significativo para muchos de nosotros y evidenció la centralidad del cuidado. Según el The Care Collective (2020), la crisis sanitaria recordó la importancia de cuidarnos mutuamente, al tiempo que puso en evidencia la ausencia de cuidado en un mundo neoliberal. Esta falta de cuidado ha sido ampliamente explorada desde los feminismos latinoamericanos, siguiendo lo que Dora Barrancos (2019) denomina una militancia comprometida, que implica un compromiso político desde la academia y la lucha política. En esta línea, Mercedes Oliveira (2018) también subraya la necesidad de asumir un compromiso político y ontológico para la construcción de conocimiento colectivo (Oliveira, 2018, p. 106). Estas reflexiones en torno al cuidado también permiten ampliar su dimensión epistemológica, donde lo afectivo, lo sensorial y lo corpóreo se entrelazan con las prácticas textiles y cómo estas adquieren un lugar central en la producción de conocimiento.
Desde una metodología feminista, esta investigación cualitativa permitió explorar y comparar los diferentes significados y experiencias de la violencia de género vividas por mujeres en México e Irlanda. Como se mencionó anteriormente, las prácticas textiles fueron empleadas desde una perspectiva de investigación basada en el arte, en colaboración con distintos colectivos. Debido a la pandemia, fue necesario rediseñar la propuesta para conservar el carácter interactivo y creativo de la investigación, procurando la creación de espacios seguros y siguiendo las regulaciones del momento. Sin embargo, esta adaptación implicó reconsiderar la metodología y sus implicaciones éticas, así como un retraso en los tiempos originalmente establecidos. La pandemia permitió observar las formas en que las prácticas textiles en el espacio virtual se transformaron en espacios de acompañamiento, de cuidado y de acción colectiva con alcance transnacional. Este periodo en particular dio lugar a nuevas formas de activismo textil que fueron registradas como parte de esta investigación.
3. Activismo textil digital: protesta y cuidado en línea
La pandemia de COVID-19 ofreció un momento único para observar el incremento de interacciones textiles en entornos virtuales. Este contexto nos permitió reflexionar sobre cómo el activismo feminista en plataformas digitales podía replantear el significado de participar en la política feminista (Keller, 2012). Si bien la amplia literatura sobre ciberactivismo permite comprender el internet como herramienta de protesta, hasta entonces existían muy pocas investigaciones enfocadas en analizar cómo el activismo textil se articula en los espacios en línea. Por un lado, el activismo textil en línea se puede entender como una forma de ciberactivismo; sin embargo, estas prácticas desafían el espacio político virtual al incorporar la materialidad, la lentitud y el cuidado como praxis. La teoría en torno al ciberactivismo reconoce al espacio virtual como un lugar clave para la interacción social, donde se establecen relaciones (Illia, 2003) y se configura como lugar de resistencia (Van-Den-Donk et al., 2004). Asimismo, el internet genera un escenario en el que la protesta trasciende las fronteras, posibilitando la solidaridad transnacional y la emergencia de relaciones glocales (Aguilar-Forero, 2017). En el caso específico de las plataformas digitales, la co-creación de contenido entre usuarios abre la posibilidad de crear nuevas formas de praxis política en torno al feminismo y la materialidad, particularmente desde el quehacer textil. A través de los círculos de tejido o bordado en línea, el activismo se torna horizontal y descentralizado (Sandoval-Almazán y Gil García, 2014). En este sentido, concibo el ciberactivismo textil, no como una práctica limitada a un espacio geográfico determinado, sino como un conjunto de prácticas globales a través de la configuración de un espacio virtual.
La observación de estos espacios permitió comprender la virtualidad como territorio de resistencia, de la misma forma en que los zines funcionaron como estrategias de comunicación en el movimiento feminista. Por lo tanto, estas plataformas pueden entenderse no solo como espacios de representación, sino como entornos vividos donde se articulan prácticas ordinarias, relaciones sociales y formas de hacer política desde lo cotidiano (Ardèvol y Lanzeni, 2014). De esta forma, lo que otorga relevancia al activismo textil en línea es la posibilidad de generar una ‘cultura participativa’ (Jenkins, 2006), en la que se comparten experiencias y conocimientos mediante prácticas textiles. La observación se centró en plataformas como Instagram o X, concebidas como espacios clave para el activismo textil, donde la comunicación virtual se transforma en resistencia y acción política, de manera similar a las descripciones de Keller (2011) sobre los blogs feministas. En este sentido, el uso de plataformas digitales abre nuevas perspectivas sobre lo que representa hacer activismo desde el textil y cómo este se ve reflejada en la práctica. Asimismo, se identificó que en los espacios de activismo textil digital emergen características significativas que posibilitan tanto la convivencia como el conflicto, tales como la anonimidad, la accesibilidad, los hashtags, así como la posibilidad de compartir sus obras con sus seguidores.
Entretejer el quehacer textil y la virtualidad resulta interesante, ya que usualmente se consideran como esferas completamente separadas, sin una conexión evidente. Sin embargo, activistas textiles alrededor del mundo han utilizado estos espacios para alzar la voz y ser escuchadas más allá de sus contextos locales, articulando feminismos transnacionales en torno a problemáticas sociales y violencias estructurales. Hoy en día, mujeres de todo el mundo pueden conectarse en línea para compartir sus experiencias y replantear las formas de hacer activismo. Movimientos con alcance global como #BlackLivesMatter y #MeToo han evidenciado el poder del internet para trascender fronteras y generar espacios de conversación transnacional (Glassman, 2020). La anonimidad que caracteriza estos movimientos facilita la conexión entre un amplio número de personas, permitiendo compartir experiencias de violencia sin temor, al mismo tiempo que posibilita recibir o enviar mensajes de apoyo mediante hashtags como #IbelieveHer y #YoTeCreo, los cuales expresan solidaridad hacia las víctimas de violencia sexual. Esta forma activa de participación respalda los planteamientos de Mendes, Ringrose y Keller (2018), quienes destacan la complejidad del feminismo en línea y cómo las participantes lo utilizan para desafiar las estructuras sociales de opresión.
Takayoshi (1999) señala que el espacio virtual constituye un ámbito de reconocimiento de ciudadanía, al posibilitar la construcción del yo-público mediante la creación de perfiles en distintas plataformas digitales. Esta presentación del yo en línea se convierte, por tanto, en una forma de ejercer ciudadanía. En el caso del activismo textil, se observa cómo las herramientas tecnológicas facilitan la organización de los movimientos, permitiendo a las colectivas organizarse, comunicarse y protestar, pero sobre todo construir una comunidad más allá de sus fronteras. Para comprender estas prácticas, resulta fundamental repensar el trabajo de campo desde la perspectiva del ciberactivismo. Las observaciones realizadas responden a una etnografía digital que exploró las dinámicas surgidas durante la pandemia, siguiendo el incremento de interacciones en plataformas digitales y en grupos que realizaban prácticas textiles en línea. Estas prácticas estuvieron presentes desde el inicio de la crisis sanitaria, permitieron a las participantes enfrentar la soledad y la frustración, construir comunidades y alzar la voz frente a distintas problemáticas. Un ejemplo significativo es el trabajo de Agujas Combativas, que, a través de diarios textiles, narraba historias personales y proponía formas creativas de documentar lo vivido. El seguimiento de estos espacios textiles en línea permite reconocerlos como lugares de interacción, cuidado, reflexión y acompañamiento. En este sentido, el uso de plataformas digitales posibilita una interacción transnacional, mientras que los hashtags funcionan como herramientas para generar y registrar interacciones, así como impulsar proyectos transnacionales.
Los espacios en línea han permitido a las activistas textiles interactuar, organizarse y generar nuevos proyectos y alianzas. Algunos círculos textiles previamente establecidos recurrieron al espacio virtual durante el confinamiento; sin embargo, mientras algunos retomaron sus actividades completamente presenciales, otras ampliaron su participación en línea. El activismo textil introduce una característica distintiva frente a otras formas de ciberactivismo: la manera en que el quehacer textil en línea configura condiciones específicas de acompañamiento. Compartir pensamientos, experiencias y emociones a través de videollamadas, junto con la escucha activa, se concibe como una práctica feminista de solidaridad. Estos espacios de activismo textil digital han dado lugar a comunidades que permiten a las activistas textiles establecer vínculos y generar nuevas formas de comprender y explorar el feminismo. Tales comunidades replantean lo que significa participar en la política feminista, consolidando una agencia política en los espacios digitales. No obstante, las perspectivas androcéntricas y patriarcales han menospreciado el activismo feminista en línea, especialmente en relación con aquellos relacionados con mujeres jóvenes (Harris, 2008).
A pesar de la importancia del espacio virtual dentro de los activismos textiles, esto no ha significado una disminución en las actividades presenciales, sino que ambas se complementan. De esta forma, vemos que las activistas textiles habitan un cuerpo multisituado que navega el espacio virtual, al mismo tiempo que el espacio público. Esto articula las prácticas entre lo digital, la calle, la casa y la materialidad implícita en el textil. Como señalan Pink et al. (2016), lo digital no constituye un ámbito separado de la vida social, sino que se entrelaza con las prácticas cotidianas. De esta manera, las actividades textiles permanecen profundamente encarnadas incluso cuando se median por pantallas y plataformas digitales. Por lo tanto, comprender el uso de plataformas digitales como espacios para la protesta y el activismo permite analizar cómo estas prácticas reconfiguran el cuerpo y las formas de hacer política.
Antes, y especialmente después de la pandemia, las activistas textiles han llevado sus prácticas tanto dentro como fuera del espacio virtual, manteniendo el activismo en las calles mediante actos públicos de resistencia como el yarn-bombing, círculos de bordado en espacios públicos y talleres en espacios específicos. Esta combinación evidencia la existencia de un cuerpo multisituado, articulando su presencia entre la calle, lo análogo y en persona, conectado con su presencia en línea a través de perfiles en línea y una pantalla (Pink et al, 2016). Paralelamente, los entornos virtuales crean espacios seguros para que las participantes compartan experiencias, se organicen y alcen la voz junto con otras activistas, cuestionando las representaciones tradicionales del activismo como exclusivamente presencial y en las calles.
4. Una etnografía accidental de los activismos textiles durante la pandemia
Durante el confinamiento, tuve la oportunidad de participar en algunos círculos textiles en línea, lo cual me ayudó a reorientar mi investigación. En este tiempo, participé en círculos de bordado junto con otras personas con intereses similares. Estas actividades se realizaron a través de videollamadas por Zoom e Instagram y, durante la pandemia, derivaron en una forma de etnografía accidental, surgida mientras intentaba rediseñar y adaptar la investigación. Levitan, Carr-Chellman y Carr-Chellman (2017) definen esta modalidad como una expansión de la investigación-acción, en la cual:
«Se utilizan datos que no fueron originalmente concebidos para la investigación. Por lo tanto, la etnografía accidental amplía el terreno de la investigación-acción participativa porque el investigador es primero un practicante y posteriormente se involucra en la investigación de manera retrospectiva» Levitan, Carr-Chellman y Carr-Chellman, 2017, p. 339).
Esta experiencia me permitió repensar la metodología de investigación y explorar las posibilidades del espacio virtual.
Este momento revelador fue resultado de una observación constante y de mi participación en diversas prácticas textiles. Antes de la pandemia, se reconocía la existencia de una amplia comunidad en línea, principalmente articulada mediante hashtags. Sin embargo, la pandemia amplió estas interacciones hacia dinámicas mucho más complejas. Colectivas, artistas y organizaciones comenzaron a interactuar de manera distinta durante el aislamiento social, pues los hashtags dejaron de ser suficientes para cubrir sus necesidades. Entusiastas textiles invitaron a otras personas a unirse por videollamadas para crear en colectivo; algunas actividades eran gratuitas y otras tenían un costo. El nivel técnico de las participantes era diverso, desde principiantes hasta artistas consolidadas, pero el hilo conductor era el textil y el deseo de interactuar para así enfrentar el aislamiento.
Algunas personas se encontraban atravesando procesos de duelo tras la pérdida de algún familiar o amigo a causa del COVID-19. Otras veían estas sesiones como una oportunidad para expresar sus emociones, había quienes se encontraban completamente aislados y participaban en estas sesiones para enfrentar la soledad y generar espacios de conexión. Había quienes participaban para hacer uso de su tiempo libre, aprender técnicas específicas o compartir sus experiencias durante la pandemia. En este contexto, conocí el proyecto Agujas Combativas de Daniela Whaley, quien creó la iniciativa #BitácoraDeCuarentena. Esta serie de talleres tenía como propósito registrar, analizar y visualizar aspectos de la vida cotidiana de las participantes en ese momento tan particular. Para Daniela, este proyecto fue particularmente significativo, pues le permitió interactuar con gente de todo México y el mundo. Así como ella menciona en la investigación:
Especialmente en la pandemia, como que explotó. Estábamos tejiendo una comunidad.
El aislamiento social a nivel mundial otorgó a las activistas textiles, o craftivistas, un momento de especial visibilidad (Moreshead y Salter, 2022). Muchas personas podían permitirse quedarse en casa y disponían de mayor tiempo libre, lo que les permitió acercarse a las prácticas textiles. Por ejemplo, la plataforma en línea Etsy duplicó sus ganancias (Forbes, 2021) debido al incremento en la demanda de productos artesanales y tutoriales para aprender a elaborarlos (Kouhia, 2023). Diversos públicos dirigieron su atención al tejido, el bordado, el felting y otras técnicas, tradicionalmente asociadas a labores domésticas, utilizándolas como una forma de terapia para mitigar el estrés y la incertidumbre provocados por la pandemia. Este interés se hizo especialmente visible en plataformas como Facebook, X, Pinterest, Instagram y TikTok, donde los usuarios compartían contenido para mostrar sus creaciones desde casa.
Ser partícipe de este auge digital de las comunidades textiles fue un momento revelador que me motivó a continuar con la investigación mediante la organización de talleres en línea. Para ello, sostuve conversaciones informales con investigadoras que habían trasladado sus actividades al espacio virtual. Entre ellas, tuve la oportunidad de dialogar con la socióloga Maggie O’Neill, quien había desarrollado investigación-acción participativa en entornos digitales y compartió consideraciones clave para la organización de talleres creativos en línea. Estas conversaciones permitieron explorar las posibilidades de rediseñar la investigación sin modificar los objetivos iniciales de la propuesta original. Desafortunadamente, esta adaptación implicó un retraso significativo en el avance del proyecto. Finalmente, estas experiencias permiten destacar cómo el uso de prácticas textiles en espacios virtuales no solo posibilitó un rediseño de la investigación a pesar de la pandemia, sino que también evidenció cómo el espacio digital es relevante para una práctica de cuidado feminista y su potencial para la co-creación de conocimiento.
5. Resistencia y solidaridad: un estudio comparativo entre México e Irlanda
Para la recolección de datos, esta investigación organizó una serie de talleres textiles en línea concebidos como grupos focales (Harrison y Ogden, 2020), en los que se integraron prácticas textiles como prácticas sensoriales orientadas a establecer conexiones corporales y afectivas a través de la pantalla. Tres colectivas de activistas textiles (Refleja, Agujas Combativas y The Bábóg Project) fueron invitadas a facilitar estos espacios, incorporando sus propias prácticas para entretejer vínculos con las participantes, quienes se encontraban geográficamente distantes y se comunicaban a través de dos idiomas distintos: español e inglés.
En este sentido, la investigación enfatiza el potencial de las prácticas textiles para acuerpar a la distancia, entendiendo este proceso como una praxis política de solidaridad encarnada (Méndez, 2023). Las participantes fueron reclutadas a través de plataformas digitales, y un total de veinte mujeres de entre 25 y 35 años se inscribieron inicialmente en el proyecto. No obstante, a lo largo de los ocho meses que duró el trabajo de campo, seis participantes (tres en México y tres en Irlanda) mantuvieron una participación constante en los talleres.
Durante estas sesiones se desarrollaron distintos ejercicios textiles: el bordado de un árbol genealógico con perspectiva feminista, facilitado por Refleja; la elaboración de un data-retrato, organizado por Agujas Combativas e inspirado en el trabajo de Giorgia Lupi; y la creación de muñecos de trapo con The Bábóg Project. El uso de estos ejercicios permitió realizar un análisis comparativo entre las experiencias de las participantes en México e Irlanda, explorando cómo se comprende y se nombra la violencia de género en contextos sociopolíticos distintos. Aunque ambos grupos realizaron las mismas actividades y respondieron a preguntas similares, las narrativas que emergieron revelaron diferencias significativas en la forma en que la violencia es vivida y conceptualizada.
En el caso de México, la violencia apareció como una experiencia profundamente encarnada y normalizada en la vida cotidiana. Las participantes identificaron con mayor facilidad tanto las agresiones explícitas como aquellas más sutiles, nombrándolas violencia y reconociendo su presencia constante en sus entornos sociales. Esta exposición continua a la violencia ha marcado la manera en que experimentan el mundo, pero también ha impulsado procesos de politización de la experiencia individual y su transformación en acción colectiva. Como compartió Marina, participante en México:
Estamos muy atravesadas por la violencia, por nuestros entornos. Desgraciadamente nuestros entornos sociales se han visto sumamente involucrados en situaciones muy violentas, situaciones que, por más que nosotras no lo queramos ver, ahí están.
Desde esta perspectiva, el activismo textil feminista emerge como una forma de resistencia que articula sororidad, afecto y creatividad. A través del bordado colectivo, el canto, el baile y la creación artística, las participantes construyen comunidad y elaboran estrategias para enfrentar la violencia de género. Bordar los nombres de mujeres víctimas de feminicidio, aunque no se las haya conocido personalmente, se configura como un acto de memoria, denuncia y cuidado colectivo. Esta combinación de emociones —ira, esperanza, rabia y miedo— atraviesa las prácticas textiles y moldea la manera en que las participantes comprenden la violencia.
Estas formas de resistencia pueden interpretarse a la luz de lo que Rita Segato (2016) denomina una contra-pedagogía de la crueldad, frente a la normalización de la violencia producida por su repetición constante en la vida cotidiana y en los medios de comunicación. Esta pedagogía de la crueldad insensibiliza a la humanidad ante el sufrimiento ajeno y resulta funcional para la mercantilización de la vida en un mundo capitalista. En este contexto, acciones como el activismo textil feminista son una forma de resistencia.
La mayoría de las participantes en México comenzaron a bordar como una actividad recreativa o como una práctica aprendida durante la pandemia. Sin embargo, propiciado por estos talleres, identificaron el potencial político de estas prácticas. Desde el primer encuentro, tanto las facilitadoras como la investigadora buscaron comprender qué motivaba a las participantes a integrarse al proyecto y cómo politizaban una práctica históricamente asociada al ámbito doméstico y excluida del campo del arte. En palabras de Marcela:
Me di cuenta de cómo se percibe el bordado también viene desde ahí, de cómo a las mujeres no se nos dan oportunidades para expresarnos artísticamente. Yo lo postulo como que el bordado es un acto político y también es arte. Entonces doy talleres donde el pretexto es el bordado, pero donde hablamos de cómo se puede politizar y usar como herramienta personal y colectiva para denunciar ciertas cosas.
Muchas participantes expresaron un interés explícito en cuestionar la relegación de las prácticas textiles al ámbito doméstico y su desvalorización como formas artísticas.
Al mismo tiempo, la asociación del textil con prácticas heredadas de madres, abuelas o bisabuelas generó un reconocimiento compartido de los vínculos afectivos y genealógicos que atraviesan estas actividades. Esta dimensión afectiva reforzó el deseo de politizar la práctica sin perder de vista las emociones que de ella emergen. En este sentido, la politización de prácticas encarnadas como la producción textil contribuye a la discusión sobre el giro afectivo en las epistemologías feministas (Macón, 2014), al situar la creatividad como una forma legítima de producción de conocimiento y expresión política.
Para las participantes, el uso de los textiles como punto de partida para el diálogo sobre feminismo y violencia de género resultó tanto esencial como estimulante. Elsa, participante en Irlanda, describió cómo su interés por las prácticas creativas le permitió encontrar un espacio para abordar estas cuestiones:
Estoy muy interesada en cualquier cosa relacionada con género y feminismo por mi antecedente y porque creo que es muy importante. No he encontrado un espacio donde puede hablar fácilmente del tema, así que pensé que sería una conversación interesante y decidí darle una oportunidad mientras estoy aquí.
En general, la investigación contó con participantes activas y comprometidas, que se integraron al proyecto para aprender, compartir saberes y profundizar sus vínculos entre el feminismo y las prácticas textiles; el bordado fue la técnica predominante. En el contexto mexicano, las prácticas textiles de las participantes fuera del taller evidencian cómo el bordado ha sido apropiado y resignificado políticamente por mujeres jóvenes.
En el grupo irlandés, las participantes también mostraron un compromiso político con cuestiones de género, aunque se observó una menor articulación entre el quehacer textil y las plataformas digitales. Se sumaron al proyecto principalmente para dialogar sobre feminismo mediante prácticas creativas. En Irlanda, las comunidades textiles operan mayoritariamente en espacios presenciales o en prácticas individuales, con un uso limitado de redes sociales. Sus actividades textiles suelen vincularse al ocio, la recreación o la producción artesanal, aunque también se entrelazan con acciones políticas como el tejido de un chaleco para marchas del Orgullo.
Finalmente, todas las participantes compartían un interés previo por la politización de sus prácticas y se incorporaron al proyecto para sostener y profundizar estas conversaciones. A través del hacer colectivo, el diálogo y el intercambio de experiencias, se fortalecieron procesos de aprendizaje mutuo y se intensificó la politización de las prácticas textiles, incluso frente a las barreras lingüísticas. En conjunto, los talleres evidenciaron el potencial del arte textil para generar empatía, desafiar normas establecidas y abrir espacios de reflexión colectiva en torno a la violencia de género.
6. Conclusión
Esta investigación profundiza en los planteamientos de Pérez-Bustos, Tobar-Roa y Márquez-Gutiérrez (2016) para comprender el quehacer textil como una tecnología de cuidado. A través de una investigación basada en las artes, el uso del textil como método sensorial permitió reflexionar y politizar la cotidianidad a partir de las experiencias de las participantes. En este sentido, el textil fue empleado como una tecnología de cuidado tanto por su materialidad como por su capacidad para propiciar procesos de reflexividad. Asimismo, el cuidado es entendido aquí como una praxis relacional y como una categoría analítica central. Mediante el uso de metodologías creativas, esta investigación propone el textil y el cuidado como espacios generadores de conocimiento situado, articulados en el marco de una lucha política encarnada en los activismos textiles.
De este modo, el quehacer textil aparece entrelazado con dimensiones afectivas, sensoriales y corporales que se configuran como formas legítimas de conocer e interpretar el mundo. A raíz de la pandemia, se observó un incremento en las interacciones en línea entre creadoras textiles, así como la emergencia de nuevas praxis políticas que articulan la materialidad de los hilos y las telas con la digitalidad de la pantalla. En este contexto, las plataformas digitales se constituyeron como fronteras de resistencia desde las prácticas ordinarias, lo que permitió hacer política desde lo cotidiano y habilitó otras formas de construir ciudadanía para organizarse, comunicarse, protestar y generar comunidad.
Es así como el textil se consolida como una herramienta de acompañamiento y solidaridad entre participantes que interactúan en entornos digitales. Estas prácticas condujeron a un replanteamiento del trabajo de campo, incorporando la noción de un cuerpo multisituado que transita entre lo digital y lo analógico, la calle y la pantalla, articulado a través de la materialidad textil.
Finalmente, estas nuevas prácticas, o la resignificación de viejas prácticas, dieron lugar a una etnografía accidental en la que dichas interacciones pudieron ser observadas y analizadas. Este momento resultó significativo para la visibilización de las prácticas textiles, al permitir la generación de comunidad e invitar a nuevos actores a formar parte de estos espacios. A partir de ello, la investigación propone los talleres textiles en línea no solo como un método de investigación, sino, fundamentalmente, como formas de acuerpar a la distancia mediante una solidaridad encarnada. Las conversaciones en torno a la violencia de género evidenciaron cómo las participantes politizan la experiencia individual, al tiempo que reconocen el papel de las emociones en las prácticas textiles. En conclusión, el quehacer textil puede comprenderse como una tecnología de cuidado y el activismo textil como una contra-pedagogía de la violencia (Segato, 2016), en la que la creatividad se configura como una forma de producción de conocimiento y una praxis política.
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