Variantes y dinámicas históricas de la masculinidad heterosexual en América Latina: la virilidad, la guapería y el machismo

Variants and historic dynamics of heterosexual masculinity in Latin America: virility, guapería (handsomness) and machismo

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Université Paris Cité (Francia) & Universidad Diego Portales (Chile)

Palabras clave

Masculinidad
Virilidad
Guapería
Machismo

Resumen: El artículo busca definir y distinguir lo que se caracteriza como tres grandes variantes de la masculinidad heterosexual en América Latina —la virilidad, la guapería y el machismo— con el fin de estudiar el rol específico de cada una de ellas en las dinámicas sociales de lo masculino en la región. Si la masculinidad posee una gran diversidad de manifestaciones, ciertos perfiles terminan por lo general por tener un rol analítico preponderante. Con el fin de analizar la situación de la masculinidad desde una dinámica histórica en América Latina el artículo sostiene tres grandes argumentos. En primer lugar, la necesidad de reconocer la ambigüedad del papel hegemónico de la virilidad. En segundo lugar, la importancia del particular y durable rol que jugó el guapo sobre todo entre las clases populares en términos de teatralización de género. En tercer lugar, la necesidad de estudiar el machismo, la expresión más extendida de la masculinidad, pero normativamente subordinada, en relación con el imaginario de las individualidades ingobernables. El análisis de estas variantes de masculinidad heterosexual abre a una historia crítica particular de las dinámicas de lo masculino en Latinoamérica.

Keywords

Masculinity
Virility
Guapería (handsomeness)
Machismo

Abstract: The article seeks to define and distinguish what are characterized as three major variants of heterosexual masculinity in Latin America —virility, handsomeness and machismo— in order to study the specific role of each of them in the social dynamics of masculinity in the region. Although masculinity has a great diversity of manifestations, certain profiles generally end up having a predominant analytical role. In order to analyze the situation of masculinity from a historical dynamic in Latin America, the article presents three main arguments. First, the need to recognize the ambiguity of the hegemonic role of virility. Second, the importance of the particular and durable role played by the handsome, especially among popular classes in terms of gender theatricalization. Third, the need to study machismo, the most widespread expression of masculinity, but normatively subordinated, in connection with the imaginary of ungovernable individualities. The analysis of these variants of heterosexual masculinity opens to a particular critical history of the dynamics of the masculine in Latin America.

 

* Correspondencia a / Correspondence to: Danilo Martuccelli. Universidad Diego Portales. Facultad de Psicología. Vergara, 275 (8370076 Santiago de Chile-Chile) – danilo.martuccelli@parisdescartes.fr – https://orcid.org/0000-0001-5940-8949.

Cómo citar / How to cite: Martuccelli, Danilo (2025). «Variantes y dinámicas históricas de la masculinidad heterosexual en América Latina: la virilidad, la guapería y el machismo». Papeles de Identidad. Contar la investigación de frontera, vol. 2025/2, papel 330, 1-15. (https://doi.org/10.1387/pceic.27331).

Fecha de recepción: marzo, 2025 / Fecha aceptación: junio, 2025.

ISSN 3045-5650 / © UPV/EHU Press 2025

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La masculinidad, como la feminidad, presenta diversos rostros y aristas (Scott, 1986; Butler, 1999; Lamas, 1999). En un periodo en el que se multiplican y precisan diversidades de perfiles en otros géneros, el reconocimiento de las variantes de la masculinidad heteronormativa se ha vuelto un imperativo analítico. El estudio de la homosexualidad se ha renovado, por ejemplo, a medida que se construyeron categorías capaces de dar cuenta de la afirmación política de identidades diferenciales entre el puto, el homosexual y el gay (Parrini, 2018). La masculinidad heterosexual tiene que ser sometida a un mismo ejercicio crítico en un contexto en el que aún es frecuente hablar de una sola masculinidad.

Connell (2015, pp. 111-117), tomando en cuenta la variedad de las manifestaciones individuales, propuso una influyente clasificación de las masculinidades: hegemónicas (aquellas que portan y encarnan la virilidad), subordinadas (aquellas que sin coincidir con la versión hegemónica se amoldan a ella), cómplices (las que obtienen ventajas de las jerarquías patriarcales) y marginadas (modelos excluidos o estigmatizados). Estas distinciones son importantes, pero tienen el inconveniente de incurrir por momentos en generalizaciones demasiado formales y supranacionales que no siempre hacen justicia a los diversos perfiles de la masculinidad presentes en una sociedad.

En lo que sigue nos centraremos en tres grandes perfiles de la masculinidad heterosexual en América Latina que caracterizaremos como la virilidad, la guapería y el machismo. Cada uno de ellos es el fruto de una historia social y de un imaginario particular, condensa una ideología especifica, y a pesar de importantes variantes nacionales o temporales, cada uno de ellos presenta un mínimo común denominador de factores. Las tres variantes de la masculinidad heterosexual que analizaremos no buscan describir de manera exhaustiva el espacio de la masculinidad en América Latina, pero su importancia ha sido tal que nos permitirán elaborar, en la conclusión, algunas hipótesis acerca del avenir de lo masculino en la región.

La elección de estos tres modelos invita a una revisión crítica de la historia de la masculinidad latinoamericana. En claro contraste con la situación estadounidense o europea con las cuales suele ser comparada, en América Latina la masculinidad hegemónica —la virilidad— nunca fue la expresión mayoritaria, rol que le correspondió al machismo. Sin embargo, al mismo tiempo, esta masculinidad mayoritaria —el machismo— no solo se reveló normativamente subordinada, sino que nunca eliminó del todo otras variantes de la masculinidad como fue el caso de la guapería. Aunque la noción de masculinidad hegemónica es a veces aprehendida en términos de encarnación, en este artículo, y con el fin de establecer una comparación crítica con otras variantes, la abordaremos como un modelo ideológico o un arquetipo que a pesar de su proyección «universal» en las sociedades modernas no solo tuvo arraigos locales y nacionales acotados, sino que también se caracterizó por una serie de hibridaciones con otras variantes de la masculinidad.

En un momento en el cual se expande y se publicita la aparición de un conjunto de diversas masculinidades alternativas o igualitarias, nuevas paternidades, nuevos modelos prescriptivos de afectividad en ruptura o en tensión con lo que fue la masculinidad hegemónica —y sus dimensiones juzgadas tóxicas—, es importante disponer de una visión analítica menos unilateral y más compleja de lo que fue —y en parte sigue siendo— el espacio de las masculinidades realmente existentes en la región.

Para perfilar estas variantes de la masculinidad recurriremos a una amplia diversidad de fuentes: literatura académica especializada, trabajos históricos, obras literarias y representaciones sociales ordinarias. Las ilustraciones sobre las que nos apoyaremos no tienen por eso otra función que darle consistencia a cada uno de los perfiles. Nuestro objetivo no es estudiar las prácticas o las identidades personales masculinas propiamente dichas (para lo cual otras metodologías de investigación son necesarias), sino esbozar, a partir de las especificidades analíticas de estas tres variantes y sus dinámicas, los grandes lineamientos de una historia crítica de lo masculino en América Latina.

1. La virilidad

El tipo virilidad, por lo general asociado a la masculinidad hegemónica, a pesar de su efecto ideológico, nunca fue en los hechos la principal variante de lo masculino en Latinoamérica. La consecuencia es inmediata e importante: la historia de la masculinidad en América Latina, bajo el influjo del machismo en tanto que figura mayoritaria, pero normativamente subordinada de lo masculino, siguió derroteros diferentes a los que bajo el influjo de la virilidad hegemónica se dieron en varios países de Europa o Estados Unidos, sociedades con las cuales es habitual comparar el caso latinoamericano.

En la región, el rol de la virilidad se caracterizó por ser a la vez ideológicamente hegemónico y resiliente. Fue hegemónico porque en última instancia daba cuenta, en medio de relaciones de dependencia, de un ideal de masculinidad que remitía a un conjunto de grandes principios modernos y occidentales. Pero fue doblemente resiliente porque se reveló limitado en los hechos y porque —sobre todo— sus raras manifestaciones vernáculas siempre fueron juzgadas desfavorablemente con respecto a lo que se concibió eran sus verdaderas materializaciones en los países occidentales modernos (Martuccelli, 2010, 2024). Resultado: en América Latina la virilidad funcionó escasamente como una masculinidad hegemónica; sirvió más bien, como lo veremos, como una durable y corrosiva arma crítica contra el machismo.

La masculinidad hegemónica en su versión propiamente moderna o en tanto que eterno masculino se impuso como ideal de virilidad a fines del siglo xviii (Mosse, 1997, p. 132). O sea, en sus grandes rasgos fundacionales, la virilidad debe ser comprendida como una variante de la concepción más amplia del individuo soberano, del autocontrol, del sujeto que se sostiene desde el interior (Martuccelli, 2007). Y dentro de este espectro de representaciones, la virilidad, en sus grandes expresiones ideológicas modernas, es inseparable de la guerra. No solo los factores propiamente guerreros son esenciales en la virilidad, sino que, en Occidente, hubo incluso una estrecha articulación entre nacionalismo y virilidad. Por eso, no solamente como afirmó Tilly (2007), el Estado hizo la guerra y la guerra hizo al Estado, sino que también hay que reconocer que la guerra hizo a la virilidad y que los hombres-viriles hicieron las guerras. El imperialismo decimonónico no fue por eso solamente una cuestión económica; fue también la expresión de un código indisociablemente viril, moral y militar presente en ciertos grupos terratenientes (Schumpeter, 1984).

Nada extraño, por ende, que sea en el poema de Rudyard Kipling, «Si», en donde se encuentre una de sus mejores expresiones ideológicas. En este poema, con una rara intensidad, se hace el elogio del individuo que es capaz de sostenerse cuando el mundo, de hecho su propio mundo, y todas las personas a su alrededor, se derrumba. La virilidad es la resistencia heroica y solitaria a todo ello. Esta representación, y más ampliamente la obra misma de Kipling, como Said (1993, cap. 5) ha analizado, es impensable sin el proyecto del imperialismo británico y de la modernidad conquistadora.

La virilidad tipifica una manera de encarnar una identidad, de teatralizar una sexualidad, de rechazar ciertas actitudes (pasivas) y de ensalzar otras (activas, independencia), todo lo cual termina, dadas sus exigencias, construyendo una figura más o menos alejada de las masculinidades reales puesto que «la abstracción del hombre adquiere una función disciplinaria, tanto para hombres como para mujeres» (Carver, 2000, p. 470). La virilidad subraya un autocontrol extremo y estricto de sí mismo que establece una diferencia con todos aquellos que permanecen prisioneros de sus cuerpos y emociones —mujeres, niños, salvajes, perezosos (Foucault, 1976, p. 136)—. El modelo de la virilidad tipifica a todos los otros individuos desde su corporalidad representándolos en términos de fealdad, suciedad, impureza, contaminación o enfermedad, o sea, los reduce siempre a su ser físico (Young, 1990, p. 123). La virilidad, al contrario, supone tener (y no «ser») un cuerpo maleable a voluntad. El autocontrol especifico al tipo viril es así indisociable del orden social moderno (la racionalización, la revolución industrial, el cálculo, etc.) y de la división entre la objetividad y la razón, por un lado, y la subjetividad y las emociones, por el otro (Seidler, 1994).

La virilidad tipifica sobre todo el triunfo de la voluntad sobre el cuerpo. El cuerpo en su vulnerabilidad intrínseca tiene que ser controlado gracias a una voluntad que, asociada con el coraje, tiende a materializarse en un cuerpo musculoso. La virilidad remite así a un cuerpo sano, fuerte, musculoso que permite al varón hacer con él lo que quiere: un modelo en el cual pueden coincidir el trabajador, el deportista o el guerrero.

La virilidad es pues inseparable de dimensiones normativas: se establece una asociación entre el físico masculino, la belleza y la moral; los tres al servicio del coraje, la fortaleza, el estoicismo, la agresividad (Mosse, 1997). El hombre viril es por encima de todo el individuo que se controla desde su voluntad. Todas las grandes características de este ideal tienen que ver con esto: sangre fría, coraje, desprecio por el peligro, autocontrol (por supuesto), regulación de los impulsos y pasiones sexuales, endurecimiento del carácter y expresión controlada de la violencia, sacrificio de sí. Notemos que la concepción misma del Yo presente en el psicoanálisis se moldeó en lazo con una visión particular de la virilidad. Tanto el Super-Yo como sobre todo el Ideal del Yo están en lazo con este modelo, y ambas categorías tienen, aunque no siempre se advierta plenamente, vínculos importantes con la experiencia de la guerra (Beyer, 2023).

Así caracterizado, el tipo de la virilidad permite caracterizar una de las grandes crisis de la masculinidad en las sociedades actuales (Courtine, 2011). Lo que durante mucho tiempo fue un monopolio del hombre-viril —la idea de un pleno control sobre el cuerpo— se ha vuelto un rasgo presente en muchas otras estilizaciones de género, lo que desdibuja la frontera entre hombres y mujeres (Connell, 1987), pero también con otras identidades de género. El control sobre el cuerpo tiene hoy en efecto otras manifestaciones y representaciones, incluso mucho más intensas de lo que promovió la virilidad. La reflexividad de los hombres hacia sus propios cuerpos se ha incrementado y transformado en las últimas décadas (Giddens, 1991, 1992), complejizando la sola figura del autocontrol viril. Pero sobre todo la virilidad ha perdido especificidad a medida que el maquillaje, el travestismo, los procedimientos quirúrgicos, la reconstrucción de órganos, las habilidades interactivas para ocultar discapacidades físicas, las enfermedades alma-corpóreas (anorexia, bulimia), la generalización de dietas o ejercicios físicos, e incluso las fantasías de los cyborg o de lo posthumano se afirmaron. Desde coordenadas distintas se imponen, independientemente de la virilidad, otras figuras del triunfo de la voluntad sobre el cuerpo. No es anecdótico. Ante esta crisis de la masculinidad, algunos ideólogos de la virilidad, como Bly (1992), propusieron ejercicios corporales con el fin de hacer «resucitar al guerrero interior» y más ampliamente se asiste a una renovación de la masculinidad viril en lazo con el supremacismo blanco o los nativismos autoritarios.

La virilidad ha sido la figura hegemónica de la masculinidad occidental. Pero en América Latina destaca la relativa escasa impronta histórica de este ideal. La masculinidad hegemónica moderna —la virilidad— no ocupó una posición hegemónica en las sociedades latinoamericanas. Por supuesto, la sombra del modelo de la virilidad siempre estuvo activa, pero nunca logró tener el rol hegemónico que tuvo en la cultura occidental. Es posible formular la hipótesis de que la relativa ausencia de grandes guerras interestatales en América Latina desde la posindependencia no dio lugar masivamente, como si lo hizo en Europa y en los Estados Unidos, a la exaltación de la virilidad (Garavaglia, Pro Ruiz y Zimmermann, 2012). Las guerras civiles y las violencias sociales intraestatales promovieron otras figuras de la masculinidad. Esto no quiere decir que el tipo de la virilidad estuvo o está totalmente ausente en la región, solo señala que no es —ni fue— el modelo hegemónico de la masculinidad.

Tanto es así que una de las representaciones ordinarias de la virilidad en América Latina se asocia menos con la violencia guerrera y más con la «virilidad liquida»: o sea, en sentido casi literal, la capacidad de tomar más que otros, la capacidad sobre todo a contener la bebida sin emborracharse. En esta variante de la virilidad el trago es una forma vernácula del duelo, en el cual lo esencial no es matar al otro, sino mostrar una capacidad de control sobre la ebriedad y sobre sí mismo. En su estudio sobre la sociabilidad en los bares de Buenos Aires a fines del siglo xix, Gayol (2000) ha dado una buena descripción de este modelo de virilidad líquida que exigía una forma de autocontrol que se desdice radicalmente de lo que veremos a propósito del machismo y de sus modalidades de incontinencia: puesto que la borrachera significaba perder la autonomía para gobernar los actos, «si un hombre no se controlaba a sí mismo, no podía esperarse a su vez, que controlara a quien su condición de hombre le correspondía: la mujer» (ibid., p. 163).

Ciertamente, también en América Latina es posible encontrar algunas figuras viriles del autocontrol masculino asociadas con la disciplina y las disposiciones guerreras, sobre todo en Chile (Larraín, 2001). Sin embargo, las expresiones más frecuentes de lo que puede asociarse con la virilidad fueron de otro tipo y estuvieron asociadas con la honra, el autocontrol (con la bebida), se exaltó menos el valor guerrero y más el no ser cobarde o marica, el saber dar pelea y afirmarse, como lo muestra en la actualidad el ethos del aguante entre las barras deportivas (Abarca, 2001). En realidad, en sus dimensiones propiamente institucionales, el tipo de la virilidad estuvo sobre todo presente en América Latina, como también lo fue en Europa (Brohm, 1976) a nivel del deporte cuando fue promovido por los Estados con el fin de desarrollar «la sangre fría, la destreza, la disciplina, la solidaridad», el cuidado y el autogobierno corporal sobre todo en la formación de las clases populares (Muñoz Cabrejo, 2001, p. 32).

2. La guapería

Menos reconocido que la virilidad o el machismo, la guapería no solo es otro de los grandes tipos de la masculinidad heterosexual latinoamericana, sino que su existencia complejiza analíticamente la historia de lo masculino en la región. Este modelo estuvo particularmente presente en la cultura argentina, aunque la figura del guapo también es muy activa en el viejo son cubano (Rondón, 2017, p. 96). La gran diferencia con la virilidad puede formularse de entrada: si en el caso del hombre viril el cuerpo sometido al autocontrol de la voluntad es el rasgo distintivo, en el guapo la apariencia y la destreza, pero no el acicalamiento, son lo esencial y priman ampliamente sobre el control de la corporeidad.

Si la figura de la guapería presenta algunas semejanzas con el dandi europeo del siglo xix (VV. AA., 1974), lo que prima son las diferencias. El dandi fue indisociable del elitismo, de la elegancia vestimentaria, de una cierta extravagancia y en el caso de ciertos escritores de un culto al espíritu y un rechazo al materialismo. En Hispanoamérica, el dandismo tuvo sobre todo expresiones acotadas en el modernismo literario: Rubén Darío, Abraham Valdelomar, entre otros.

La guapería fue otramente significativa: no solo fue autónoma con respecto al dandismo, sino que se desarrolló en otro grupo social y se caracterizó por una conciliación de exigencias contradictorias. El guapo tenía que mostrarse atractivo pero desinteresado por su cuerpo; podía ser acicalado, pero por lo general solamente como estereotipo fijo (con gomina); tenía más buena pinta que un cuerpo musculoso; podía ser elegante pero no tenía que ser afeminado; tenía que hacer gala de destrezas (como en el manejo del cuchillo) y fue habitualmente fanfarrón; fue sobre todo pendenciero, bravucón y belicoso cuando fue cuestión de su honor.

Como hemos señalado, en el tipo de la virilidad la sexualidad supone el autocontrol: el hombre-viril es aquel que sublima las pulsiones, que practica el sexo en el hogar y de acuerdo con los valores de la sociedad burguesa. Nada más alejado de ello, como veremos, que la sexualidad del macho, pero también la del guapo. En este registro, el ideal del guapo encuentra una de sus grandes estilizaciones y orígenes en el tango: una sexualidad de arrabales y de prostíbulos, alejada de la vida familiar, libre porque episódica, poco doméstica y renuente a ella, un paréntesis de placer (análogo al que se vive en el bar) en medio de una vida enmarcada por el trabajo y sus obligaciones.

A lo anterior el tipo de la guapería añade un factor decisivo: la sexualidad se subordina al honor. En este aspecto, más de un lazo puede establecerse con la tradición del honor mediterráneo (Pitt-Rivers, 1979) o la masculinidad andaluza (Gilmore, 1996). En todo caso, es en torno al honor como se construye la peculiar versión que de la valentía del guapo da el tango: rebelde a las instituciones y a los agentes de la justicia, el guapo se encarga él mismo de la defensa individual de su honor. Borges comprendió muy bien la soledad de este tipo de masculinidad al hablar del ethos del compadrito como «del hombre que está solo y no espera nada de los demás» (1956, p. 8). Sobre todo, de las mujeres.

Nada más alejado del compadrito, maestro con la guitarra y prototipo del guapo, que el amor romántico. Si en el tango, uno de los grandes soportes de creación de este modelo, no está ausente la búsqueda del amor auténtico y verdadero, lo es principalmente como una idealización rara vez concretada. Lo del guapo es la seducción, el vencer toda resistencia femenina para probar su hombría, para obtener la admiración de los otros hombres. Seducir y conquistar mujeres es una prolongación del desafío entre hombres. Por eso, el reverso de la seducción de las mujeres de los otros hombres es la indispensable lealtad de la «propia» mujer y la imperiosa necesidad del guapo de controlar a «su» mujer. Preocupación tanto más fuerte que a «casi a todos los héroes gauchos en la literatura se les trata de usurpar la mujer» (Mafud, 1988, p. 53).

El código del honor es una hombría de conquista de mujeres y de combate en bares. Tratándose del guapo es posible que la ausencia de mujeres en muchos lugares de diversión masculina, como los cafés o pulperías (el tango nace en Buenos Aires entre inmigrantes solos y sin mujeres), hiciera de la conversación sobre ellas y de su posesión un «objeto» central de la rivalidad masculina y de la «propia» mujer un «objeto» constante de control. El imperativo de la defensa del honor se imponía al guapo cada vez que este había sido mancillado ya sea por la conducta de una mujer, un aspecto bien presente en el cine de comienzos del siglo xx (Navitski, 2017, pp. 156-160), ya sea por una denuncia de deslealtad en el juego, algo frecuente entre migrantes y trabajadores populares en varios países de la región (Fontes, 2016, cap. 3).

En las representaciones del guapo la mujer es siempre un desafío. Por eso no es extraño que la figura de la femme fatale y la idea de una mujer que, teniendo muchos hombres a su disposición se revela incapaz de satisfacer a uno en particular, sea el tema de muchas películas de las primeras décadas del siglo xx, como Cuesta abajo (1934) con Carlos Gardel en la cual el protagonista masculino se enamora de la mujer equivocada (Ledgard, 2018, pp. 82-84). De más está decirlo, la figura de Gardel como gran estrella del cine latinoamericano en la década de 1930 fue una exitosa encarnación del tipo del guapo a distancia tanto de la virilidad como del machismo. En la guapería el control de sí mismo (central en la virilidad) cede la primacía al control de «su» mujer. Justamente en la letra del tango de «De puro Guapo» de Carlos Gardel de 1928 es cuestión del facón con el cual el personaje del guapo asesina «a aquella que lo ha herido / en medio del corazón», antes de gritar exultante: «Me he cobrado su traición».

La especificidad de la guapería con respecto a la virilidad y el machismo también es visible en otros registros. Aunque no emplea el término, Archetti (2003) llama la atención sobre la importancia de una práctica del deporte como manifestación privilegiada —sobre todo una vez más en la Argentina— de esta variante de la masculinidad. A la versión viril del deporte se le contrapone desde el tipo de la guapería una concepción distinta. Independientemente de la descripción efectiva de las prácticas, Archetti subraya las cualidades que se celebran en el futbolista latinoamericano: más individual, incluso individualista, que colectivo, más creativo que disciplinado, más poseedor de destreza que de una corporalidad esbelta. La revista deportiva argentina, El Gráfico, podía así decir en 1920 que a diferencia del futbol inglés en el cual «todo tiende a destruir la acción personal para formar un todo sólido», el futbol rioplatense «no sacrifica enteramente la acción personal y utiliza más el dribbling, el esfuerzo personal generoso (…) por consecuencia, un football más ágil y vistoso» (ibid., p. 93). La misma revista caracteriza, en 1932, el fútbol de la región como un producto «de la viveza criolla: el amague, la “bicicleta” (un tipo especial de gambeta), el ataque falso, el túnel, la Marianela» e incluso la «astucia deshonrosa» (ibid., p. 104). Todas estas frases fueron una temprana formulación de una representación masculina alternativa a la virilidad y el machismo.

Muchos años después a propósito de la famosa selección brasilera del mundial de México de 1970, algunos analistas explicaron su excelencia por su capacidad a aunar, todavía, la creatividad artística e individualista tradicional del futbolista latinoamericano —su guapería— con la emergente disciplina y racionalización del desarrollismo en la sociedad brasilera de la época (Rowe y Schelling, 1993). De manera análoga para Wisnik (2008) la implantación del fútbol en Brasil se explicaría por su capacidad de articular valores premodernos y modernos, encarnar la «cuadratura del círculo» replicando el azar de la vida en una serie de situaciones indeterminadas. Menos racionalizado que otros deportes, el fútbol permitiría la expresión de diversas habilidades y malabares con la pelota. Conductas que están más cerca de la guapería que de la virilidad: suponen más destreza, ingenio y astucia que fuerza; un estilo de juego constantemente preocupado por deshonrar y burlar al adversario; bravucón y agresivo en caso inverso; un conjunto de manifestaciones corporales, estéticas y de danza, que connotan distintas inteligencias del cuerpo en las cuales es visible la influencia de la cultura afrobrasileña. Bajo la impronta de este modelo de masculinidad, el futbol se volvió una fuente de individualización: los jugadores, que provienen de todos los horizontes, encarnan una manera de burlar individualmente —con ingenio, por guapos— un destino de clase y de raza (DaMatta, 2011, pp. 100-119).

A diferencia de la virilidad, en el tipo del guapo no hay exaltación del cuerpo musculoso o de la fuerza, sino de la destreza y de la astucia (como lo resume una expresión mexicana, «huevos, los del toro»); se exalta más la pinta y la facha que el autocontrol permanente; el coraje está asociado con la reputación y la bravuconería (y la violencia contra «su» mujer); el guapo no está imantado por el triunfo y sus razones militares, por el contrario, reconoce e incorpora derrotas y fintas sin resultado.

La importancia analítica de la guapería para una historia crítica de la masculinidad latinoamericana no puede soslayarse. Si nunca fue del todo equidistante entre la virilidad y el machismo, la guapería impuso a través de un sinnúmero de declinaciones en relación con la viveza, la criollada o en Brasil con el jeitinho (DaMatta, 1984, pp. 95-108) otro modelo durablemente significativo de la masculinidad. Sobre todo, aunque muchas veces se lo descuide, propuso una forma específica de (sobre)teatralización de género propia a ciertos sectores populares urbanos. El declive tendencial actual de la figura del guapo en el momento mismo en que se afirman otras teatralizaciones de género (trans, queer, etc.) es un factor importante de los malestares y de las rivalidades masculinas en América Latina.

3. El machismo

Si las diferencias nacionales del machismo son importantes, esto no ha impedido la forja de un tipo común en toda la región. Aunque históricamente el machismo en el caso mexicano sólo se consolidó como estereotipo nacional en la década de 1940 (Gutmann, 1996), en relación con el proyecto de formar una identidad nacional contraponiéndola a la estadounidense (en parte resemantizando la dicotomía civilización y barbarie), el machismo, de manera no exclusiva en América Latina, ha terminado por entenderse como un sinónimo o como la única figura de la masculinidad heterosexual (Mirandé, 1997).

Sin embargo, a pesar de su amplio uso en América Latina, en las representaciones académicas como en el sentido común, la noción es usualmente caracterizada de manera bastante lábil o poco discriminante: dominio sobre las mujeres, competencia entre hombres, agresividad sexual, etc.. Aunque ciertos análisis subrayan la presencia en el machismo de atributos que hemos caracterizado como propios de la virilidad (Fuller, 2012), la figura del macho está muy alejada de los ideales de la masculinidad hegemónica occidental moderna. Si la virilidad es en Occidente una variante del sujeto moderno y de su autocontrol, el machismo es en América Latina una figura específica del amplio imaginario de las individualidades ingobernables (Martuccelli, 2024).

En su núcleo-duro el machismo es la expresión de una ingobernabilidad sexual asociada con una forma brutal de dominación —de ahí las asociaciones frecuentes con la violencia o la agresividad, ellas mismas vinculadas a una relación conflictiva con la paternidad (García, 2019; Muñoz Sánchez, 2017, pp. 122-125)—. En el machismo, la penetración de la mujer, y eventualmente de hombres, implica el anonadamiento del otro/la otra a la propia pulsión ingobernable. En su mínimo común denominador el machismo articula la ingobernabilidad sexual con el abuso social (Martuccelli, 2025). Tal vez por eso nunca se expresó mejor este modelo y su ingobernabilidad que en la célebre ranchera mexicana, «el Rey», de José Alfredo Jiménez: «Con dinero o sin dinero / Yo hago siempre lo que quiero / Y mi palabra es la ley / No tengo trono ni reina / Ni nadie que me comprenda / Pero sigo siendo el rey». En Brasil, el personaje de la novela de Mario de Andrade, Macuínama, publicada en 1928, es otro ejemplo de masculinidad ingobernable: dotado de una sexualidad insaciable, el protagonista opera en medio de un canibalismo metafórico en donde todos se comen a todos.

Ugarteche ha señalado la especificidad sexual del macho: «los varones (…) se ven a sí mismos como animales sexuales cuya misión es conquistar a la mayor cantidad posible de partners sexuales. Un varón que no copula con mucha frecuencia y de modo muy variado, sencillamente pasa a la categoría de “maricón de una sola mujer” o de dudoso, en el mundo del macho. En el medio homosexual es atípico» (1992, p. 63). Más allá del género del partenaire, lo importante es el imperativo compulsivo de conquista y posesión al cual se somete el macho penetrador.

En clara diferencia con la virilidad, el machismo subraya la sumisión de la voluntad al imperativo de la voracidad sexual. La distinción es fundamental. La virilidad es un proyecto de gobierno de sí, varias veces asociado con la guerra; el machismo es un desgobierno pulsional, varias veces asociado con la conquista y la violación (Mörner, 1970; Herrén, 1991). Se trata de dos representaciones radicalmente distintas de la masculinidad.

El machismo es una variante de la masculinidad en el cual la dominación de los otros prima sobre toda consideración de gobierno de sí mismo. El tipo del macho está por eso radicalmente alejado de la estética analizada por Foucault (1984) en la erótica griega y su preocupación por lograr que la pasividad sexual del joven mancebo no comprometa su futura sexualidad activa en la vida adulta. Por el contrario, la estética del machismo es indisociable de la humillación de la otra/o. La articulación entre la ingobernabilidad y el abuso da cuenta también de porqué en el corazón de esta variante de la masculinidad —pero ni en la virilidad, ni en el guapo— se encuentra la violación. O mejor dicho: dentro de la amplia historia de la violación masculina (Vigarello, 1998), el machismo instituye un conjunto de representaciones particulares. En el mito de Don Juan, por ejemplo, nunca es cuestión de una pulsión no gobernada, incluso si esta figura se representa como transgresora del orden social. En el modelo del macho por el contrario la violación es a la vez la prueba de su masculinidad, de su poder y el fruto de una voracidad incontrolable. La clave del macho está en la licencia que se otorga, dado su sexo y su raza, para disponer del cuerpo de los otros/as. Por eso, la actitud de Don Juan y la habitual cosificación femenina a la que su deseo lo lleva debe ser claramente distinguida del anonadamiento de la otra/o presente en el machismo.

En el núcleo del macho no hay cortejo, sino rapiña y muchas veces violación; una inequívoca expresión de abuso y dominación. Una dimensión que ha sido recreada en las últimas décadas, por ejemplo, en los ritos de iniciación sexual de ciertas pandillas criminales: la práctica de la violación se vuelve una condición de ingreso al grupo. Pero esta dimensión encontró su principal representación en torno al impulso fálico «incontrolable» del hacendado ante el cuerpo irresistible de las indígenas o mulatas, mujeres subalternas descritas como desprovistas de voluntad para resistir. Por eso, si como Nugent ha podido afirmar, «el machismo latinoamericano ha sido [parcialmente] la vacuna histórica contra el racismo» (2012, p. 125), se trató de una muy ambigua inyección basada en una profunda violencia sexista y racial. Las articulaciones entre machismo, sexo y raza son frecuentes en varias representaciones sociales en Brasil o Colombia (Bastide, 1970; Viveros, 2012).

La importancia de la violación en el machismo también está bien documentada en varias novelas de la literatura indigenista: de Clorinda Matto de Turner en Aves sin nido (1889) a Vallejo —en Tungsteno 1931—, de Huasipungo (1934) de Jorge Icaza a su presencia reiterada en la obra de Arguedas. El peso de la violación en la caracterización del machismo no puede ser desestimada. Desde la conquista su realidad fue omnipresente.

La representación de una ingobernabilidad sexual incontrolable también da cuenta de varias de las justificaciones colectivas esgrimidas acerca de la profusión de hijos ilegítimos en la región (Salazar, 2006; Montecino, 1993). En el registro específico de la paternidad el machismo se vertebra con conductas de abandono familiar, ámbito en el cual existe una continuidad de prácticas: desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo xx, el vagabundeo sexual marca la historia de las progenituras en la región (Fuller, 2000).

En Brasil el perfil del machismo se trasunta en la representación que Gilberto Freyre (2013) dio en 1933 en Casa Grande & Senzala: la descripción del hacendado como un «patriarca polígamo», dueño o señor de un conjunto variado de mujeres, niños y hombres de todas las razas. Para Freyre entre los hombres blancos en Brasil (en realidad entre los miembros de la oligarquía) anidaría una sexualidad fantasmal racializada y compartimentada entre mujeres blancas, mulatas y negras. En el patriarcado y la licencia sexual de los hacendados tal como esta es analizada por Freyre también se advierte una tensión entre relaciones institucionalizadas y relaciones personales, entre el matrimonio y otras modalidades de dependencia como la esclavitud que se caracterizó por una gran proximidad física y sexual entre dominadas y dominadores en medio de una fuerte distancia psíquica y emocional entre ellos. La ingobernabilidad sexual del patriarca polígamo se inscribe dentro de una ingobernabilidad generalizada de poder sin ningún tipo de límite moral o judicial. Esta interpretación fue complementada y matizada por Gilberto Freyre tres años después, en 1936, en Sobrados e mucambos, en donde analizó la transformación progresiva del sadismo, tanto en las relaciones filiales del patriarcado rural como en las escuelas como uno de los caminos de regulación pública de las tiranías domésticas familiares y sexuales (Freyre, 2016, pp. 177-201). Sin embargo, en el fondo, la visión del machismo no varió en lo sustancial. Ya sea en la Colonia o en el Imperio, el foco de pregnancia de la interpretación siempre está en la casa y sus dependencias, en lo privado, en las relaciones asimétricas de subordinación.

Si hemos evocado este trabajo en particular es por su importancia en la fabricación de la figura del machismo en la cultura brasileña, pero una representación análoga puede hacerse a partir de otras fuentes. Existe una diversidad de articulaciones entre la ingobernabilidad sexual y el abuso social en varias figuras del conquistador, del hacendado, del caudillo, del dictador. En todos los casos, el desgobierno pulsional se articula con el abuso. Señalemos, por ejemplo, las prácticas de abuso sexual que se dice el dictador Trujillo (1930-1961) ejerció en la República Dominicana sobre las mujeres de sus ministros; una manera de mostrar su poder ilimitado, su sexualidad ingobernable y vejar a todas y a todos. En claro contraste con el tipo de la virilidad y el autocontrol pulsional que estipula, el machismo se estructura en torno a la doble ingobernabilidad del sexo y del abuso.

La ingobernabilidad sexual propia al machismo también se vislumbra en la exigencia de disponibilidad sexual permanente a la que está sometido. En la literatura latinoamericana abundan representaciones de lo anterior. En Cien años de soledad se narra, por ejemplo, el deseo de muchas mujeres que buscan deslizarse, en las noches, en la cama del coronel Aureliano Buendía. Lo que nos interesa subrayar en este relato es la heteronomía radical que se revela a propósito del macho: un individuo sometido a una sexualidad compulsiva y obligatoria. Para el macho, la declinación de una oferta sexual es un impensable. El macho no tiene ninguna autonomía: está gobernado por un impulso sexual incontrolable; está tutelado desde el falo. Notemos que, si en el machismo esta ingobernabilidad fálica es un signo de poder, en varios otros países, bajo la impronta hegemónica de la virilidad, el desgobierno pulsional suele ser asociado con las deficiencias de autocontrol de las clases subalternas.

Cuando el tipo del macho opera como un modelo prescriptivo compele a una actitud permanente de cacería y rapiña, lo que hace que, para las víctimas, la sexualidad se represente como un peligro. Un peligro muy distinto al de la tradición puritana: el problema no es el sexo per se, sino la rapiña y el acoso sexual ya sea en sus formas verbales, en las miradas insistentes y lujuriosas, o en los toqueteos (Lamas, 2018). El machismo engendra patologías relacionales específicas al eliminar la seducción, todavía presente en la guapería, por la dominación (en la conquista colonial, en las haciendas, en el acoso urbano). El machismo hace sufrir a muchas mujeres, pero también a varios hombres. Unas y otros ven sus relaciones sociales perturbadas e interferidas por un imperativo de ingobernabilidad sexual, rapiña y abuso. Esto es lo que un cierto imaginario de la conquista colocó en el vértice del machismo; esto es lo que enuncia —y denuncia— la memoria del pishtaco en los Andes (Weismantel, 2017), la realidad de los abusos de los hacendados y de la rapiña sexual ordinaria.

Estas actitudes trazan otra de las grandes diferencias del machismo con respecto a la virilidad o la guapería. El machismo es una voracidad sexual que hace carne con un ejercicio desbocado de poder. Lo propio del machismo reside pues en la conjunción de dos impulsos supuestamente incontrolables —el sexo y el sometimiento—, que se hacen uno en el imaginario de la violación o en la profusión de la prole. El macho es un penetrador ingobernable (Portocarrero, 2007). El macho penetra, gobierna y humilla desde la ingobernabilidad de su pulsión. Este es el sentido profundo del verbo «chingar»; como lo precisó Octavio Paz (1987): chingar, es hacer violencia sobre otro. Es un verbo masculino, activo, cruel. Un verbo que hiere, mancha y produce una «resentida satisfacción» en el que lo ejecuta.

El machismo como variante de la masculinidad es un contra relato del proceso de civilización propuesto por Norbert Elias (1987) y de la masculinidad hegemónica occidental moderna. Ahí donde el relato del proceso de civilización subraya la expansión del autocontrol como gran rasgo del individualismo moderno, el machismo forja la representación de individuos ingobernables: una representación —de la cual hay tantas descripciones literarias estereotipadas— según la cual el cuerpo femenino siempre «echa chispas», tiene «cintura de avispa», «ojos penetrantes y oscuros». Si en el relato del proceso de civilización la sexualidad como virilidad se abre a la autonomía, culpa y autocontrol, la sexualidad del macho, en su voracidad desmedida, se ejerce sin sentimiento de culpa porque es representada como el puro efecto de una libido ingobernable.

La ingobernabilidad sexual y el abuso social propios del machismo no se estructuran desde la disciplina de la guerra o del gobierno de sí mismo como clave del gobierno de los otros (Foucault, 2008), sino a partir del imaginario de la rapiña de la conquista; su modelo no es el autocontrol, sino la teatralización de una incontrolable voracidad sexual y un goce por someter y abusar sin límites. Una figura de la masculinidad que, a pesar de su frecuencia en América Latina, siempre estuvo sometida al poder de las críticas efectuadas desde la virilidad.

4. Conclusión

El objetivo principal de este artículo ha sido perfilar analíticamente tres grandes variantes de la masculinidad heteronormativa. La masculinidad heterosexual no es un bloque. Sin embargo, no todas las figuras de la masculinidad tienen la misma significatividad. En el caso de América Latina, de manera no exhaustiva, es posible hacer la hipótesis de una dinámica de la masculinidad construida en torno a tres grandes perfiles históricos, cada uno de los cuales tuvo una función específica y evoluciones contrastadas.

En primer lugar, la virilidad, la masculinidad hegemónica, fue escasamente un modelo encarnado de rol. Fue sobre todo un ideal crítico con respecto a las masculinidades realmente existentes, sobre todo el machismo. Esto da cuenta de una de las especificidades de la historia moderna de la masculinidad en América Latina con respecto a otras situaciones y otros lugares.

En segundo lugar, es importante reconocer el papel analítico específico de la guapería. No solo terció durablemente, aunque nunca de manera equidistante, entre la virilidad y el machismo, sino que formuló un modelo alternativo de masculinidad de raigambre popular y acicalado. Su declive en las últimas décadas (algo bien visible a nivel de la producción en las industrias culturales) es un factor importante en lo que concierne la especificidad de los malestares de la masculinidad, sobre todo entre los sectores populares, en la región.

En tercer lugar, el machismo fue el más frecuente perfil de la masculinidad en la región, pero nunca fue una masculinidad hegemónica: normativamente siempre se lo aprehendió desde su subordinación con el modelo otramente hegemónico de la virilidad moderna y occidental. Si varios estudios muestran desde hace décadas la crisis tendencial del machismo en la región (Fuller, 1997; Olavarría, 2001; García, 2015) y la creciente afirmación de un modelo de masculinidad más igualitario (sobre todo entre jóvenes urbanos), este diagnóstico ganará precisión si se reconoce la pluralidad de los perfiles masculinos en América Latina y la dinámica sui generis entre la virilidad y el machismo. Además, aunque el punto exceda este artículo y deba ser objeto de nuevos estudios, en la medida en que la declinación del machismo fue históricamente distinta en México o en Brasil, en los países andinos o en el Cono Sur, sus crisis son también plurales, así como sus posibles lazos con los nuevos proyectos masculinistas en formación.

El análisis de las distintas variantes de masculinidad heterosexual que hemos presentado abre a una historia crítica particular de las dinámicas de lo masculino en Latinoamérica. En primer lugar, es preciso reconocer la especificidad del rol desempeñado por la virilidad, menos un modelo de encarnación que un arquetipo ideológico crítico de las masculinidades realmente existentes. Lo que invita a criticar las expresiones regionales de la virilidad también desde la perspectiva de la dependencia. En segundo lugar, la guapería debe ser mejor estudiada y sobre todo valorada en tanto que una forma de teatralidad de la masculinidad, lo que permitirá trabajos comparativos y críticos con otras modalidades actuales de teatralización de género. En tercer lugar, la crítica del machismo debe efectuarse teniendo en cuenta el imaginario más amplio de los individuos ingobernables en cual se inscribe y establiendo por ende sus lazos con otras figuras como la barbarie, el caudillo o la transgresión.

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