Medir en sociología: repensar la cuantificación desde la justicia epistémica sexo-genérica.
Presentación

Measuring in sociology: rethinking quantification for a sex-gender epistemic justice.
Presentation

Aina Faus-Bertomeu* 3524.png

Universitat de València

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Universitat de València

Palabras clave

Sociología cuantitativa
Disidencias sexo-genéricas
Medición
Justicia epistémica
Alfabetización cuantitativa crítica

Resumen: Este texto presenta el monográfico «¿Por qué la sociología cuantitativa debe salir de los armarios?» proponiendo una revisión crítica de los fundamentos epistémicos y metodológicos de la sociología cuantitativa desde una perspectiva de justicia sexo-genérica. Se sostiene que medir no es una operación neutra, sino una práctica situada que configura lo visible y lo inteligible en el conocimiento sociológico. Los trabajos que se recogen muestran cómo la producción estadística reproduce una noción de «sujeto medio» y plantean propuestas metodológicas y herramientas conceptuales inclusivas. El número presenta las contribuciones de Celia Fernández-Carro; Laura Casado Luna, Laia Folguera Cots y Oscar Guasch Andreu; Natalia Romero Marchesini; Marcela Schenck, Cecilia Rocha, Diego Sempol y Andrea Macari; y, Paula García Muñoz y Aarón Hocasar de Blas. Dos papeles críticos escritos por Luis Robledo y Josune Delgado completan el número.

Keywords

Quantitative sociology
Sex-gender dissidences
Measurement
Epistemic justice
Critical quantitative literacy

Abstract: This text introduces the special issue “Why Quantitative Sociology Needs to Come Out of the Closets?”, proposing a critical review of the epistemic and methodological foundations of quantitative sociology from a sex-gender justice perspective. It argues that measurement is not a neutral operation but a situated practice that shapes what is visible and intelligible within sociological knowledge. The collected works show how statistical production reproduces a notion of the “average subject” and propose inclusive methodological approaches and conceptual tools. The issue features contributions from Celia Fernández-Carro; Laura Casado Luna, Laia Folguera Cots, and Oscar Guasch Andreu; Natalia Romero Marchesini; Marcela Schenck, Cecilia Rocha, Diego Sempol, and Andrea Macari; and, Paula García Muñoz and Aarón Hocasar de Blas. Two critical papes written by Luis Robledo and Josune Delgado complete the issue.

 

* Correspondencia a / Correspondence to: Aina Faus-Bertomeu. Universitat de València. Facultat de Ciències socials, Dept. Sociologia i Antropologia social. Av. dels Tarongers 4b, 46022, València – aina.faus@uv.es – https://orcid.org/0000-0003-4421-744X.

Cómo citar / How to cite: Faus-Bertomeu, Aina; Grau i Muñoz, Arantxa (2025). «Medir en sociología: repensar la cuantificación desde la justicia epistémica sexo-genérica». Papeles de Identidad. Contar la investigación de frontera, vol. 2025/2, presentación, 1-15. ( http://doi.org/10.1387/pceic.27679).

ISSN 3045-5650 / © UPV/EHU Press 2025

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Creative Commons Atribución 4.0 Internacional

 

1. Introducción

¿Qué significa «medir» en sociología? ¿Qué implicaciones epistémicas, metodológicas y políticas tiene este acto fundacional de nuestra práctica investigadora? Esta pregunta, aparentemente sencilla, atraviesa de forma transversal las disputas contemporáneas sobre los modos de conocer en ciencias sociales y lo hace de forma particular en el ámbito de la sociología cuantitativa. En un momento en que el uso de las estadísticas se ha expandido pero la sociología ya no detenta el monopolio de la producción de datos sociales, Savage y Burrows (2007) advierten de una «crisis inminente de la sociología empírica». Según indican, la sociología ha perdido su papel como «punto de paso obligado» en la producción de datos sociales, en un capitalismo del conocimiento donde empresas tecnológicas, plataformas digitales y administraciones públicas generan, analizan y utilizan masivamente información social sin requerir de la experiencia académica. Esta pérdida de centralidad se ve agravada, además, por las propias dinámicas de la producción académica (Gane, 2011), en la que la presión por publicar, la evaluación por indicadores y la dependencia de bases de datos heredadas refuerzan sesgos metodológicos y normativos, limitando la capacidad crítica de la sociología empírica y planteando desafíos para la producción de conocimiento. Entre estos obstáculos destaca la dificultad de incorporar las experiencias y subjetividades vinculadas a las disidencias de género y sexuales, invisibilizadas por las lógicas de medición tradicionales.

Este escenario es el punto de partida del monográfico «¿Por qué la sociología cuantitativa debe salir de los armarios?», cuyo título está inspirado en un artículo publicado en 2017 por J. E. Sumerau, L. Mathers, A. Nowakowski y R. Cragun en el que defienden una sociología que «salga del armario»: una sociología que reconozca la dimensión política de sus herramientas y el reto de construir instrumentos capaces de captar las múltiples formas en que géneros y sexualidades se experimentan y se intersectan con otras desigualdades. Frente a una práctica sociológica que sigue generando datos sobre sujetos supuestamente neutros y normales, este monográfico plantea la urgencia de que la sociología cuantitativa confronte de forma crítica sus propias exclusiones epistemológicas y metodológicas, y recoge investigaciones que son ejemplo de cómo incluir y abordar las complejidades de las disidencias de género y sexuales.

Desde esta premisa, en este artículo de presentación de este número monográfico se defiende una tesis clara: medir no es una práctica neutral. Las técnicas de medición no solo organizan la forma en que conocemos el mundo social, sino que también delimitan qué formas de vidas se hacen visibles, quién decide lo que se cuantifica, con qué fines se produce el dato y qué desigualdades o sistemas de gobernanza sustentan. Cuando las herramientas de análisis excluyen, silencian o reducen la diversidad, no solo fallan en términos de precisión, sino que reproducen formas de poder que perpetúan las jerarquías sociales. Por ello, proponemos repensar radicalmente los dispositivos cuantitativos con los que producimos conocimiento sociológico: no basta con hacerlos más inclusivos; es necesario cuestionar su arquitectura epistémica, sus fundamentos normativos y su función dentro del orden social.

Para ello distinguimos dos secciones que proponen una doble reflexión sobre la medición en sociología. En primer lugar, se aborda el objeto de la medición, es decir, qué significa medir desde una perspectiva epistemológica, subrayando que se trata de una práctica situada atravesada por decisiones teóricas, culturales e institucionales que configuran qué realidades se consideran observables y cuáles quedan fuera del campo de visibilidad científica. En segundo lugar, nos centramos en el sujeto de la medición, argumentando cómo estas decisiones afectan específicamente a las personas y colectividades disidentes en términos sexo-genéricos. Se examina cómo los instrumentos cuantitativos hegemónicos reproducen una concepción binaria del género y las sexualidades que obstaculiza la capacidad de la sociología para captar la pluralidad de la realidad social y se exploran propuestas metodológicas que buscan superar estas limitaciones. Frente a una sociología que permanece encerrada en sus propios armarios categoriales, este texto apuesta por una sociología empírica crítica que asuma que medir es una práctica constitutiva del conocimiento.

2. De la fetichización de la medición a la ética de la cuantificación: ¿qué medimos y cómo medimos?

Medir, en sociología, nunca ha sido un simple ejercicio técnico. Desde sus orígenes como disciplina, la medición se ha situado en el centro de las disputas epistémicas y metodológicas. Ya hacia 1930 se abría el debate entre quienes defendían la necesidad de convertir la sociología en una ciencia y quienes advertían que ciertos fenómenos sociales difícilmente podían ser reducidos a métricas sin perder parte de su sentido, tal y como defendía Floyd House[1] (1934). Read Bain (1935), por el contrario, apostaba por una sociología empirista y pragmatista que, aproximándose a los métodos de las ciencias naturales, produjera conocimiento válido, comparable y útil para resolver problemas sociales. Para Bain, medir no es una operación problemática, sino una estrategia para dotar de legitimidad empírica a una disciplina todavía acusada de especulación y vaguedad.

La concepción de la medición de Bain parte de la premisa que solo aquello que puede ser numerado puede convertirse en conocimiento comunicable y, por tanto, sociológico. La cuantificación se convierte así en una herramienta clave para formalizar el rigor y la claridad conceptual, especialmente en lo que respeta a la operacionalización de los conceptos sociológicos, es decir, su traducción en variables observables, comparables y compartidas por la comunidad científica. Aunque su planteamiento ha sido posteriormente matizado por enfoques más interpretativos o constructivistas, su insistencia en que «medir es condición para conocer» sigue siendo hoy pertinente como recordatorio de que toda práctica de medición implica decisiones epistemológicas fundamentales.

Además de House (1934), otras voces críticas emergieron para advertir de los riesgos de una confianza excesiva en la medición. Lo que para Bain era una apuesta por el rigor y la claridad conceptual se ha convertido, con el tiempo, en una práctica burocratizada y despojada de reflexión crítica, donde medir ha dejado de ser una forma de conocer para transformarse en un instrumento de gobernanza, estandarización y competencia académica. Desde esta línea, Nicholas Gane (2011) ha alertado de la «fetichización de la medición» en la sociología contemporánea, que define como el proceso por el cual el dato numérico adquiere una autoridad incuestionable, independientemente de su contenido teórico o de su relevancia social. Según Gane, la medición cuantitativa no es solo una elección metodológica, sino que refleja sistemas de valores más amplios. Esta crítica no se dirige al empleo de los números, sino al valor que han adquirido, como si representaran en sí mismos la realidad de forma directa y suficiente, así como a su uso automatizado y descontextualizado, en el que las técnicas se convierten en fines per se.

El fetichismo del dato revela una doble trampa disciplinaria. Por un lado, la sociología ha quedado atrapada en modelos metodológicos repetitivos y poco innovadores, incapaces de captar la complejidad y rapidez de los problemas sociales emergentes: las encuestas, los índices y las escalas funcionan como dispositivos que validan el orden existente, más que como herramientas para interrogarlo, reforzando aquello que ya se sabe o, peor aún, aquello que ya se da por sabido (Gane, 2011). Por otro, se consolida una dependencia ciega de indicadores que, aunque técnicamente sofisticados, operan al margen de una comprensión crítica de las dinámicas sociales (Sumerau et al., 2017; Savage y Burrows, 2007) contribuyendo a reforzar una sociología al servicio de lógicas institucionales de estandarización, evaluación y eficiencia. En este marco, el dato numérico adquiere una autoridad incuestionable, independientemente de su contenido teórico o de su relevancia social: no se utiliza para comprender mejor el mundo social, sino que se naturaliza como evidencia objetiva, ocultando los sesgos y exclusiones que lleva incorporados.

Esta consolidación del dato como evidencia objetiva oculta que medir no es un reflejo pasivo de la realidad, sino una práctica activa que selecciona, codifica y jerarquiza qué aspectos de la vida social merecen ser cuantificados. La medición no captura la totalidad de la experiencia social, sino que la fragmenta, convirtiendo en datos numéricos únicamente aquellos elementos que se ajustan a marcos conceptuales preexistentes (Berman y Hirschman, 2018). Así, lejos de ser una operación neutral, la medición describe el mundo social: lo construye bajo unas determinadas condiciones de visibilidad, a través de clasificaciones dominantes y respondiendo a decisiones epistemológicas, institucionales y culturales que, en muchas ocasiones, permanecen implícitas o naturalizadas.

Esta dimensión constitutiva de la medición fue señalada ya en 1964 por Aaron Cicourel (2011), quien mostró cómo los datos en sociología no deben entenderse como reflejos objetivos del mundo social, sino como productos de prácticas mediadas por convenciones culturales, instituciones y contextos interpretativos. Lo que se presenta como «dato» es, en realidad, el resultado de múltiples mediaciones —entre quien pregunta y quien responde, entre los marcos teóricos y las herramientas empleadas, entre lo vivido y lo codificado—. Lejos de asumir que la medición es una aplicación técnica sobre un objeto dado, Cicourel propuso comprenderla como una práctica de traducción o negociación de significado entre quienes diseñan, responden y analizan, cuestionando así la pretendida neutralidad de los indicadores cuantitativos.

En una línea similar, Robin Smith y Paul Atkinson (2016) señalan que medir en sociología no consiste simplemente en aplicar instrumentos predefinidos, sino en tomar decisiones metodológicas cargadas de supuestos —teóricos, técnicos y políticos— que configuran el tipo de conocimiento que se genera. Cada elección sobre qué se pregunta, cómo se formula, qué opciones de respuesta se ofrecen y cómo se codifican, implica una forma particular de leer, delimitar y estabilizar lo social. Por ello, no basta con preguntarse qué se mide, sino que resulta igualmente determinante cuestionar cómo se mide y en qué condiciones se construyen los datos que luego se analizan. Estas decisiones metodológicas tienen implicaciones profundas, ya que muchas de las categorías que estructuran los instrumentos de medición —como género, edad, clase, etnicidad, entre otros— no son etiquetas neutras, sino formas codificadas de representación que responden a marcos normativos dominantes en los que el «sujeto medio» es la norma.

Esta lógica de reducción, exclusión, normalización y jerarquización no se produce únicamente en el nivel de las categorías, sino también en los procesos más amplios mediante los cuales lo social se transforma en dato. En este sentido, resulta especialmente útil el concepto de «conmensuración» propuesto por Wendy Espeland y Mitchell Stevens (2008), que alude al proceso por el cual se traducen diferencias cualitativas en magnitudes comparables bajo un mismo sistema métrico. Esta operación, aparentemente técnica, implica una reconfiguración de lo que se considera comparable: antes de medir, hay que decidir qué merece ser convertido en cantidad y bajo qué criterios se establecen las equivalencias. Lejos de ser neutra, la conmensuración crea relaciones jerárquicas entre sujetos, categorías o situaciones, y a menudo genera efectos performativos puesto que, al nombrar y numerar, la medición produce la realidad que pretende describir. Este mecanismo se hace especialmente evidente cuando se trata de clasificar cuerpos, identidades o prácticas que no se ajustan a los marcos normativos dominantes. En muchos casos, la posibilidad misma de medir está condicionada por la exigencia de convertir la pluralidad en categorías mutuamente excluyentes y fácilmente tabulables, lo cual invisibiliza trayectorias no lineales, experiencias interseccionales o identidades no binarias.

Frente a esta automatización del dato urge articular, tal y como proponen Andra Saltelli y Mónica Di Fiore (2020), una «ética de la cuantificación». Esta ética implica reconocer que los números no son neutros ni inocuos, sino que están construidos sobre decisiones humanas mediadas por supuestos ideológicos, valores culturales e intereses institucionales. No se busca reforzar el control técnico sobre los datos —como añadir nuevas categorías a los cuestionarios o mejorar la representatividad muestral—, sino abrir un espacio de reflexión crítica, responsabilidad compartida y deliberación pública sobre su uso. Se trata de cambiar de enfoque la forma de pensar la medición preguntándonos no solo si los datos son precisos, sino qué efectos producen cuando circulan, a quién representan, qué realidades silencian y qué intereses legitiman. Este planteamiento pone de manifiesto la necesidad de una reflexividad epistémica (Bourdieu, 2001). La cuestión no es si hay reflexividad o no, sino si se asume, se politiza y se hace visible, o si, por el contrario, se oculta bajo la lógica de la neutralidad. Por ello, Robin Smith y Paul Atkinson (2016) reivindican «reabrir la caja negra»[2] de la medición, esto es, examinar cómo se ensamblan las categorías, cómo se interpretan las respuestas, y cómo se decide qué se considera válido o descartable. Implica interrogar los supuestos teóricos, decisiones institucionales y condiciones contextuales que han configurado esos instrumentos, revelando así que no son neutrales, sino construcciones sociales situadas.

Desde una óptica complementaria, Savage y Burrows (2007) o Gane (2011) reclaman una nueva política del método que cuestione no solo los procedimientos, sino también la función del conocimiento en un mundo gobernado por métricas e indicadores. Y Ray Pawson (2004) defiende la tesis de que las buenas medidas no se encuentran, sino que se construyen. Es decir, que todo dato debe ser evaluado no por su pretendida universalidad, sino por su adecuación al contexto, su funcionalidad analítica y su capacidad para captar procesos sociales complejos. Pawson insiste en que la sociología debe asumir una responsabilidad activa no solo en el uso, sino también en la creación y revisión crítica de sus herramientas de medición.

En definitiva, asumir una ética de la cuantificación exige repensar desde la propia disciplina sociológica qué, cómo y por qué cuantificamos. Solo una sociología empírica crítica podrá construir herramientas que no reduzcan la complejidad social a cifras planas, sino que nombre sin normativizar, cuente sin borrar y comprenda sin simplificar. Medir, así entendido, es una forma de hacer visible aquello que ha sido sistemáticamente excluido del conocimiento. Estas reflexiones generales sobre el carácter no neutral de la medición cobran especial relevancia cuando analizamos a quiénes se mide en las encuestas, particularmente en el caso de las disidencias sexo-genéricas.

3. Sujetos excluidos y modelos normativos: disidencias sexuales y de género

Tras reflexionar sobre el significado de medir en sociología, se deriva una nueva pregunta: ¿a quiénes medimos? Uno de los efectos más persistentes de la medición cuantitativa hegemónica es la naturalización de un sujeto sociológico alineado con la norma: cisgénero, heterosexual, binario, blanco y adulto, tal y como denuncian Laurel Westbrook y Aliya Saperstein en su artículo titulado «New Categories are not Enough. Rethinking Measurement of Sex and Gender in Social Surveys» publicado en Gender & Society en 2015 y traducido para la sección «Fundamentales» de este monográfico. A partir del análisis a la construcción de cuatro de las principales encuestas estadounidenses, las autoras muestran cómo las técnicas de medición han ignorado sistemáticamente las experiencias de las mujeres y de las personas no normativas, a lo que habría que agregar de los cuerpos racializados, medicalizados o patologizados. Este «sujeto medio» se convierte en el punto de referencia a partir del cual se definen las categorías, se construyen las preguntas y se codifican las respuestas en la mayoría de los instrumentos de recogida de datos. Este sesgo estructural afecta particularmente a las disidencias de género y sexuales, cuyas vivencias, cuerpos, deseos e identidades no encuentran lugar en los formularios estándar ni en las categorías habitualmente disponibles.

Las encuestas oficiales, lejos de ser herramientas neutras de recogida de información, operan como tecnologías de normalización que estabilizan definiciones específicas de identidad legítima. El texto de Laura Casado Luna, Laia Folguera Cots y Óscar Guash Andreu titulado «La identidad encasillada. Diversidad sexual y de género en las encuestas» muestra cómo los cuestionarios utilizados en los estudios demoscópicos españoles se siguen estructurando en torno a una lógica binaria y heterocentrada que combina una visión esencialista de los géneros y las sexualidades. Desde esta mirada, género y sexualidad aparecen como atributos naturales, fijos, inmutables y mutuamente excluyentes, lo que refuerza la idea de que existen dos únicas formas legítimas de ser y desear, impidiendo captar la fluidez de las identidades y experiencias. Este desfase no es un problema técnico menor, arguyen, sino que constituye una forma activa de exclusión epistémica.

Esta lógica binaria no es exclusiva del ámbito de la sociología cuantitativa, sino que forma parte de una tradición epistemológica más amplia que ha marginado sistemáticamente las disidencias sexo-genéricas. Como ilustra Celia Fernández-Carro en su artículo «La diversidad sexo-genérica en demografía: una historia de inercias, vacíos y rupturas», el propio campo demográfico ha operado históricamente como una tecnología de normalización y naturalización del binarismo como único marco posible de clasificación que relega las disidencias a márgenes de inteligibilidad estadística. Solo en años recientes, y gracias al empuje de colectivos LGTBIQ+ y a investigaciones críticas, argumenta la autora, han comenzado a cuestionarse estos marcos y a abrirse rupturas que permiten visibilizar otras formas de existencia. Superar esta lógica implica algo más que añadir nuevas categorías: requiere repensar los marcos de representación y las lógicas de visibilidad que sostienen la construcción misma de los instrumentos de medición.

Una de las consecuencias más evidentes del uso de marcos categoriales binarios y heteronormativos no es solo un vacío empírico, sino un problema estructural que impide observar desigualdades. Cuando los instrumentos no recogen información sobre personas LGTBIQ+, sus desigualdades permanecen invisibles para la estadística pública y, por tanto, también para diseñar políticas de igualdad y protección efectivas (Miller y Grollman, 2015). Esta falta de datos impide documentar violencias, analizar trayectorias o identificar barreras estructurales. Por ejemplo, se ha demostrado cómo la no inclusión de preguntas específicas sobre orientación sexual e identidad de género en las encuestas de empleo contribuye a invisibilizar desigualdades salariales, condiciones laborales y formas de estigmatización que afectan a este colectivo (Denier y Waite, 2019). Y desde el ámbito de la salud se ha demostrado que la conformidad con las normas de género intersecta en la salud autopercibida y que las medidas binarias impiden observar esta relación (Hart et al., 2019).

Esta lógica binaria, además tiene consecuencias directas sobre la comprensión de fenómenos sociales relevantes. La sociología cuantitativa, al operar con marcos binarios, se vuelve incapaz de observar los procesos actuales de reconfiguración identitaria y de transformación social (Sumerau et al., 2017). Desde el ámbito de la educación superior, se señala que la confusión entre sexo y género, junto con la ausencia de opciones inclusivas, contribuye a borrar las trayectorias de estudiantes trans* o no binarias (Garvey et al., 2019). Estas deficiencias se agravan en el caso de la población escolar, dado que la exigencia de consentimiento parental para participar en investigaciones puede excluir a menores trans* y no binarios cuyas identidades sexo-genéricas no son reconocidas por sus familias (Suárez, 2024). Además, persisten prácticas administrativas y documentos escolares que exigen explícitamente la firma o identificación de un «padre» y una «madre», lo que refuerza un modelo binario que invisibiliza otras realidades familiares (Rodríguez Mena, 2015). Estas omisiones y supuestos afectan a la calidad y validez de la información recopilada ya que impiden estudiar adecuadamente las dinámicas familiares, reproductivas o relacionales de las personas no heterosexuales (Régnier-Loilier, 2018).

Uno de los principales obstáculos para incorporar categorías sexo-genéricas inclusivas en las encuestas demoscópicas es la resistencia institucional, que opera bajo distintos argumentos (Bauer et al., 2017). Por un lado, se expresan preocupaciones sobre la viabilidad administrativa, incluyendo la dificultad de adaptar sistemas de codificación o análisis diseñados en clave binaria. Incluso cuando existen recomendaciones metodológicas contrastadas, estas se adoptan de forma parcial o se postergan indefinidamente por la presión política o el miedo al rechazo social. Esta resistencia institucional no siempre adopta formas explícitas de oposición, sino que a menudo se expresa como inercia técnica, desconfianza hacia lo «nuevo» o falta de voluntad política para revisar marcos heredados. El caso de Uruguay en la recolección de datos para las personas trans*, analizado por Marcela Schenck, Cecilia Rocha-Carpiuc, Diego Sempol y Andrea Macari en su texto «El desafío de «contar»: ¿para qué, a quiénes, cómo? Experiencias en torno a la caracterización cuantitativa de las personas trans en Uruguay» propuesto para este monográfico, resulta ilustrativo de esta tesitura. Aunque se reconoció oficialmente la necesidad de producir estos datos (como el Censo Nacional de Personas Trans de 2016) y de un reconocimiento legal (la Ley Integral para Personas Trans de ese país), el diseño de un sistema oficial de indicadores sobre personas trans* enfrentó múltiples trabas. El texto documenta cómo las resistencias no provenían únicamente de sectores conservadores, sino también de ámbitos técnicos e institucionales que cuestionaban la viabilidad de recoger ciertas informaciones, la legitimidad de las fuentes comunitarias o la necesidad misma de visibilizar estas realidades, además de las inercias administrativas.

Un segundo obstáculo frecuente en la incorporación de categorías sexo-genéricas inclusivas es la priorización de la comparabilidad y la fiabilidad técnica por encima de la adecuación empírica. El temor a comprometer la consistencia histórica de los datos, especialmente en encuestas longitudinales o internacionales, ha llevado a muchas instituciones a preservar marcos categoriales binarios. En el contexto internacional, esta rigidez metodológica se intensifica por la presión de mantener estándares comparativos, lo que dificulta la apertura hacia instrumentos más sensibles a la diversidad social (Régnier-Loilier, 2018). Estas resistencias se ven reforzadas por argumentos metodológicos sobre la fiabilidad. Por ejemplo, se alerta sobre los desafíos de recoger información sobre sexualidad y género mediante técnicas tradicionales alegando que puedan generar y reproducir violencia simbólica, en contextos donde la sensibilidad del tema, el formato de la pregunta e incluso el modo de recolectar los datos afectan a su la validez (Paik, 2015; Caltabiano y Dalla-Zuanna, 2013). Esta lógica de conservación técnica tiene consecuencias especialmente graves en contextos donde el dato no es solo una fuente de conocimiento, sino una herramienta para la exigibilidad de derechos.

En este sentido, Natalia Romero Marchesini señala en su artículo «Abrir la puerta del clóset estadístico. ¿Cómo puede la sociología de la cuantificación contribuir a la visibilización de los crímenes de género?» cómo el conteo oficial de transfemicidios y travesticidios en Argentina enfrenta una fuerte resistencia burocrática a reconocer estas violencias como categorías específicas dentro de los sistemas estadísticos. A través de un análisis de expedientes judiciales y protocolos institucionales, demuestra cómo las resistencias a incluir categorías adecuadas invisibilizan parte del problema: los subsumen bajo homicidios genéricos o directamente los omiten, invocando criterios de «comparabilidad» o dificultades técnicas para identificar a las víctimas según su identidad de género. Esta invisibilización estadística no solo borra la magnitud del problema, sino que impide el diseño de políticas públicas específicas para su prevención y reparación, revelando cómo la obsesión por la consistencia técnica puede operar como forma de exclusión estructural e injusticia epistémica.

Un tercer obstáculo, menos visible pero igualmente determinante, son las resistencias simbólicas que enfrentan quienes cuestionan los marcos categoriales dominantes desde enfoques críticos. Propuestas metodológicas orientadas a romper con la obsesión por la representatividad estadística suelen verse deslegitimadas fuera de los espacios académicos convencionales. Estas propuestas no solo cuestionan las categorías, sino los fundamentos epistémicos de la medición social, lo que provoca una reacción defensiva de quienes consideran que introducir dicha complejidad compromete la autoridad del dato sociológico. Esta tensión no es solo metodológica, sino también política. Tal y como manifiesta Janice Irvine (2015), quienes investigan géneros y sexualidades desde posiciones críticas enfrentan frecuentemente precariedad laboral, cuestionamientos sobre la validez de sus enfoques y falta de reconocimiento institucional. Esta deslegitimación contribuye a que los marcos binarios y heteronormativos continúen ocupando un lugar central en los dispositivos de recogida de datos.

La sociología cuantitativa no puede seguir operando con sistemas binarios y heteronormativos. La ausencia de datos no es solo un problema técnico, sino una decisión política que legitima un conocimiento parcial y jerárquico. Romper con esta lógica exige reconfigurar los dispositivos de medición, cuestionar los marcos categoriales heredados y asumir que toda operación cuantitativa tiene implicaciones normativas. Lo que está en juego no es únicamente la mejora de los instrumentos, sino una disputa más profunda sobre qué vidas merecen ser contadas, reconocidas y protegidas. Ante este panorama de exclusiones y resistencias, resulta imprescindible proponer alternativas metodológicas que permitan transformar la medición y avanzar hacia prácticas más inclusivas.

4. Medir para transformar: alternativas inclusivas

Como decimos, superar la exclusión de las disidencias sexo-genéricas en las encuestas no es una tarea meramente técnica, sino un reto epistemológico, ético y político. Si, como hemos visto, las formas hegemónicas de medición producen sujetos normativos y excluyen experiencias no ajustadas al binarismo cisheterosexual, entonces urge pensar estrategias que no solo amplíen las categorías, sino que transformen de raíz los modos de construir los datos. Desde este posicionamiento, se han desarrollado métodos concretos para plantear una medición más inclusiva, situada y que recoja la pluralidad de experiencias.

En la fase del diseño de instrumentos, una de las estrategias más generalizadas ha sido el enfoque de dos preguntas, que permite distinguir entre el sexo asignado al nacer y la identidad de género actual. Bauer et al. (2017) validan esta metodología como una de las más inclusivas para captar identidades trans*[3]. Identifican varias ventajas, como baja tasa de no respuestas, claridad para participantes cis y trans* y la comparabilidad, aunque también advierten de limitaciones puesto que las preguntas pueden no captar la diversidad de identidades no binarias, indígenas o mixtas, ni las experiencias de género que van más allá de las categorías occidentales. En esta línea, Laurel Westbrook y Aliya Saperstein (2015) proponen descomponer el género en múltiples dimensiones —sexo asignado al nacer, identidad de género, expresión de género y percepción social del género—, permitiendo así capturar experiencias que desafían las correspondencias normativas entre estas capas. Por su parte, Tegra Myanna (2023) complementa este enfoque proponiendo una batería de estrategias que van más allá del diseño técnico, e incorpora principios de respeto, agencia e interseccionalidad. Entre ellas, destaca el uso de opciones de respuesta que eviten la categoría residual «otro», el diseño participativo de los instrumentos de medida junto a colectivos LGTBIQ+, y la adopción de un lenguaje claro, no patologizante y adaptado a diversos contextos culturales y sociales. Estas recomendaciones insisten en que una medición verdaderamente inclusiva no puede desvincularse de los marcos comunitarios que la hacen posible, ni ignorar las múltiples opresiones que atraviesan a las personas encuestadas.

Otra de las propuestas más extendidas para la recolección de datos inclusivos es la incorporación de medidas auto-descriptivas que permitan a las personas definir su género, orientación o vivencias sin imponerles etiquetas predefinidas. En este sentido, Sumerau et al. (2017) subrayan la importancia de ampliar las opciones de respuesta y permitir que las personas definan sus identidades con sus propias palabras. En la misma línea, Stuart Michael (2013), quien observa la recolección de datos sobre prácticas sexuales, destaca la necesidad de capturar no solo identidades, sino también incluir escalas que contemplen dimensiones como el deseo, la atracción o la corporalidad, así como de adaptar las preguntas a culturas y generaciones. Una orientación similar guía el diseño del Censo Nacional de Personas Trans en Uruguay, descrito por Schenck, Rocha-Carpiuc, Diego Sempol y Macari en este número monográfico, que documenta cómo la construcción de indicadores trans* dentro del sistema estadístico nacional partió de la autoidentificación y de un proceso participativo con colectivos trans*, combinando instrumentos cuantitativos y cualitativos para recoger con mayor fidelidad las trayectorias y condiciones de vida de esta población. Estas estrategias están orientadas a reconocer la agencia de las personas encuestadas y evitar formulaciones que den por sentadas determinadas orientaciones, prácticas, relaciones o identidades.

Sin embargo, como advierten Westbrook y Saperstein (2015), no basta con ampliar las categorías disponibles: muchos instrumentos siguen estructurados en torno a un «mundo hiper-generizado», en el que las personas se codifican sistemáticamente como «hermanos/hermanas», «padres/madres» o «esposos/esposas», lo que impide reconocer formas no normativas de filiación, parentesco o identificación de género. Por ello proponen revisar el lenguaje general de los cuestionarios, incluidos los términos familiares o los pronombres, para evitar reforzar una estructura de inteligibilidad basada en el binarismo de género. En una línea convergente, Natalia Romero Marchesini, en su estudio en este número monográfico sobre el registro de transfemicidios y travesticidios en Argentina, propone un enfoque metodológico que desborda las lógicas institucionales heredadas mediante la introducción de categorías no normativas como «travesticidio» y «transfemicidio». Su estrategia se basa en la reconstrucción de la autopercepción de género de las víctimas a partir de fuentes múltiples y el acompañamiento al proceso de elaboración de una guía metodológica del Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina (RNFJA), orientada a reconocer y visibilizar las violencias letales hacia personas trans* desde un enfoque respetuoso con su identidad.

Además, estudios como el de Marcantonio Caltabiano y Gianpiero Dalla-Zuanna (2013) demuestran que el modo de recolección (por ejemplo, encuestas auto-administradas frente a entrevistas telefónicas) influye notablemente en la calidad y veracidad de las respuestas sobre géneros y sexualidades, determinando tasas más elevadas de participación y de autodefinición en la recogida autoadministrada. Y Anthony Paik (2015) destaca errores de muestreo, cobertura, de no respuesta, de deseabilidad social y de codificación, que afectan a la representatividad y validez de los datos sobre sexualidades, proponiendo técnicas de recolección adaptadas para minorías sexuales —como pruebas piloto, el Respondent-Driven Sampling (RDS) o el Time-Location Sampling (TLS)[4]— así como entornos en línea, más seguros y accesibles para las poblaciones vulnerabilizadas.

Sin embargo, la transformación de la medición no termina con el cuestionario y la recopilación de datos, sino que resulta también fundamental repensar cómo estos se tratan e interpretan. Así, Amanda Simpfenderfer et al. (2024) proponen enfoques queer que prioricen la narrativa situada sobre la generalización y representatividad estadística, al argumentar que estas nociones perpetúan estructuras opresivas. Y Westbrook, Budnick y Saperstein (2022) sugieren incorporar el prisma de la sexualidad (sexuality prism) que en la fase de análisis de los datos implica abandonar las lógicas reductoras que tratan las sexualidades como una variable única —y a menudo dicotómica—, proponiendo desagregar sus múltiples dimensiones: prácticas sexuales, deseos, identidades, vínculos afectivos y contextos sociales. Analíticamente, esto exige el uso de modelos estadísticos capaces de manejar datos no excluyentes, múltiples y cambiantes. El sexuality prism invita a leer los datos desde su contingencia y pluralidad, prestando atención a aquello que queda en los márgenes de los análisis estadísticos convencionales y abriendo el campo a nuevas formas de codificar, comparar e interpretar no solo las experiencias sexuales y afectivas, sino también las trayectorias identitarias, relacionales y corporales en toda su complejidad.

Esta aproximación analítica, orientada a captar la pluralidad de dimensiones que configuran las experiencias sexo-afectivas encuentra una materialización concreta en el estudio sobre sexualidades queer en entornos digitales de Paula García Múñoz y Áaron Hocasar de Blas, incluido en el presente monográfico, que lleva por título: «Explorando la articulación metodológica entre lo cuantitativo y lo cualitativo desde la etnografía digital. El caso de Grindr». A partir del análisis de perfiles y usos de la aplicación Grindr, combinando estrategias cuantitativas (recolección estructurada de datos de perfil) con entrevistas cualitativas en profundidad, el texto propone una metodología híbrida capaz de articular regularidades estadísticas con significados situados. Esta articulación permite no solo ampliar lo visible desde los datos, sino cuestionar los marcos de inteligibilidad convencionales, integrando dimensiones como el deseo, la corporalidad, el goce o la agencia en los análisis sociológicos. El enfoque metodológico adoptado muestra cómo es posible construir conocimiento riguroso sin renunciar a la complejidad, reconociendo la contingencia, los matices y las trayectorias no normativas que suelen quedar fuera de los registros estadísticos clásicos.

Una transformación real de la medición pasa, finalmente, por la incorporación de una perspectiva interseccional para atender al resto de desigualdades estructurales (Blidon y Chetcuti, 2010). Esto supone preguntar no solo por géneros o sexualidades, sino por cómo estas dimensiones se entrecruzan con clase, raza, edad, corporalidad o discapacidad. Ana Estefanell y Diana Santos (2013), en su propuesta de indicadores interseccionales, apuestan por combinar datos cuantitativos y cualitativos, construyendo herramientas que permitan visibilizar formas múltiples y combinadas de discriminación y vulnerabilidad. Y destacan que no existen fórmulas únicas, sino que es necesario adaptar los instrumentos según contextos culturales, históricos e institucionales.

Medir para transformar, en definitiva, no significa perfeccionar lo ya existente, sino reimaginar cómo generamos y analizamos los datos, abriendo espacio a lo que ha quedado fuera del conocimiento estadístico. Significa construir instrumentos capaces de captar la pluralidad, el conflicto y a los sujetos invisibilizados. Para ello se precisa de herramientas que hagan visible lo invisible, que reconozcan las diferencias sin patologizarlas, y que reflejen procesos sociales complejos sin reducirlos a números planos.

5. El reto ético, epistémico y político de la medida

Repensar los marcos de referencia de la sociología cuantitativa para visibilizar las diversidades sexo-genéricas no es una opción metodológica más, sino una urgencia política, ética y epistémica. No basta con ajustar formularios o ampliar las opciones de respuesta, sino que se requiere de una transformación profunda de las estructuras que definen qué, cómo y a quién se mide. Persistir en técnicas que reproducen el binarismo de género, la heterosexualidad obligatoria o la invisibilización de las trayectorias no normativas no es solo una limitación técnica, sino una forma activa de exclusión del conocimiento. Como hemos visto, asumir una ética de la cuantificación implica revisar la arquitectura misma de los dispositivos estadísticos: sus categorías, lógicas de codificación y condiciones de posibilidad. Cada decisión técnica —cada categoría, cada escala, cada algoritmo— configura el mundo social que dice representar, delimitando quién entra en el campo de visibilidad estadística y quién queda fuera.

Desde esta fundamentación, recuperar la imaginación sociológica defendida por C. Wright Mills (2006) supone un punto de partida fundamental. Frente al empirismo abstracto y la técnica vacía, Mills planteaba que la tarea de la sociología no es simplemente aplicar métodos, sino formular preguntas significativas ancladas en los conflictos del presente. Argumentaba que la medición debe estar al servicio de los problemas sociales, y no al revés. Medir no puede preceder a la pregunta; es el problema —históricamente situado, políticamente cargado— el que debe orientar qué y cómo se mide. Esta orientación crítica encuentra un eco en las aportaciones de Paik (2015) quien subraya que los métodos deben adaptarse a las características del entorno social y cultural en el que se aplican. No existe un modelo único de encuesta que funcione para todos los contextos, por lo que las técnicas de recogida y análisis deben ser flexibles, culturalmente competentes y sensibles a la diversidad de las poblaciones que pretenden conocer. Medir, desde esta perspectiva, no puede ser un procedimiento estandarizado que ignora el lugar desde el que se pregunta, sino una práctica reflexiva y situada que se ajusta a las condiciones sociales concretas en las que el conocimiento se produce.

Este cambio de enfoque requiere también transformar la manera en que se enseña y se aprende a medir. En esta línea, Michael Frisby (2024) propone fomentar una «alfabetización cuantitativa crítica» (Critical Quantitative Literacy, CQL), que no se limite a la adquisición de destrezas técnicas, sino que promueva una conciencia epistémica sobre los efectos sociales y políticos de la cuantificación. Su propuesta pedagógica incluye estrategias concretas como enseñar a construir y leer las ausencias en los datos como señales de cambio social, rastrear la evolución de las categorías de género y sexualidad en los instrumentos de medida, y mostrar cómo el lenguaje de las encuestas refuerza normas cisheterosexuales y jerarquías sociales. En esta línea, Nowakowski, Sumerau y Mathers (2016) proponen incorporar ejercicios en los que el estudiantado diseñe investigaciones partiendo de esos vacíos, lo que permite no solo evidenciar los límites del dato, sino abrir el debate sobre qué nuevas preguntas, variables o categorías podrían formularse. De este modo, las encuestas no se desechan como herramientas defectuosas, sino que se resignifican como espacios de aprendizaje crítico desde los que desnaturalizar el binarismo de género, ilustrar procesos de gendering (West y Zimmerman, 1987) y cisgendering reality (Sumerau et al., 2017), y repensar colectivamente cómo medir sin excluir. La CQL, por tanto, se convierte en una vía formativa imprescindible para una sociología empírica comprometida con la justicia epistemológica y social.

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[1] House (1934) defendió que ciertos problemas sociológicos no pueden abordarse únicamente mediante técnicas estadísticas, sino que requieren de otros métodos más interpretativos o basados en lo que denominaba «conocimiento por familiaridad», expresión que utilizaba para referirse a aquel saber que se construye desde la proximidad, la experiencia o la observación cualitativa de los fenómenos sociales.

[2] La metáfora de la «caja negra» proviene de Latour (1987), que la propone para mostrar cómo los hechos científicos no son descubiertos sino construidos en redes de intereses, dispositivos y alianzas. Es decir, hace referencia a aquellos procesos o sistemas que, una vez establecidos, se aceptan sin cuestionar su funcionamiento interno. En el contexto de la medición sociológica, Smith y Atkinson (2016) utilizan esta metáfora para destacar cómo los instrumentos de medida (como cuestionarios o categorías estadísticas), a menudo, se utilizan sin reflexionar sobre las decisiones teóricas y metodológicas que los sustentan. «Reabrir la caja negra» implica, por tanto, analizar críticamente cómo se construyen estos instrumentos y cómo sus configuraciones pueden influir en los resultados de la investigación.

[3] En concreto, formulan preguntas como: «¿Cuál fue su sexo asignado al nacer, tal como figura en su certificado de nacimiento?» y «¿Cómo se describe actualmente?», siendo las opciones de respuesta recomendadas para contextos del Norte global: Hombre, Mujer, Trans, No binario, y Otra (con opción de especificar).

[4] Estas técnicas de muestreo, según Paik (2015), resultan útiles para acceder a poblaciones difíciles de alcanzar o invisibilizadas en los marcos censales tradicionales. El muestreo dirigido por la muestra (RDS) se basa en redes sociales: parte de un pequeño grupo de personas participantes iniciales (semillas) que reclutan a otras, generando cadenas sucesivas de inclusión. Por su parte, el muestreo por tiempo y lugar (TLS) selecciona franjas horarias y ubicaciones en las que una población específica se reúne habitualmente en espacios físicos o digitales.