Las nuevas categorías no son suficientes: repensando la medición del sexo y el género en las encuestas sociales[1]

New Categories are not Enough. Rethinking Measurement of Sex and Gender in Social Surveys

Laurel Westbrook* 6867.png

University of California, Santa Barbara (EE. UU.)

Aliya Saperstein 6852.png

Universidad de Stanford (EE. UU.)

Palabras clave

Diseño de encuestas
Producción de conocimiento
Sexo
Género
Transgénero

Resumen: Este texto es una traducción realizada por Aina Faus Bertomeu del trabajo de Laurel Westbrook y Aliya Saperstein titulado «New Categories are not Enough. Rethinking Measurement of Sex and Gender in Social Surveys» y que fue publicado en agosto de 2015 en la revista Gender & Society (volumen 29, número 4). Las autoras reflexionan sobre cómo medir sexo y género tomando como punto de partida cuatro grandes investigaciones sociales estadounidenses que incluyen otras categorías además de las binarias. Aunque este es un paso necesario, las autoras apuestan por qué hay otras conceptualizaciones y mediciones en las investigaciones sociales que han de ser tenidas en cuenta como el tratamiento equivalente de sexo y género y el atribuido por terceras personas. Esas asunciones permean las investigaciones y limitan su potencialidad más allá del binarismo. No modificar esas asunciones reproduce una representación estadística dicotómica y limita la comprensión de procesos que reproducen desigualdad social.

Keywords

Survey design
Knowledge production
Sex
Gender
Transgender

Abstract: This text is a translation by Aina Faus Bertomeu of the paper by Laurel Westbrook and Aliya Saperstein entitled «New Categories are not Enough. Rethinking Measurement of Sex and Gender in Social Surveys» that was published in August 2015 in the journal Gender & Society (volume 29, number 4). The authors reflect on how to measure sex and gender taking as a starting point four US major social surveys that include categories other than binary ones. Although this is a necessary step, the authors argue that there are other conceptualizations and measurements in social research that must be taken into account, such as the equivalent treatment of sex and gender and that attributed by third parties. These assumptions permeate research and limit its potential beyond binarism. Not modifying these assumptions reproduces a dichotomous statistical representation and limits understanding of processes that reproduce social inequality.

 

* Correspondencia a / Correspondence to: Laurel Westbrook. University of California, Santa Barbara. 552 University Road Santa Barbara, CA 93106 – laurel_westbrook@ucsb.edu – https://orcid.org/0000-0003-0918-3213.

Cómo citar / How to cite: Westbrook, Laurel; Saperstein, Aliya (2025). «Las nuevas categorías no son suficientes: repensando la medición del sexo y el género en las encuestas sociales». Papeles de Identidad. Contar la investigación de frontera, vol. 2025/2, fundamental, 1-25. (https://doi.org/10.1387/pceic.27912).

 

ISSN 3045-5650 / © UPV/EHU Press 2025

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Creative Commons Atribución 4.0 Internacional

 

Las categorías que ofrecen las encuestas y los documentos oficiales para captar características clave de las personas suelen darse por sentadas y considerarse distinciones naturales, a pesar de que, como todo sistema de clasificación, son construcciones sociales (Berger y Luckmann, 1967; Zerubavel, 1996). La pregunta «¿Es usted hombre o mujer?» es un buen ejemplo de ello (Spade, 2011). La mayoría de la población estadounidense está tan acostumbrada a ver alguna versión de esta pregunta en formularios que rara vez se detiene a pensar qué función cumple, qué casilla marcar o por qué solo hay dos opciones de respuesta.

Recientemente, como respuesta a las demandas de reconocimiento de la diversidad sexual y de género, y a la necesidad de investigar más sobre sus implicaciones y consecuencias (i.e., Balarajan, Gray y Mitchell, 2011; Human Rights Watch, 2011; Institute of Medicine, 2011), algunas encuestas especializadas han comenzado a ensayar medidas alternativas para el sexo y el género. Estos estudios revelan que, en Estados Unidos, las personas trans y con expresiones de género no normativas enfrentan una notable discriminación y dificultades materiales, lo que demuestra que las medidas estándar no logran captar aspectos importantes de las desigualdades (GenIUSS Group, 2014).

Este nuevo cuerpo de trabajos se ha centrado en cómo preguntar de forma adecuada su sexo y género a las personas encuestadas —y qué opciones de respuesta ofrecer—, pero aún no ha considerado que los presupuestos sobre estos conceptos podrían estar afectando a otros aspectos del diseño de las encuestas. El sexo y el género constituyen distinciones categóricas primarias, casi automáticas, a través de las cuales damos sentido al mundo y evaluamos a las demás personas, con consecuencias significativas para el sostenimiento de las desigualdades sociales (Ridgeway, 2011). Por ello, podríamos esperar que las encuestas no solo prioricen la recogida de esta información con fines de investigación, sino que también pasen por alto hasta qué punto las concepciones tradicionales sobre sexo y género han impregnado las prácticas de medición. Adoptamos una mirada más amplia que la de las investigaciones previas y analizamos las encuestas en su conjunto, a partir de un examen sistemático de cuestionarios, manuales y otros materiales técnicos de cuatro de las encuestas más antiguas y consolidadas de Estados Unidos. Nuestro análisis de cómo se ha conceptualizado y medido el sexo y el género abarca las seis décadas en las que las encuestas sociales a gran escala han documentado la vida en este país (Igo, 2007), y evalúa estas prácticas de medición tanto a la luz de la teoría contemporánea de género como de la experiencia vivida.

Los resultados revelan problemas potenciales en la medición del sexo y el género en las encuestas que van más allá de un conjunto innecesariamente limitado de opciones de respuesta. Encontramos que las grandes encuestas sociales tienden, en general, a confundir el sexo y el género y tratan esa confusión conceptual como una característica marcadamente dicotómica, biológicamente fija y empíricamente evidente. Este tratamiento no se limita a las preguntas que recogen el sexo o el género de la persona encuestada, sino que impregna el conjunto de los documentos que conforman la encuesta. Estas prácticas han cambiado muy poco con el tiempo y tienen consecuencias importantes para el conocimiento sociológico sobre las desigualdades de sexo y género. La construcción del conocimiento es un proceso cíclico: las creencias sobre el mundo influyen en cómo se diseñan las encuestas y se recogen los datos; a su vez, los hallazgos de la investigación por encuesta influyen en las creencias sobre el mundo, y el ciclo se repite (Bowker y Star, 2000). Si las principales encuestas estadounidenses siguen esencializando y dicotomizando el sexo y el género, la investigación por encuesta continuará generando resultados y reproduciendo creencias que están desconectadas no solo de la teoría social contemporánea, sino también de la diversidad de experiencias de género que existen en la sociedad estadounidense.

1. Alinear teoría y método[2]

Crear un cuestionario de encuesta es tanto una ciencia como un arte (Schaeffer y Presser, 2003). Redactar una sola pregunta requiere tomar hasta una docena de decisiones distintas: desde si debe formularse como una pregunta cerrada o abierta hasta cuántas categorías de respuesta ofrecer y cómo nombrarlas (Schaeffer y Dykema, 2011). Existen algunas directrices ampliamente aceptadas como que las opciones de respuesta deben ser exhaustivas y mutuamente excluyentes, mientras que otras —como la longitud óptima de una escala de valoración o si debe ofrecerse una opción de «no sabe»— aún se debaten o varían según la pregunta que se plantee (Krosnick y Presser, 2010).

Entre las personas expertas en metodología hay divergencias en relación con el mantenimiento de una misma pregunta, incluso si se sabe que no son óptimas, con el fin de conservar una serie temporal continua sobre un tema específico (ibid.). Algunas voces defienden que las medidas de encuesta deberían refinarse constantemente y evaluarse en función de su adecuación tanto a los conceptos teóricos como a las observaciones empíricas (Hox, 1997). En línea con Hox, nuestro objetivo es analizar no solo cómo se ha medido el sexo y el género en las principales encuestas sociales estadounidenses a lo largo de las últimas seis décadas, sino también hasta qué punto la operacionalización de estos conceptos se alinea con la teoría social de género contemporánea.

Con ello no pretendemos dar a entender que exista unanimidad en la forma de conceptualizar el sexo y el género; las teorías sobre el «sistema sexo/género» (Rubin, 1975) siguen evolucionando en el ámbito académico. Sin embargo, sí existe actualmente un amplio consenso, al menos entre quienes se dedican a la sociología, en torno a varias dimensiones clave: (1) aunque relacionados, «sexo» y «género» deben entenderse como conceptos distintos; (2) existen más de dos sexos y más de dos géneros; (3) la forma en que una persona se identifica en términos de sexo o género puede no «coincidir» con cómo otras personas la perciben o clasifican; y, (4) tanto las identidades como las clasificaciones pueden cambiar a lo largo de la vida de una persona.

Desde los estudios de género contemporáneos se entienden el sexo y el género como conceptos distintos, aunque a menudo se confunden en contextos académicos y no académicos (Cowan, 2005; Hammarstrom y Annandale, 2012; Pryzgoda y Chrisler, 2000; Wickes y Emmison, 2007). El término «sexo» se refiere a la división de los cuerpos en categorías basadas en los genitales, los cromosomas y/o los niveles hormonales (West y Zimmerman, 1987). Aunque este esquema se apoya en criterios biológicos, la investigación ha demostrado que las distinciones específicas no son ni naturales ni estables; nuestras creencias sobre el sexo han variado ampliamente a lo largo del tiempo, difieren entre culturas y tienden a borrar diferencias que se dan de forma natural en el desarrollo físico, como en el caso de las personas intersexuales (Fausto-Sterling, 2000; Lorber 1993; Nicholson, 1994). El «género» suele referirse a los comportamientos asociados a la pertenencia a una categoría de sexo (West y Zimmerman, 1987). Sin embargo, el género no está determinado por el sexo, y las personas pueden «hacer género»[3] de múltiples formas y/o identificarse con categorías de género distintas a la que se les asignó en función del sexo al nacer. Así, existe una gran diversidad de género tanto dentro de las categorías cis[4] como trans (Connell, 1995; Halberstam, 1998; Lucal, 1999; Valentine, 2007), las determinaciones de género realizadas por otras personas pueden no coincidir con cómo una persona se percibe a sí misma (Westbrook y Schilt, 2014), y la categoría de sexo y/o la identidad de género de una persona pueden cambiar con el tiempo (Meyerowitz 2002).

Desde hace tiempo, la capacidad de la investigación por encuesta para captar esta complejidad ha sido objeto de cuestionamiento como parte de una crítica feminista más amplia a los métodos cuantitativos (i.e., Stacey y Thorne, 1985). En consecuencia, como han señalado Sprague (2005) y otras muchas personas expertas en estudios de género descartan directamente las representaciones estadísticas, y los trabajos que se desarrollan desde metodologías feministas a menudo ni siquiera abordan la investigación cuantitativa (Undurraga, 2010). Esto ha dejado en gran medida sin examinar la medición del sexo y el género en las encuestas, a pesar de que otras categorías de diferencia han recibido una atención crítica considerable en la investigación por encuesta, como la raza, la etnicidad o la sexualidad (i.e., Powell y Bolzendahl, 2010; Snipp, 2003), y que se han publicado numerosos artículos con nuevas formas de medir otras distinciones clave de la población desde la estructura por edades (Settersten y Mayer, 1997) hasta las familias y los hogares (Randall, Coast y Leone, 2011).

Algunas autorías defienden que la investigación por encuesta puede ser «rehabilitada» ya que no es inherentemente contraria a los objetivos feministas (i.e., Oakley, 1998). Desde esta perspectiva, es necesario prestar una atención cuidadosa a los métodos de encuesta dado que la investigación resultante es fundamental para ampliar nuestra comprensión del sistema de género, contribuir a la reducción de las desigualdades de género y favorecer los debates sobre políticas públicas (i.e., Williams, 2006). Sin embargo, las feministas que han trabajado por mejorar las encuestas se han centrado hasta ahora en cuestiones como la definición patriarcal de «cabeza de familia»[5] (Oakley y Oakley, 1979) o cómo incorporar la perspectiva interseccional en la investigación por encuesta (Harnois, 2013), más que en la medición del sexo y del género en sí misma[6].

El impulso reciente por renovar las formas de medir el sexo y el género proviene, en gran medida, de activistas y académicas externas a las ciencias sociales, incluyendo a juristas y personas del ámbito de la salud pública. Todavía no existe un consenso claro sobre las mejores prácticas para la recogida de datos (aunque véase, GenIUSS Group, 2014), con recomendaciones que van desde añadir opciones de respuesta como intersexo, trans, genderqueer o respuestas abiertas hasta formular preguntas separadas sobre el sexo asignado al nacer, la identidad de género actual, y/o la expresión de género (Cruz, 2014; Harrison, Grant y Herman, 2011; Schilt y Bratter, 2015). La mayor parte de estos trabajos cuestiona el hecho de que las personas que no se ajustan a las normas actuales de sexo y/o género no puedan seleccionar una opción de respuesta que refleje sus identidades y experiencias vividas. Sin embargo, no llegan a plantear una crítica más amplia sobre la forma en que se conceptualizan el sexo y el género en las encuestas. Además, este tipo de investigaciones también tiende a centrarse en captar la diversidad dentro de la categoría de «personas trans», pero deja sin cuestionar las categorías tradicionales de «hombre» y «mujer».

Coincidimos con estas investigaciones en que formular preguntas separadas sobre sexo y género y ofrecer más de dos opciones de respuesta son pasos importantes para alinear mejor la práctica de la investigación por encuesta con la teoría de género y la experiencia vivida (véase, Saperstein, Westbrook y Magliozzi, 2015). Sin embargo, también consideramos necesario un análisis sistemático de cómo las principales encuestas sociales conceptualizan el sexo y el género para poder determinar si los métodos de investigación por encuesta solo requieren una pequeña reformulación o si es necesario un replanteamiento mucho más profundo de las prácticas de medición.

2. Métodos

Nuestros datos provienen de un estudio más amplio sobre los materiales relativos a la medición del sexo, el género, la raza, la etnicidad y la sexualidad en cuatro de las encuestas sociales más amplias, longevas e influyentes con muestras de ámbito nacional en Estados Unidos: el American National Election Study (ANES), el Panel Study of Income Dynamics (PSID), la General Social Survey (GSS) y la National Longitudinal Survey of Youth de 1979 (NLSY)[7]. El análisis de encuestas consolidadas y reconocidas es importante porque, además de la amplia difusión de sus resultados, sirven de modelo para encuestas más recientes y se utilizan con frecuencia en la formación de estudiantes en métodos estadísticos. Como publicita el National Opinion Research Center en su página web: «más de 22.000 artículos académicos, libros y tesis doctorales están basados en la GSS; y alrededor de 400.000 estudiantes utilizan la GSS en sus clases cada año»[8].

Hemos recopilado todos los cuestionarios, libros de códigos, instrucciones para personas entrevistadoras y manuales de uso elaborados para cada encuesta, disponibles en línea para cada ronda de entrevistas desde sus inicios hasta 2011, lo que representa un total de 132 años de encuesta. La documentación de cada encuesta por año oscilaba entre 37 y más de 3.000 páginas, superando la mayoría más de 200 páginas. Estos materiales reúnen toda la información a la que tendría acceso una persona investigadora al utilizar esos datos en sus análisis secundarios. Por tanto, nuestra investigación considera tanto lo que las personas investigadoras pueden conocer sobre cómo las principales encuestas sociales de Estados Unidos conceptualizan y miden las categorías de diferencia, así como aquello que no pueden conocer porque la información no fue registrada por escrito o no se hizo pública. Véase la Tabla 1 para más detalles sobre cada encuesta.

Este estudio combina técnicas de análisis textual y del discurso con métodos tradicionales de análisis de contenido (Mills, 1997; Neuendorf, 2002; Titscher et al., 2000). Para explorar la operacionalización del sexo y el género, se examinó cada documento en busca de fragmentos y preguntas relevantes. También se realizaron búsquedas de 30 palabras clave en cada documento, incluyendo: sexo, género, mujer, mujeres, masculino, femenino, niño, niña, hijo, hija, intersex, transgénero, transexual y pronombres con marcaje de género (ella, él, la, lo, etc.), para ofrecer una idea de la frecuencia de estos términos en cada ronda de las encuestas, se contabilizó su aparición junto con la de otros 16 términos neutros en cuanto al género (como cónyuge, pareja, progenitor/a, e hijo/a). La Tabla 1 muestra el número promedio de cada tipo de término por página. Nuestros recuentos demuestran que las cuatro encuestas están repletas de lenguaje generizado, aunque algunas (como PSID) están más marcadamente generizadas que otras (como GSS). Esta variación cuantitativa podría sugerir que las cuatro encuestas difieren en su concepción del sexo y el género, pero nuestro análisis cualitativo encuentra pocas diferencias en las prácticas de medición a lo largo del tiempo y entre encuestas. Aunque la frecuencia del uso de terminología de género varía según la encuesta, la forma en que se utiliza no lo hace.

Tabla 1

Características de las encuestas estudiadas

 

American National Election Study (ANES)

Panel Study of Income Dynamics (PSID)

General Social Survey (GSS)

National Longitudinal Survey of Youth (NLSY)

Años

1948-Presente

1968-Presente

1972-Presente

1979-Presente

Diseño de la investigación

Entrevistas transversales, previas y posteriores a las elecciones; estudios de panel ocasionales de varios años.

Longitudinal

Estudios transversales de panel de tres olas posteriores a 2006

Longitudinal

Tamaño muestra

Aprox. 1.500 votantes en EE. UU.

Comenzó con 4.800 hogares

Aprox. 1.500 adultos que viven en hogares

Comenzó con 12.686 jóvenes de entre 14 y 22 años

Impacto de la investigación*

>6.300

3.760

>22.000

>6.000

Rondas de la encuesta

39

39

30

24

Páginas de documentación

35.470

17.539

8.689

8.462

Extractos de sexo/género

454

436

326

145

Términos de género por página (promedio)

0,93

4

0,85

1,26

Términos de género neutro por página (promedio)

0,9

1,41

0,6

2,81

* El impacto de la investigación se define como el número de libros, artículos en revistas científicas, capítulos de libros, tesis doctorales e informes que figuran en el sitio web de cada encuesta.

Se extrajeron textos para codificación cualitativa (de una o más páginas) cuando estaban relacionados con la medición del sexo y/o del género. Entendemos por «medición» cualquier momento en que las personas encuestadas (u otras) eran clasificadas en una categoría de sexo o género y contabilizadas. También recopilamos contenido que indicara el rango de categorías de sexo y género disponibles en cada ronda de la encuesta como cuando el cuestionario ofrecía ejemplos de pronombres posibles o incluía términos como «marido/esposa» y «hermano/hermana». Las creencias sobre comportamientos generizados también están presentes en los materiales de las encuestas (por ejemplo, sobre qué trabajos deberían desempeñar los hombres o las mujeres, o quién debería encargarse de las tareas del hogar). Sin embargo, no analizamos aquellos aspectos que reflejan creencias de género sin incidir directamente en la medición del sexo o el género, ya que han sido documentados en otros estudios (i.e., Brewster y Padavic, 2000). Nos centramos, en cambio, en lo que a menudo se da por hecho, incluso en investigaciones de este tipo, esto es, el paso implícito pero fundamental de todo análisis de género: ¿Cuáles son las categorías disponibles y cómo deciden las encuestas quién pertenece a cada una?

Para identificar las tendencias en la forma en que cada encuesta conceptualizaba el sexo y el género, extrajimos un ejemplo de cada tipo de generización presente en un determinado año de cada encuesta. Por ejemplo, en 1993, la NLSY incluía más de 300 preguntas sobre «el/la esposo/a» de la persona encuestada, pero extrajimos solo el primer ejemplo para codificarlo, ya que el número de categorías y los criterios de pertenencia eran los mismos en todas las preguntas. Si, en ese mismo año, la encuesta incluía otra conceptualización distinta —por ejemplo, mencionando a «esposo/a o pareja»—, también recogimos ese ejemplo para reflejar el rango de conceptualizaciones presentes en una misma encuesta. Siguiendo los parámetros descritos, recopilamos y analizamos 1.361 extractos —una media de unas 10 formas distintas de generización por encuesta—.

La generización adopta formas diversas en estas encuestas. Aproximadamente una quinta parte de los extractos se refiere a la determinación directa del sexo o el género de la persona encuestada. Las cuatro quintas partes restantes consisten en categorizaciones de género más sutiles[9]. Estas incluyen, por ejemplo, el uso de pronombres con marcaje de género o de respuestas generizadas en preguntas sobre con quién vivía la persona encuestada durante su infancia (por ejemplo, tía o tío).

Cada pregunta, descripción de variable o fragmento de texto (a los que nos referiremos en este artículo como «extracto») fue codificada utilizando Atlas.ti, un programa de análisis cualitativo ideal para manejar proyectos con un gran volumen de documentos primarios. Los códigos se desarrollaron inductivamente a partir de los patrones emergentes de los datos. En total, generamos 217 códigos agrupados en 25 preguntas, entre las cuales se incluyen: si se usaban explícitamente los términos «sexo» o «género»; quién determinaba el sexo o el género de la persona en cuestión (es decir, si era la persona encuestada, la entrevistadora, etc.); cuántas categorías se ofrecían (por ejemplo, solo hombre y mujer, o si había otras opciones); y las instrucciones (si es que las había) sobre cómo realizar la categorización.

Nuestros datos presentan ciertas limitaciones en el sentido de que no podemos conocer directamente las motivaciones de quienes diseñaron las encuestas salvo que se ofrecieran explicaciones en los materiales disponibles. No obstante, resulta igualmente —si no más— importante considerar las consecuencias de esas decisiones de diseño en relación con la capacidad de las encuestas para reflejar las experiencias de género actuales y las teorías contemporáneas sobre el género. Nuestro análisis de las decisiones metodológicas tomadas por cuatro de las principales encuestas sociales de Estados Unidos en cuanto a qué aspectos del sexo y el género medir, cómo hacerlo y qué formas reconocer de vivencia generizada pone de relieve un conjunto más amplio de cuestiones que deberían ser consideradas por quienes buscan mejorar las encuestas sociales.

3. Medir el sexo y el género en las encuestas sociales

Las encuestas que analizamos operacionalizan el sexo y el género como categorías binarias, compuestas únicamente por varones y mujeres, y las presentan como dados por supuesto en lugar de sistemas de clasificación socialmente construidos. Las opciones de respuesta para la determinación directa del sexo o género de la persona encuestada son siempre «hombre» y «mujer». Nunca se ofrecen opciones adicionales de sexo (como «intersex») ni de género (como «transgénero»). Aunque estos hallazgos no resultan especialmente sorprendentes, contrastan con otras preguntas demográficas habituales. Características como la raza o la afiliación política ya no se tratan como distinciones binarias y las respuestas posibles suelen incluir la categoría «otra» para reconocer la dificultad de elaborar una lista exhaustiva y predeterminada de opciones de respuesta (Krosnick y Presser, 2010). Al ofrecer siempre las mismas dos opciones, las encuestas dan a entender que las categorías «hombre» y «mujer» abarcan todas las formas posibles de ser.

El número limitado de opciones de respuesta debería preocupar a quienes buscan mejorar las encuestas porque, además, encontramos otras formas en que estas encuestas reflejan concepciones que no se corresponden con la teoría de género contemporánea ni con las experiencias vividas. Las cuatro encuestas analizadas confunden el sexo con el género, no distinguen entre el género autoidentificado y el determinado por otras personas, tratan el sexo y el género como evidentes, y no permiten que la identidad de género pueda cambiar a lo largo del tiempo. Estas concepciones esencialistas no se limitan a las preguntas directas sobre la persona encuestada, sino que están presentes en toda la documentación. La categorización binaria es tanto ubicua como sutil, lo que subraya la necesidad de examinar cuidadosamente las encuestas en su conjunto como un paso fundamental en el camino hacia su transformación.

3.1. Confusión entre sexo y género

A diferencia de las teorías de género que tratan el sexo y el género como conceptos analíticamente distintos, las encuestas que analizamos tienden a tratarlos como sinónimos. Incluso cuando afirman que están midiendo el género, en realidad están midiendo el sexo o alguna combinación implícita de ambos. Las preguntas que hacen referencia al género de la persona encuestada siempre utilizan los términos de sexo «hombre» y «mujer» como opciones de respuesta (véase la Figura 1) en lugar de utilizar términos de género como «varón», «mujer», «masculino», «femenino», «cisgénero», y «transgénero». Las encuestas también confunden ambos conceptos cuando emplean la palabra «sexo» en el enunciado de la pregunta, pero utilizan «género» para nombrar la variable, o viceversa, o incluso cuando los usan indistintamente en un mismo párrafo. El extracto de la Figura 1 es común: la variable se denomina «SEXO», pero se indica a la persona entrevistadora que «SELECCIONE EL GÉNERO DE LA PERSONA ENCUESTADA». A lo largo del artículo utilizamos el término «sexo/género» para referirnos a esta operacionalización imprecisa de los conceptos en las encuestas.

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Fuente: GSS, 2008, papeleta 1, p. 23.

Figura 1

Confusión entre sexo y género

Otra evidencia de esta confusión conceptual es la ausencia de preguntas que recojan por separado los conceptos de sexo y género; las encuestas que examinamos solo preguntan por uno u otro, sin reconocer la posible diferencia entre ambos. Este es un problema porque impide a las personas investigadoras discernir cuál de los dos conceptos está siendo realmente recogido por la variable. Por ejemplo, aunque gran parte de la investigación en salud se ha centrado en las diferencias biológicas (sexo), las expectativas sociales sobre el comportamiento (género) también median en la salud, y no distinguir entre ambos implica perder oportunidades para comprender las desigualdades en este campo (Bird y Rieker, 2008). Determinar si el sexo y el género tienen efectos similares o distintos sobre un determinado fenómeno es una cuestión empírica relevante, pero esta pregunta no puede responderse con una única medida de sexo/género.

Fomentar la práctica de distinguir entre sexo y género (reconociendo ambos como construcciones sociales) es un paso importante para captar la diversidad poblacional y facilitar el uso de los datos de encuesta en el estudio del sexo y el género como sistemas sociales. Una de las formas de hacerlo es formular preguntas separadas sobre el sexo y el género de la persona encuestada, una práctica que se ha vuelto común en aquellas encuestas que buscan identificar a personas trans (GenIUSS Group, 2014)[10]. Dependiendo del propósito de la encuesta, esto podría incluir preguntas sobre el sexo asignado al nacer, la identidad de género actual y/o valoraciones sobre cómo se perciben las personas encuestadas en escalas de masculinidad y feminidad.

3.2. Esencialización del sexo/género de la persona encuestada

Además de confundir el sexo con el género, estas encuestas tratan la fusión resultante de sexo/género como una característica natural o esencial de todas las personas. Destacamos tres prácticas esencialistas que suelen pasar desapercibidas en investigaciones previas: rara vez se permite a las personas encuestadas autoidentificarse, se asume que el sexo/género es «evidente», y apenas se reconoce que el sexo/género de una persona puede cambiar a lo largo del tiempo.

¿Quién determina el género? Desde los estudios de género se subraya la diferencia entre la autoidentificación de género y las determinaciones que otras personas hacen sobre el género de alguien. «Determinar el género» es el reverso de «hacer el género». Todas las personas «hacemos género» para ser leídas como miembros de una categoría de género, y otras personas «determinan» nuestro género ubicándonos en la categoría que consideran más adecuada (Westbrook y Schilt, 2014). Ahora bien, el género autoidentificado y el determinado por otras personas no siempre coinciden. Por ejemplo, tanto las mujeres trans como las mujeres cis con expresión de género masculina se identifican como mujeres, pero pueden ser percibidas como hombres por otras personas en espacios como los baños públicos (Cavanagh, 2010). Idealmente, para alinearse con la teoría de género contemporánea, la investigación debería distinguir entre estos dos métodos de categorización, midiendo tanto el género con el que la persona se identifica como la forma en que otras personas la perciben. Las encuestas que analizamos no lo hacen.

La persona entrevistadora determina el sexo/género de la persona encuestada sin preguntarlo en casi todas las encuestas analizadas. Este recuento incluye casos en los que se indica explícitamente que la persona entrevistadora debe codificar el sexo/género «por observación»; cuando realiza la clasificación al finalizar la entrevista en una sección especial titulada «comentarios de la persona entrevistadora» o «complemento de la persona entrevistadora» (véase la Figura 2); y también cuando se arrastra en años sucesivos la clasificación del sexo/género de la ronda anterior habiendo sido recogida igualmente mediante observación. Solo en el ANES de 2008-2009 se permitió que todas las personas encuestadas se autoidentificaran en respuesta a una pregunta directa de categorización por sexo/género (véase la Figura 3). Sin embargo, esto no parece haber supuesto un cambio de práctica a largo plazo[11]. De hecho, todo indica que esta modificación en la medición fue consecuencia de un cambio en el modo de administración de la encuesta. El ANES utiliza habitualmente entrevistas presenciales y otras por teléfono, pero la encuesta 2008-2009 se realizó en modalidad online. En una encuesta autoadministrada por internet no se puede registrar la clasificación realizada por la persona entrevistadora —un hecho que tiene importantes implicaciones para la investigación sobre sexo y género dado que otras encuestas están adoptando modalidades en línea en lugar de entrevistas telefónicas o presenciales—.

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Fuente: ANES, 1966, cuestionario post-electoral, p. 42.

Figura 2

Determinación de las características de la persona encuestada por parte de la persona entrevistadora

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Fuente: ANES, 2008-2009, cuestionario (Ola 1), p. 53.

Figura 3

Sexo/género autoidentificado en una encuesta en línea

La dependencia actual de la determinación del sexo/género por parte de la persona entrevistadora plantea otras cuestiones relevantes para quienes buscan transformar las encuestas, y deja claro que añadir más opciones de respuesta a las preguntas sobre sexo/género no basta para abordar las limitaciones de las prácticas actuales. Cuando es la persona entrevistadora quien registra su percepción sin preguntar, las personas encuestadas probablemente no saben que están siendo clasificadas, por lo que no pueden cuestionar la categorización ni rechazar participar en el proceso de clasificación de sexo/género. Además, si lo único que se hace es incorporar nuevas opciones de respuesta, lo que se registrará será la percepción de la persona entrevistadora sobre si la persona encuestada es intersex o trans, y no su autoidentificación.

Sexo/género como algo evidente. Registrar el sexo/género de las personas encuestadas únicamente a partir de la observación por parte de la persona entrevistadora implica que esta se trata como una característica evidente. Se espera que la persona entrevistadora pueda observar a quien responde —o escuchar su voz por teléfono— y clasificarla fácilmente como hombre o mujer. Otra muestra de esta concepción esencialista del sexo/género es la ausencia generalizada de instrucciones sobre cómo decidir si una persona es hombre o mujer. El sexo/género se presenta como algo evidente para todo el mundo: para la persona entrevistadora a quien rara vez se le proporcionan criterios para etiquetar a la persona encuestada; para la persona encuestada que no recibe instrucciones sobre cómo determinar el género de otras personas; y para la persona investigadora que casi nunca es informada sobre cómo se ha operacionalizado el sexo/género. Como consecuencia de estas omisiones, las personas investigadoras interesadas en analizar los efectos del sexo o del género sobre otros procesos no tienen forma de saber qué criterios se utilizaron para realizar la clasificación (por ejemplo, características sexuales secundarias, comportamiento generizado, timbre de voz, vestimenta, etc.).

Texto

El contenido generado por IA puede ser incorrecto. 

Fuente: NLSY, 1978, instrucciones para la persona entrevistadora, análisis de Hogares, p. 93.

Figura 4

Instrucciones para determinar el sexo[12]

En la mayoría de las preguntas directas sobre sexo/género se indica simplemente a la persona entrevistadora que registre esta información «por observación». En casos excepcionales, se añade la instrucción de «preguntar si no es evidente». Las instrucciones más detalladas se encuentran en el manual de campo de la entrevista de cribado del NLSY de 1979 (véase la Figura 4). Ahora bien, incluso este fragmento relativamente completo apenas nos dice nada más que los criterios que no deben utilizarse (como el nombre de la persona) sin proporcionar ninguna orientación sobre los elementos concretos que sí deberían guiar la determinación del sexo/género. Este pasaje explicita la concepción de sexo/género que hemos encontrado de forma consistente en estas encuestas: si una persona está presente, su sexo/género «debería ser evidente». Esta idea concibe el sexo/género como algo visible y fácilmente identificable, y hace que la categorización por sexo/género parezca sencilla, estática y natural, en lugar de compleja, variable y socialmente construida.

De todos los documentos que analizamos, solo en 14 de las 132 encuestas se instruyó a las personas entrevistadoras a preguntar por el sexo/género de una persona si este «no era evidente». La mayoría de estos casos estaban relacionados con la determinación del género de alguien que no estaba presente en el momento de la entrevista. La idea de que el sexo/género no es necesariamente evidente aparece por primera vez en la GSS (1975), seguida de la NLSY (1979) y el ANES (2000), pero no se presenta de forma regular ni sigue un patrón claro. Aunque es poco frecuente, la inclusión de la posibilidad de que la categorización por sexo/género pueda no ser evidente resulta significativa ya que refleja cierta sintonía con la teoría de género contemporánea.

El ANES es la única encuesta que incluye una instrucción del tipo «preguntar si no es evidente» con una instrucción directa sobre el sexo/género de la persona encuestada, aunque lo hizo solo en dos ocasiones (la ronda de 2002 y 2008). En la versión de 2008 se realizó un seguimiento de validación realizado por teléfono que merece ser examinado en detalle (véase la Figura 5). En ese extracto, el ANES da a entender que el sexo/género suele ser evidente, incluso por teléfono. Al mismo tiempo se instruyó a las personas entrevistadoras para que dijeran a las personas encuestadas que estaban «obligadas a escoger» una categoría de sexo, a pesar de que solo lo hacían en caso de no estar seguras sobre el sexo/género de la persona. No podemos afirmar con certeza cuál fue la motivación específica detrás de esta formulación, pero parece derivarse de la percepción de que preguntar por el sexo/género es «incómodo» (por ejemplo, Guía de uso del ANES 2008-2009, apéndice C, p. 239). La idea de que preguntar por el sexo/género de una persona es «incómodo» probablemente parte de la creencia de que el sexo/género de todo el mundo debería ser evidente, y de la percepción de que, si no lo es, hay «algo raro» en esa persona[13].

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Fuente: ANES, 2008-2009, guía de uso (apéndice E), p. 266.

Figura 5

Pregunta poco frecuente del tipo «preguntar si no es evidente»[14]

Cabe destacar que la Figura 5 presenta el único ejemplo en todo nuestro corpus de datos en el que las opciones de respuesta de la encuesta indican explícitamente si la información sobre el sexo/género proviene de la observación de la persona entrevistadora o de la autoidentificación. Al no distinguir normalmente entre estas dos formas de medición del género, las encuestas las tratan como equivalentes. En cambio, medirlas por separado permitiría a las personas investigadoras explorar la relación entre el género autoidentificado y el determinado por otras personas, una estrategia analítica que ha resultado fructífera en el estudio de las desigualdades raciales (Saperstein, 2012).

Sexo/género como algo estático a lo largo del curso de vida. Como señaló Garfinkel (1967), antes de que las entonces llamadas «operaciones de cambio de sexo» comenzaran a realizarse en los años cincuenta, la sociedad estadounidense concebía el mundo como compuesto exclusivamente por personas cuya categoría de sexo actual coincidía con la que se les había asignado al nacer (véase la Figura 6). Desde entonces, se ha empezado a reconocer la posibilidad —y la legitimidad— de cambiar de sexo y/o de género (Meyerowitz, 2002; Schilt y Westbrook, 2009).

A pesar de este cambio cultural, las encuestas que examinamos siguen reproduciendo la tabla binaria de dos por dos que Garfinkel desbancó hace más de medio siglo. No solo no se contempla la posibilidad de ser una persona trans en los momentos de categorización de género, sino que los términos «transgénero» o «transexual» no aparecen en ninguna parte de su documentación. Además, tres de las cuatro encuestas analizadas indican explícitamente en sus materiales que cualquier cambio en la categorización por sexo/género de una entrevista a otra se considera un error. El manual de uso de la NLSY afirma que las categorizaciones por sexo/género de las personas encuestadas «están sujetas a un pequeño margen de error derivado de una observación incorrecta por parte de la persona entrevistadora y/o de errores de codificación o en la introducción de datos. Por lo tanto, al utilizar esta serie de variables, puede parecer que un pequeño número de personas encuestadas ‘cambia’ de sexo entre una encuesta y otra» (NLSY 2000, p. 153). De manera similar, el manual del ANES 2008-2009 señala que «se ha comprobado que los datos sobre sexo, edad, país de nacimiento y otras características ‘invariantes’ presentan inconsistencias tras mediciones repetidas» (ANES 2010, p. 88). Así, para el ANES, el sexo/género de una persona debería ser tan fijo como su año o país de nacimiento. Para evitar estos «errores», las encuestas de panel a menudo exigen a las personas entrevistadoras que verifiquen que el sexo/género registrado para cada miembro del hogar de la persona encuestada sea el mismo en el segundo momento de recogida de datos que en el primero. Cuando se encuentra una discrepancia, los datos antiguos suelen considerarse erróneos, mientras que la nueva declaración de sexo/género se trata como la «verdadera». Esto demuestra aún más que el sexo/género se trata como algo evidente. En lugar de reconocer que distintas personas entrevistadoras podrían clasificar de manera diferente a una misma persona, o que pueden producirse cambios en el género de una persona, se asume que los códigos inconsistentes son el resultado de un error en el primer momento de recogida de los datos.

Tabla

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Fuente: Garfinkel (1967), p. 117.

Figura 6

Comprensión estática del sexo

Los estudios de panel también tratan el sexo/género como algo estático a lo largo de la vida al simplemente arrastrar las categorizaciones de sexo/género de años anteriores, como hacen tres de las cuatro encuestas observadas. El PSID dejó de registrar el sexo/género de las personas encuestadas en 1989, la NLSY dejó de hacerlo anualmente en 1998, y el ANES a veces mantiene la categorización de sexo/género en sus estudios de panel y otras veces no. Para justificar la implementación de una variable «resumen», el PSID señaló que «solo se había encontrado un caso legítimo de cambio de sexo a lo largo de toda la historia del estudio» (manual del PSID de 1992, p. 419).

Así, el mundo construido por estas encuestas es cisnormativo (Bauer et al., 2009), lo que significa que se parte de la suposición de que todas las personas son cisgénero (es decir, que no cambian de sexo/género a lo largo del tiempo). Esta práctica no solo contradice las teorías actuales sobre género, sino que tampoco refleja las experiencias vividas. En Estados Unidos existen personas trans de todo tipo, pero no existen en la imagen de la sociedad que dibujan estas encuestas y, por tanto, no pueden existir en los análisis ni en las investigaciones publicadas que utilizan estos datos. Cuando todos los cambios a lo largo del tiempo se consideran errores que deben ser «corregidos», las experiencias trans son, literalmente, borradas por las encuestas.

Una de las explicaciones sobre por qué los cambios en el sexo/género no se registran explícitamente en estas encuestas es que, si tales cambios son muy poco frecuentes, incluir esa información podría comprometer el anonimato de las personas encuestadas. Sin embargo, tratar todos los cambios en la categorización como errores de codificación que deben corregirse y no reconocer desde un principio la diversidad sexo-genérica —por ejemplo, no ofreciendo opciones de respuesta intersex o trans ni formulando preguntas separadas sobre el sexo asignado al nacer y la identidad de género actual— conduce también a que las grandes encuestas sociales sigan concluyendo que la diversidad sexo-genérica es rara o inexistente.

Una objeción relacionada respecto a la inclusión de preguntas que permitirían identificar a personas con expresiones de sexo/género no normativas es que, dado el tamaño muestral de la mayoría de encuestas, el número de personas identificadas sería demasiado reducido como para permitir análisis multivariados (GenIUSS Group, 2014). Sin embargo, si no se incluyen esas preguntas en las encuestas nacionales, es difícil siquiera estimar el tamaño de esa población (Gates, 2011). Además, con una estimación nacional es posible aplicar una sobreestimación intencional de estas poblaciones pequeñas en futuros estudios y, en encuestas transversales con recogida de datos repetida (como el ANES o la GSS), los datos pueden agregarse a lo largo de los años para facilitar su análisis. Las encuestas también incluyen habitualmente categorías para las que el número de casos es demasiado reducido para la mayoría de los análisis estadísticos, como ocurre con las personas indígenas americanas y nativas hawaianas, o con personas budistas o musulmanas, cuando se considera importante garantizar su representación. Dado que los sistemas estadísticos de clasificación suelen convertirse en representaciones asumidas del mundo social (Urla, 1993), excluir las posibilidades intersex y trans tiene consecuencias que van mucho más allá de la práctica de una sola encuesta.

3.3. El mundo hiper-generizado de las encuestas sociales

Los momentos de generización en las encuestas no se limitan a las categorizaciones directas del sexo/género de la persona encuestada. Estas categorizaciones directas
—cuando se determina el sexo/género de la persona que responde— representan solo el 22% de los 1.361 momentos de generización que analizamos[15]. El 78% restante corresponde a una gran variedad de otras formas de categorización por sexo/género, que incluyen la generización de las personas que residen en el hogar o de componentes de la familia, parejas sexuales, las propias personas entrevistadoras y personas hipotéticas en viñetas o ejemplos. Algunas de estas situaciones se formulan como preguntas directas sobre el sexo/género de otra persona (por ejemplo: «¿Qué sexo tiene [nombre de la persona del hogar]?»). Sin embargo, la mayoría de las determinaciones de sexo/género no se hacen a través de categorizaciones directas, ni se presentan explícitamente con los términos «sexo» o «género». En lugar de ello, la generización en estas encuestas suele producirse de formas más sutiles.

Tabla

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Fuente: PSID, 2011, cuestionario, p. 182.

Figura 7

Términos relacionales con marcaje de género[16]

Texto

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Fuente: PSID, 1970, diseño del estudio, procedimientos, datos disponibles, p. 245.

Figura 8

Combinación de términos generizados y términos neutros en cuanto al género[17]

Generización a través de términos relacionales. Las encuestas suelen recoger información sobre otras personas vinculadas con la persona encuestada, y estas suelen ser designadas mediante términos con marcaje de género. Por ejemplo, en lugar de preguntar cuántes nietes[18] tiene una persona, las encuestas suelen preguntar por el número de nietos y de nietas. Esto ocurre con todas las relaciones familiares para las cuales existe un término generizado en inglés, como se ilustra con todo detalle en el PSID de 2011 (véase la Figura 7). El uso de términos relacionales con marcaje de género funciona como una herramienta para registrar el sexo/género de una persona sin tener que preguntarlo directamente (lo cual, como se señaló anteriormente, puede percibirse como incómodo o poco adecuado). Sin embargo, las encuestas utilizan a menudo estos términos incluso cuando los datos no se pueden desagregar por sexo/género (véase la Figura 8). Por ejemplo, el libro de códigos del PSID podría haber utilizado sibling para la categoría 4 y parent para la categoría 5, pero en su lugar empleó pares de términos generizados para cada caso. Es fácil pasar por alto la generización que se produce aquí en comparación con una pregunta explícita sobre sexo/género, y estos momentos rara vez —si es que alguna vez— son objeto de crítica por parte de quienes buscan mejorar las encuestas. Y, sin embargo, estos momentos ocultos se basan en la misma concepción de sexo/género que los ítems más explícitos: una visión binaria, determinada por alguien distinto a la persona generizada, considerada evidente, y que no puede cambiar con el tiempo.

Esto no significa que nunca se incluyan opciones más allá del binarismo. Algunos términos neutros respecto al género, referidos a personas familiares u otras relaciones, aparecen con cierta frecuencia, pero suelen incluirse en listas junto con pares de términos generizados. Por ejemplo, en la Figura 8 se hace referencia a «hermanos» y «progenitores» mediante términos con género marcado, mientras que la categoría de children (hijes) se presenta de forma neutra (es decir, no se llama «hijo o hija» —son o daughter—). No está claro por qué las encuestas combinan términos con y sin género marcado, ya que no siguen un patrón aparente. La generización de las etiquetas de las categorías es innecesaria si los datos subyacentes no se diferencian por sexo/género, ya que no aporta información útil sobre la relación entre el género y otras dimensiones de la vida. Además, con la excepción del término «pareja» (partner) (que se analiza más adelante), nunca se añaden términos neutros a los pares generizados (por ejemplo, no se ofrece nunca una opción de respuesta del tipo «hermano, hermana, persona hermana» ni «hijo, hija, hije»). En su lugar, las opciones neutras suelen presentarse de forma aislada y se entiende que funcionan como términos paraguas para agrupar a los pares generizados.

Generización a través de los pronombres. La concepción del género como una categoría binaria también se presenta de forma difusa a lo largo de las encuestas mediante el uso de pronombres con marcaje de género. A menudo, se espera que las personas entrevistadoras (y, cada vez más, los sistemas automatizados) asignen un pronombre en función de la información disponible sobre una determinada persona. Por ejemplo, en la GSS de 2008, realizada con asistencia informática, se insertaban pronombres masculinos o femeninos en función de la categoría registrada en la variable «SEXO» de la persona encuestada (véase la Figura 9)[19]. Incluso cuando las encuestas tratan temas no relacionados con el género ni con la composición del hogar, las personas encuestadas y otras figuras mencionadas en el cuestionario son constantemente generizadas mediante estos pronombres binarios. Aunque esta práctica probablemente tenga como finalidad facilitar la comprensión de los referentes por parte de las personas entrevistadoras y encuestadas, limita las respuestas posibles y refuerza las categorías tradicionales. La generización mediante pronombres reproduce la idea de que el sexo/género es binario y que el mundo está compuesto únicamente por «él» (he) y «ella» (she).

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Fuente: GSS, 2008, papeleta 1, p. 24.

Figura 9

Asignación de pronombres con marcaje de género

La frecuencia del uso de pronombres generizados varía entre encuestas, pero todas están salpicadas de ellos ya que, siguiendo las reglas gramaticales del inglés, toda persona real o hipotética mencionada en tercera persona por parte de la persona entrevistadora necesita un referente. El ANES, que es la encuesta de mayor duración, utilizó pronombres con marcaje de género más de 22.000 veces en los documentos que analizamos —una media de más de 560 veces en cada encuesta—. Esta generización ocurre de forma ubicua pero sutil, ya que la mayoría de personas entrevistadoras, encuestadas y analistas están tan habituadas a oír y usar pronombres y términos relacionales con género que es poco probable que perciban esta constante reproducción de la norma. Así, en conjunto, estas encuestas nacionales reflejan y producen un mundo hiper-generizado: tanto de forma explícita como implícita, la generización binaria y esencialista está presente en todas partes.

3.4. Cambio a lo largo del tiempo

La formulación actual de muchas preguntas refleja concepciones del momento en que se inició la encuesta ya que estas tienden a reutilizar preguntas para mantener la comparabilidad entre años, salvo que exista una presión externa que motive el cambio. A lo largo de las últimas décadas, se han producido transformaciones en la medición por encuesta de la raza y la etnicidad, la sexualidad y la estructura familiar, generalmente como respuesta a cuestionamientos públicos (DaCosta, 2007; Powell, Bolzendahl, Geist y Steelman, 2010; Presser, 1998). Sin embargo, ha habido muchos menos cambios en las encuestas en lo que respecta a la medición del sexo y del género, quizá porque los esfuerzos organizados en este ámbito están empezando a tomar forma ahora. La mayoría de los cambios que encontramos fueron variaciones en la terminología, y muchos de ellos fueron superficiales, en el sentido de que no se aplicaron de forma coherente ni modificaron realmente las prácticas de medición. Aun así, es importante destacarlos, tanto para reconocer los pasos que sí se han dado como para señalar posibles caminos hacia mejoras futuras.

Un cambio prometedor fue la introducción del término «género» que indica cierta atención a la teoría de género contemporánea. Esta palabra apareció por primera vez en el ANES de 1978 y fue incorporada posteriormente en el PSID (1982), el NLSY (1993) y la GSS (1996)[20]. Sin embargo, el término «género» aparece de forma esporádica incluso en las encuestas más recientes y casi siempre se confunde o se usa indistintamente con «sexo». Un paso importante hacia la transformación de las encuestas sería incorporar de forma coherente el concepto de género y alinear su operacionalización con los marcos actuales de la teoría de género.

Otro ámbito de mejora es el uso de términos neutros respecto al sexo/género, que tienen el potencial de cuestionar las distinciones binarias normativas. El término spouse (esposo/a o cónyuge) apareció muy pronto en la historia de estas encuestas (ANES, 1952), y partner (pareja) fue incorporado en las cuatro encuestas durante la década de 1970. Esta formulación es típica: «Durante 1978, ¿recibió su «marido/esposa/pareja» alguna prestación por desempleo?» (NLSY 1979, p. 155). El cambio terminológico más notable en este ámbito se produjo en el NLSY: en 1993, los términos «marido» y «esposa» aparecían 388 veces cada uno en los materiales de la encuesta; en 2010, aparecían solo tres y cinco veces respectivamente, habiendo sido sustituidos por 129 menciones a «pareja» y 261 a «cónyuge»[21]. Aunque esta sustitución puede haberse producido más por el aumento de la convivencia no matrimonial tras los años setenta (Smock, 2000) que por un compromiso explícito con la neutralidad sexo-genérica, el uso de términos como «pareja» o «cónyuge» —especialmente cuando se emplean en lugar de, y no junto a, «marido» o «esposa»— tiene el potencial de desestabilizar tanto los binarismos de sexo/género como la heteronormatividad que tradicionalmente ha reforzado el lenguaje de las encuestas.

Un tercer cambio lingüístico importante tiene que ver con el uso de pronombres con marcaje de género: se ha pasado de un predominio de pronombres masculinos a una distribución más equilibrada entre pronombres masculinos y femeninos, con algunos intentos ocasionales de incorporar alternativas neutras en cuanto al sexo/género. En el ANES de 1948, en 62 páginas de documentación, se registraron 63 pronombres masculinos y solo 3 femeninos, y estos últimos hacían referencia a países como Alemania o Rusia designados como her (ella) (véanse las preguntas preelectorales 7 y 32). Para 2006, el ANES presentaba una distribución más equilibrada, con 206 pronombres masculinos y 165 femeninos[22]. La GSS fue la única encuesta que mencionó explícitamente haber modificado su terminología generizada. En 1984, la GSS reformuló una pregunta sobre los rasgos «más deseables para una criatura» (child). La versión anterior invitaba a pensar exclusivamente en un niño (por ejemplo, «que él sea honesto»), mientras que la nueva ofrecía un lenguaje «neutral en cuanto al género» (GSS 2011, p. 3314). Sin embargo, incluso en esta versión revisada se mantuvieron comprensiones normativas del sexo/género: el ítem 9 seguía refiriéndose a la criatura hipotética en masculino, y el ítem 7 preguntaba sobre conformidad de género en términos binarios (véase la Figura 10).

Estos ejemplos dejan claro que las encuestas pueden cambiar y, de hecho, lo hacen. Sin embargo, los cambios observados hasta ahora parecen más bien esporádicos y puntuales en lugar de formar parte de intentos sistemáticos por alinear las encuestas con la teoría de género contemporánea y con las experiencias vividas. De hecho, algunos cambios han ampliado la distancia entre teoría y metodología, como cuando el PSID y el NLSY dejaron de registrar categorizaciones anuales de sexo/género y pasaron a tratar esta información como estática, arrastrándola desde la ronda anterior. A medida que las encuestas continúan evolucionando debería hacerse un esfuerzo sistemático por evaluar si la inclusión del sexo y del género —tanto en la medición directa como en la terminología— está justificada por objetivos de investigación concretos. No proponemos eliminar por completo las variables de sexo y género en las encuestas, ya que eso impediría estudiar su papel en la reproducción de desigualdades. Más bien, alentamos a reconocer la fluidez y la diversidad sexo-genérica tanto dentro como fuera de las categorías tradicionales. Los momentos ocasionales de neutralidad sexo-genérica que hemos observado demuestran lo sencillo que sería sustituir el lenguaje binario en estos textos cuando su uso no aporta conocimiento. El cambio —incluso en encuestas de gran escala y de larga duración— es posible.

Tabla

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Fuente: GSS, 1984, Cuestionario, p. 31.

Figura 10

Neutralidad parcial en cuanto al género[23]

4. Conclusión

Las personas dedicadas a los estudios de género no pueden seguir descartando la investigación por encuesta como muchas veces ha ocurrido en el pasado. Es una tarea pendiente, desde hace tiempo, realizar un examen exhaustivo de la forma en que se operacionalizan el sexo y el género en las encuestas sociales estadounidenses. Incluso los trabajos más recientes, centrados en mejorar la inclusión de personas trans, se limitan a cuestionar las preguntas directas sobre el sexo y el género de la persona encuestada. Estos esfuerzos señalan vías de mejora importantes como formular preguntas separadas sobre el sexo asignado al nacer y la identidad de género actual, ampliar las opciones de respuesta más allá de «hombre» y «mujer», y reconocer la diversidad en la expresión de género (GenIUSS Group, 2014). Sin embargo, nuestros hallazgos indican que, si bien estos cambios pueden ayudar a que las encuestas reflejen mejor la diversidad de las experiencias vividas, aportan poco para cerrar la brecha entre la teoría de género contemporánea y las prácticas actuales de medición. Para avanzar en este sentido, es necesario que las encuestas distingan de forma consistente entre los conceptos de sexo y género, incorporen el sexo y el género autoidentificados, proporcionen criterios claros o instrucciones sobre cómo determinar el sexo/género, reconozcan que el sexo y el género pueden cambiar a lo largo del curso de vida, y revisen críticamente la necesidad de emplear categorías binarias en todos los apartados de los cuestionarios.

Implementar estos cambios adicionales permitiría comprender mejor el sistema sexo/género y mejoraría la capacidad de la investigación para abordar las desigualdades sociales. Por ejemplo, registrar variaciones en el tiempo tanto en el sexo como en el género facilitaría el análisis de la prevalencia y los factores asociados a la fluidez sexo-genérica a lo largo de la vida. Evitamos proponer directrices más específicas para la transformación de las encuestas, en parte porque buscamos fomentar —más que restringir— la creatividad en el diseño de nuevos métodos de medición. Las nuevas formas de operacionalizar el sexo y el género también necesitan ser probadas rigurosamente antes de su adopción.

No esperamos que las medidas utilizadas en las encuestas sean perfectas, ni las sometemos a un estándar más exigente que el que aplicaríamos a otros métodos de investigación. Pero la influencia de los datos procedentes de encuestas sociales a gran escala es innegable, y la brecha entre nuestras teorías y nuestras metodologías es especialmente profunda en el caso del sexo y el género más que en muchos otros conceptos centrales de las ciencias sociales. Nunca sabremos qué hemos dejado de comprender —en términos de desigualdad y del propio sistema sexo/género— mientras no abordemos estos problemas persistentes.

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[1] Este artículo fue publicado originalmente en agosto de 2015 en la revista Gender & Society, vol. 29, n. 4, pp. 534-560, https://doi.org/10.1177/0891243215584758. Las autoras declaran que la investigación fue financiada por la American Sociological Association’s Fund for the Advancement of the Discipline, el Clayman Institute for Gender Research, el Institute for Research in the Social Sciences, y el Center for Scholarly and Creative Excellence y agradecen a Devon Magliozzi, Emma Joslyn, Sandra Nakagawa, Christine Noack, Josee Smith y Anita Varma su apoyo en el trabajo de investigación, así como a Joya Misra y a las personas evaluadoras anónimas por sus valiosos comentarios. Papeles de identidad. Contar la investigación de frontera y las editoras del número monográfico, Aina Faus y Arantxa Grau, agradecemos a las autoras del artículo y a la revista Gender & Society haber autorizado la traducción y publicación de este artículo.

[2] Nota de la traducción. El texto original en inglés hace un uso deliberado de términos genéricamente neutros —como child, parent, respondent o sibling— que en inglés permiten referirse a personas sin asumir ni imponer una identidad de género determinada. La traducción al castellano presenta aquí un desafío al no contar con equivalentes neutros de uso generalizado, tendiendo a responder a formas gramaticales binarias (por ejemplo, «niño/niña», «padre/madre», «hermano/hermana»). Esta diferencia estructural entre lenguas ha dificultado una traducción automática y ha requerido de decisiones para preservar tanto el significado como la intención crítica del texto original. Con el fin de respetar el sentido se han adoptado estrategias de traducción como emplear términos genéricos, colectivos o descriptivos («criatura», «persona», «persona encuestada», «pareja», etc.) que permitan evitar una asignación de género no justificada, o el uso del morfema «-e» como forma inclusiva (por ejemplo, «hije», «niete», «entrevistadore») cuando la neutralidad de género era relevante para el análisis o constituía un elemento central del argumento original. También a lo largo del texto se han incluido notas explicativas, en los casos necesarios, para justificar una elección terminológica que se aparta de la traducción literal, especialmente cuando el lenguaje del texto original refleja un posicionamiento teórico o político.

[3] Nota de la traducción. Con esta expresión las autorías se refieren a la teoría del Doing Gender propuesta, inicialmente, por Candance West y Don Zimmerman (1987), que conciben el género como «lo que hacemos y no lo que somos» y que explica que los sujetos somos los responsables de «hacer» el género. Desde esa perspectiva se hace una distinción entre el sexo, la categoría sexual —que representa cómo nos comportamos y se espera que nos comportemos (lenguaje corporal, vestimenta, etc.) en nuestras interacciones de conformidad con el sexo asignado— y el género. El sexo y la categoría sexual se muestran a través de nuestros cuerpos, pero no siempre coinciden, por eso «hacemos género».

[4] Las personas cisgénero se identifican con las mismas categorías de sexo y género que les fueron asignadas al nacer (Schilt y Westbrook, 2009).

[5] Nota de la traducción. En el texto original, el término household head (literalmente, «jefe del hogar») remite a una categoría habitual en los censos y encuestas sociales utilizada para identificar a la persona considerada principal dentro del hogar. Tradicionalmente, esta figura ha sido definida de forma patriarcal como el varón adulto proveedor de ingresos, reforzando una concepción jerárquica del hogar basada en la división sexual del trabajo. En esta traducción se ha optado por emplear la expresión «cabeza de familia», para subrayar el vínculo entre esta categoría y la idea del rol económico como criterio de autoridad y centralidad en la familia que evidencia el trasfondo ideológico del término original. En las encuestas españolas se emplea el término «principal sustentador del hogar».

[6] Existe un antiguo debate en psicología sobre cómo medir la «masculinidad» y la «feminidad» (Auster y Ohm, 2000; Constantinople, 1973), persistiendo una suposición de base sobre la categorización binaria del sexo ya que estos rasgos suelen considerarse característicos de personas que pueden distinguirse fácilmente como varones o mujeres (Spence, 2011).

[8] Recuperado de: http://www.norc.org/research/projects/pages/general-social-survey.aspx. Última consulta: 17/05/2014.

[9] Dada nuestra estrategia de selección de extractos es probable que estas cifras subestimen la generización oculta en estas encuestas ya que codificamos todas las categorizaciones directas del sexo o género de la persona encuestada, pero solo extrajimos ejemplos únicos de otras formas de generización (es decir, no extrajimos ni codificamos cada referencia a él/ella, hermano/hermana o marido/esposa).

[10] De forma sorprendente, incluso estas encuestas especializadas utilizan formulaciones que confunden el sexo con el género. Por ejemplo, el GenIUSS Group (2014) recomienda usar «hombre» y «mujer» como opciones de respuesta en preguntas sobre la «identidad de género actual».

[11] El ANES de 2010 fue un estudio de panel con recontacto que no volvió a medir el sexo/género de la persona encuestada. En 2012 (año que no formó parte de nuestro conjunto de datos original), el ANES volvió a emplear la determinación del sexo/género por parte de la persona entrevistadora «mediante observación»; aunque esta podía marcar «DK» (don’t know; no sabe) si no estaba segura. Si la persona entrevistadora no registraba una clasificación de sexo/género, posteriormente se preguntaba a la persona encuestada si era «hombre o mujer» durante la parte autoadministrada por ordenador de la encuesta.

[12] Traducción del texto de la figura 4: «Para esta pregunta, si el sexo de la persona es evidente, simplemente introduzca una «M» o una «F» en la columna 11 sin preguntar. En la mayoría de los casos, el sexo de la persona debería ser evidente ya sea porque la persona está presente o porque el sexo se puede inferir por la relación con la persona responsable del hogar. No infiera el sexo de una persona únicamente basándose en su nombre».

[13] Esta lógica se vuelve rápidamente circular: la pregunta parecerá «incómoda» mientras las encuestas eviten formularla y, cuando se formula, se acompaña de una disculpa por hacerlo.

[14] Traducción del texto de la Figura 5: (Entrevistador/a/e: solo pregunte si no puede deducirlo por el nombre y el tono de voz). Estoy obligade a preguntarlo: ¿es usted hombre o mujer? 1) Pregunta no formulada. Se puede decir que la persona encuestada es obviamente un hombre. 2) Pregunta no formulada. Se puede decir que la persona encuestada es obviamente una mujer. 3) La persona encuestada responde: hombre. 4) La persona encuestada responde: mujer.

[15] Esta cifra (299 de 1.361) es superior al número total de años de encuesta porque recopilamos tanto frecuencias de variables como cuestionarios, y en ocasiones una misma persona encuestada aparece generizada más de una vez dentro de una misma encuesta (por ejemplo, cuando se instruye a la persona entrevistadora a omitir una serie de preguntas para determinados tipos de personas, como los historiales de embarazo para varones).

[16] Traducción del texto de la figura 7: ¿Cuál era su relación con (su esposa/marido) antes de la adopción? Códigos de respuesta: 96. Ninguna; 301. Hijo; 302. Hija; 331. Hijastro; 332. Hijastra; 381. Hijo de acogida; 382. Hija de acogida; 401. Hermano; 402. Hermana; 471. Cuñado; 472. Cuñada; 481. Hermano de la pareja de hecho; 482. Hermana de la pareja de hecho; 601. Nieto: 602. Nieta; 651. Bisnieto; 652. Bisnieta; 701. Sobrino del sustentador principal; 702. Sobrina del sustentador principal; 711. Sobrino de la esposa; 712. Sobrina de la esposa; 740. Primo del sustentador principal; 750. Prima de la esposa; 831. Hijo del novio/novia; 832. Hija del novio/novia; 950. Familiar del sustentador principal; 960. Familiar de la esposa; 970. Familiar de la pareja de hecho.

[17] Traducción del texto de la figura 8: ¿Quién es esa persona? (Pregunta de 1970). En orden de prioridad: 2. Esposa; 3. Hijo/a, hijastro/a; 4. Hermano o hermana; 5. Madre o padre; 6. Nieto/a, bisnieto/a; 7. Cuñado/a u otro familiar; 8. Persona no familiar; 9. Relación no especificada; 10. No aplicable, no responde a H59; familia unipersonal

[18] Nota de la traducción. En inglés, el término grandchildren es neutro en cuanto al género y se refiere al conjunto de descendencia de tercera generación. Al no tener marcaje de género, permite una formulación más inclusiva y una categorización fuera de la norma cisgénero. En las encuestas sociales, manifiestan las autoras del artículo, en lugar de utilizar este término neutro, se opta por desagregar la información y preguntar por separado grandsons (nietos) o grandaughters (nietas), lo que introduce una generización binaria innecesaria en inglés que tiene implicaciones epistemológicas y metodológicas relevantes. Del mismo modo, se denuncia el no uso de términos como sibling, que se traduciría como «persona/s con la que se comparte padre/s y/o madre/s» o «persona hermana» —en sustitución de «hermano/s» o «hermana/s»— y parent que se asemejaría a la persona progenitora —en vez de «padre» y «madre»—. La traducción directa de estos términos desde el inglés fuerza una generización que no existe en el original.

[19] Obsérvese también la heteronormatividad presente en este extracto: en él, solo las mujeres tienen maridos y solo los hombres tienen esposas.

[20] El primer uso del término género en el ANES apareció como una categoría de codificación para respuestas abiertas a una pregunta sobre las razones para que una persona encuestada simpatizara o no con una persona candidata política («0461. Género, por ejemplo: “Es una mujer”»).

[21] A mediados de los años ochenta, el término partner (pareja) ya se utilizaba con frecuencia en todas las encuestas, excepto en el PSID, que lo empleó únicamente 12 veces en total.

[22] Curiosamente, en las décadas de 1980 y 1990, el PSID incluía muchos más pronombres femeninos ya que asumía que la persona encuestada era un hombre y las preguntas sobre su esposa o pareja heterosexual estaban formuladas en tercera persona.

[23] Traducción del texto de la figura 10: Más deseable: A. Tres más; B. Uno más. Menos importante: C. Tres menos; D. Uno menos. 1. Que una criatura tenga buenos modales; 2. Que una criatura se esfuerce por tener éxito; 3. Que una criatura sea honesta; 4. Que una criatura sea ordenada y limpia; 5. Que una criatura tenga buen juicio y sentido común; 6. Que una criatura tenga autocontrol; 7. Que él actúe como un niño o ella actúe como una niña; 8. Que una criatura se lleve bien con otres criatures; 9. Que una criatura obedezca bien a sus padres; 10. Que una criatura sea responsable; 11. Que una criatura sea considerada con las demás persones; 12. Que una criatura se interese por cómo y por qué ocurren las coses; 13. Que una criatura sea buena estudiante.